2º Domingo de Cuaresma. “APENAS FUERON UNOS MINUTOS”


LaTransfiguracion
Aquella tarde, en la cima del monte Tabor, Santiago, Pedro y Juan, que habían subido allí en compañía del Maestro, fueron invadidos por una atmósfera sobrenatural. Los vestidos de Jesús se volvieron blancos como la nieve y su rostro brillaba como el sol. La paz era inmensa; por unos instantes, pareció que todos los sufrimientos y problemas habían sido dejados atrás. Nada pesaba, y una dulce y densa suavidad llenaba todo mientras aquellos tres contemplaban, saciados de gozo, la Faz luminosa del Maestro. Parecía un sueño, pero no había lugar a la duda: nunca habían estado más cerca de la Verdad. Aparecieron dos hombres y, sin necesidad de presentación alguna, como si hubieran estado con ellos siempre, les reconocieron y fueron reconocidos: Moisés y Elías, la Ley y los profetas. También ellos se mostraban llenos de gozo. Parecía un sueño, pero no había lugar a la duda: la densidad de lo real se cortaba más que nunca. Sintieron aquellos tres, por vez primera en su vida, que ya nada necesitaban en este mundo: no había hambre, ni sed, ni cansancio, y la gloria de Dios bastaba para llenarlo todo. “Maestro, ¡Qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas!”. Tanta paz asustaba y calmaba, hería y vendaba la herida, todo a un tiempo. Y, entonces, la voz del Padre llenó la nube: “Este es mi Hijo amado; escuchadlo”. Cuerpos y almas fueron recorridos por un escalofrío de gozo, mientras los ojos se clavaban en el Rostro de Cristo. Parecía un sueño, pero no había lugar a la duda: el cielo existía.

Apenas fueron unos minutos… al menos, pasaron volando como si lo fueran. Pero, durante aquellos minutos (¡Yo qué sé, quizá fueron horas, pero se hicieron minutos!) la Luz de Cristo pareció inundarlo todo. Moisés… Elías… ¿Qué más daba? Podía haber aparecido allí el mismísimo Adán y no habría llamado la atención. Mientras aquello duró, sólo importaba Jesús. He pensado en la zarza ardiente… Moisés no podía apartar su vista de ella. Y, sin embargo, aquello fue nada en comparación con la gloria que se manifestó en el Tabor. Jesús mostró que Él lo era todo, que nada fuera de Él tenía la más mínima importancia. Todas las preocupaciones quedaron atrás… ¿Qué importaban? Era sólo Cristo, sólo Cristo y nada más. He imaginado la puerta del cielo, no sé si de este lado o de aquél – eso no lo pude distinguir-, y me ha parecido ver a una multitud de hombres dándose palmadas en la frente y diciendo: “¡Cómo andaba yo preocupado de semejantes naderías! ¡Con qué menudencias agobié mi alma, mientras lo único importante lo dejé pasar de largo!”.La vida, la muerte, los problemas cotidianos, las dudas y recelos, las humillaciones, los empeños personales, los planes y proyectos, los padecimientos y las risas… Por unos instantes, todo aquello se mostró ridículo, insignificante… ¡Nada! Sólo Cristo importa y lo demás es nada, nada, nada…Las manos del Señor, que manaban claridad… Sus labios, que sonreían… Sus cabellos, que iluminaban el aire… Sus ojos, profundos como ventanas abiertas a lo eterno… Su pecho, que ardía… Sus pies, que besaban la tierra… Sólo eso importaba y nada más, nada más… El alma alcanzó la paz en un vuelo. El Amor dolía y era dulce, era dulce y dolía… pero los demás dolores, en comparación con ése, apenas se sentían. Y las demás dulzuras, junto a aquélla, eran amargas…Habían sido apenas unos minutos, pero un dardo de luz se había clavado para siempre en aquellos corazones. Días más tarde, aquel cuerpo y aquel Rostro se mostrarían ante el mundo, ensangrentados y desfigurados… y tendrían que recordar. Tras la Ascensión, la Faz del Maestro sería retirada de sus vidas hasta el último día… y tendrían que recordar. Más tarde, sus propios cuerpos serían rasgados por el martirio… y tendrían que recordar.

Pedro, hoy, nos lo atestigua: recordaron siempre aquellos segundos de luz. “Señor, ¡qué bien se está aquí!”. ¡Te comprendo, Simón! Desde las cumbres del Tabor, tú también hubieras querido volar. La gloria parecía tan cerca que bastaba extender la mano para tocar aquel Cuerpo radiante… Pero ni tú ni yo somos águilas, sino ovejas torpes y pesadas que a trompicones seguimos al Pastor. Es momento de llenar los ojos, de embriagar el alma y dejar que se graben a fuego en el corazón los rasgos del camino y de la Tierra, porque, dentro de muy poco, tendremos que descender y continuar la marcha. La vereda volverá a ser oscura y muchas veces apenas si distinguiremos los pocos metros del camino que nos separan de próximo recodo. En ocasiones, será tan denso el polvo del sendero y tan cerrada la noche, que ni siquiera al Pastor veremos: nos bastará escuchar los golpes de su Cayado -que es la Cruz-. Cuando esos momentos lleguen -¡Y llegarán, Simón, para ti y para mí!- tendremos que volver con el corazón a aquellas cumbres y recordar cuanto entonces vimos, para volver a decir “sí”. Nos consolará una certeza: si es de noche, amanecerá pronto; si el camino se nos hace cuesta arriba, cuando alcancemos la cima del Calvario volveremos a divisar bajo la luz nuestra Tierra… ¡Quién sabe! ¡Quizá sea la última noche, quizá estemos subiendo la última cuesta!… Y, así, soñando con lo que vimos y con lo que veremos, habremos avanzado otro paso…

También a nosotros nos ha dado Cristo, en nuestra vida, breves momentos de luz; quizá han sido pocos y han durado apenas segundos, pero hemos sentido a Dios tan cerca que casi lo tocábamos… ¿Recordaremos? ¿Tendremos memoria durante la noche? En el Monte Tabor contemplaron los apóstoles la gloria de Cristo. Por unos instantes, se les anticipó la belleza, la paz y la dicha que estaba reservada para ellos… y se enamoraron. Por conseguir aquel tesoro, serían capaces de privarse, gustosos, hasta de sus propias vidas. A Abraham se le promete una descendencia más numerosa que las estrellas del cielo; y, fiado en la promesa, estimó que por lograrla valía la pena privarse de todo cuanto tenía. Dios no hace zancadillas; Dios no barre el pie de apoyo de los hombres. Dios brinda al ser humano un apoyo mucho mejor y más sólido que el que tiene y entonces el hombre no se cae, salta.

Quiero pedirle hoy a la Santísima Virgen que, hasta que cumpla nuestra súplica: “muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre”, reavive en nuestra memoria las ascuas de esos dardos de luz que un día se clavaron en nosotros. ¡Que recordemos, Madre, que recordemos, porque cuanto entonces vimos aún sigue allí y no ha de moverse por los siglos. Unidos a María, “Madre del Amor Hermoso”, fijaremos estos días nuestra mirada en Jesús de Nazareth. Hora es ya de levantar los ojos de nuestro propio pecado y, fijándolos en la hermosura del Hijo de Dios, dejar que se iluminen hasta caer rendidos, enamorados… Hasta saltar. ¡Bendita Cuaresma!

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