La vida cristiana exige el “martirio” de la fidelidad diaria al Evangelio


29 de agosto de 2012.- «No se puede bajar a componendas con el amor a Cristo, a su Palabra, a la Verdad»: esta es, según el Papa, la enseñanza que deriva del testimonio de san Juan Bautista, el cual afrontó el martirio manteniendo «su fidelidad a los mandamientos de Dios, sin ceder o dar marcha atrás». Benedicto XVI habló de ello en la audiencia general del miércoles 29 de agosto, en la plaza de la Libertad de Castelgandolfo, donde se habían reunido miles de fieles llegados de diversos países del mundo.

 

El Santo Padre les presentó la figura del precursor como «hombre de oración » y como luminoso «guía» en la relación con Dios. Su historia terrena, subrayó, muestra que «la vida cristiana exige el “martirio” de la fidelidad diaria al Evangelio, es decir, la valentía de dejar que Cristo crezca en nosotros y que sea él quien oriente nuestro pensamiento y nuestras acciones». Esto sólo puede ocurrir a partir de una sólida unión con Dios.

«La oración —explicó Benedicto XVI— no es tiempo perdido, no es robar espacio a las actividades, incluso a las apostólicas, sino que es exactamente lo contrario: sólo si somos capaces de tener una vida de oración fiel, constante y confiada, será Dios mismo quien nos dé la capacidad y la fuerza para vivir con felicidad y serenidad».

Benedicto XVI destacó que «celebrar el martirio de san Juan Bautista nos recuerda también a nosotros, cristianos de nuestro tiempo, que no se puede descender a negociar con el amor a Cristo, a su Palabra, a la Verdad. La Verdad es verdad y no hay componendas. La vida cristiana exige, por decirlo de alguna manera, el “martirio” de la fidelidad cotidiana al Evangelio, es decir, el valor de dejar que Cristo crezca en nosotros y sea Él quien oriente nuestro pensamiento y nuestras acciones. Pero esto sólo puede suceder en nuestra vida si la relación con Dios es sólida».

«La oración -continuó el Santo Padre- no es tiempo perdido, no es robar espacio a las actividades, incluso a las apostólicas, sino que es exactamente lo contrario: sólo si somos capaces de una vida de oración fiel, constante y confiada, será el mismo Dios quien nos dará la capacidad y la fuerza para vivir de modo feliz y sereno, para superar las dificultades y testimoniarlo con valor. Que san Juan Bautista interceda por nosotros, a fin de que sepamos conservar siempre la primacía de Dios en nuestra vida».

Al final de la audiencia el Papa saludó a un grupo de dos mil seiscientos acólitos llegados de Francia.

(L’Osservatore Romano)

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