Homilía del Papa Francisco en Santa Marta 12-11-2018: Perfil del obispo

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Lunes 12 de noviembre de 2018

Homilía del Santo Padre Francisco
Lunes de la XXXII semana del tiempo ordinario

La Epístola de san Pablo a Tito que acabamos de leer (cf. Tit 1, 1-9), delinea hasta sus mínimos detalles la figura del obispo, y también define los criterios para poner orden en la Iglesia.

Y es que fervor y desorden son dos palabras que señalan cómo nació la Iglesia, y también con la realización de cosas admirables. Siempre ha habido confusión, y la fuerza del Espíritu, desorden…, pero no debemos asustarnos, porque eso es una buena señal. La Iglesia no nació completamente ordenada, todo en su sitio, sin problemas, sin confusión, no. Siempre nació en desorden. Y esa confusión, ese desorden, hay que arreglarlo. Es verdad, porque las cosas deben ponerse en orden; pensemos, por ejemplo, en el primer Concilio de Jerusalén: había una lucha entre judaizantes y no judaizantes… Pensémoslo bien: hacen el Concilio y arreglan las cosas.

Por eso, Pablo deja a Tito en Creta, para poner orden, recordándole que lo primero es la fe. Le dice: «Mi intención al dejarte en Creta era que acabaras de organizar lo que aún faltaba por hacer y constituyeses presbíteros en cada ciudad, siguiendo las instrucciones que te di» (v. 5). Al mismo tiempo da criterios e instrucciones sobre la figura del obispo, «es preciso que el obispo sea intachable, como administrador que es de la casa de Dios» (v. 7). La definición que da del obispo es un administrador de Dios, no de los bienes, del poder, de las “camarillas”, no: de Dios. Siempre debe corregirse a sí mismo y preguntarse: ¿Soy administrador de Dios o soy un negociante? El obispo es administrador de Dios. Debe ser irreprensible: esta palabra es la misma que Dios le dijo a Abraham: “Camina en mi presencia y sé irreprensible”. Es palabra fundante, de un jefe.

¿Y cómo no debe ser un obispo? «Que no sea presuntuoso, ni colérico, ni dado al vino, ni pendenciero, ni ávido de ganancias poco limpias» (v. 7)Ni arrogante ni soberbio, ni colérico ni dado al vino –uno de los vicios más comunes en tiempos de Pablo–, ni negociante ni apegado al dinero. ¡Sería una calamidad para la Iglesia un obispo así, aunque solo tuviese uno de estos defectos! «Al contrario, ha de ser hospitalario, amigo del bien, sensato, justo, piadoso, dueño de sí» (v. 8), fiel a la Palabra digna de fe que se le ha enseñado: estas son las peculiaridades del servidor de Dios.

Así es el obispo. Este es el perfil del obispo. Y cuando se hacen las pesquisas para la elección de obispos, sería bueno hacer estas preguntas al inicio, para saber si se puede seguir adelante. Pero, sobre todo, se ve que el obispo debe ser humilde, manso, servidor, no príncipe. Esa es la Palabra de Dios. “Ah, sí, padre, eso es cierto, después del Vaticano II hay que hacer eso…”. ¡No, después de Pablo!”. No es una novedad postconciliar. Esto está desde el principio, cuando la Iglesia se dio cuenta de que tenía que poner orden con obispos de ese tipo.

En la Iglesia no se puede poner orden sin esa actitud de los obispos. Lo que cuenta delante de Dios no es ser simpáticos o predicar bien, sino la humildad y el servicio. Recordando la memoria de san Josafat, obispo y mártir, que hoy celebramos, pidamos por los obispos para que sean así, seamos así, como Pablo nos pide que seamos. Que así sea.

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