5º Domingo de Pascua – “Como yo os he amado, amaos también entre vosotros”


ARTICULO DEL DOMINGO PARA LA TRIBUNA DE TOLEDO

“Como yo os he amado, amaos también entre vosotros”
En la Ley de Moisés estaba escrito: “amarás a tu prójimo como a ti mismo”.
Cualquiera que haya intentado cumplir este mandato se ha dado cuenta hasta qué punto es difícil ponerlo por obra. Basta recordar cuántas veces decimos de los demás lo que nos repugnaría escuchar acerca de nosotros mismos; cuántas veces prestamos a los otros menos atención que la que exigimos que nos presten; cuántas veces tratamos a nuestros hermanos de un modo que nos haría sublevarnos si se emplease con nosotros; cuántas veces medimos con distinto rasero las necesidades propias y las ajenas. Podríamos estar toda la vida luchando para cumplir este precepto y quizá moriríamos sin haberlo llevado a cabo.
Si amar al prójimo como a uno mismo fuera el primero de los mandamientos, yo me deprimiría muchísimo. No es que no me parezca bien, ¡ojalá todos amásemos al prójimo como a nosotros mismos!, pero a mí me cuesta horrores, y si ese fuera el primer mandamiento yo no estaría seguro de poder salvarme.
Si el prójimo fuesen las personas con quienes me unen lazos de simpatía y afecto mutuo, el mandamiento tendría un pase. A algunos de ellos les quiero más incluso que a mí mismo, pero da la casualidad de que el “prójimo” son esas pocas personas y todo el resto del mundo, y en ese “resto del mundo” hay personas a quienes me cuesta mucho trabajo querer. Si pensáis que estoy faltando al pudor, lo dejo aquí. Pero ¿acaso alguno de vosotros no cuenta en esta tierra con algunas personas a quienes le cuesta trabajo querer? Y cuando pienso en esas personas, qué queréis que os diga, este mandamiento se me hace pesado, si no imposible. Por eso doy gracias a Dios de que este mandamiento sea el segundo.
“-«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser». Este mandamiento es el principal y primero”… Amar a Dios me resulta fácil.
¡Dios es tan bueno! Me parece que el único motivo por el que muchos no le aman es que no le conocen. Si quisiesen conocerle, le amarían a rabiar. Si dedico horas a la oración, si tengo a la misa por el más grande de mis tesoros, si no sé acostarme ni levantarme sin invocar al Señor, no es porque tenga mucha voluntad, sino porque no sé vivir de otra manera. Leo que éste es el primer mandamiento y me pongo tan contento que podría dar saltos de alegría. El primer mandamiento, para mí, esta “chupao”… ¿Qué hacemos ahora con el segundo?
Ahora viene lo bueno: cuando uno se lanza a amar a Dios, se entrega jubilosamente a la oración y busca en la misa la presencia del Ser más querido, el corazón se derrite, y un buen día uno se levanta con un amor incontenible hacia todos los hombres sin saber muy bien de dónde ha brotado. El segundo mandamiento se va haciendo fácil, suave aunque doloroso, y hasta urgente. Descubres que has aprendido a perdonar, que te han enseñado misericordia y que cada vez das menos importancia a las ofensas que te hacen
Y te preguntas: “¿Por qué hacemos las cosas tan difíciles cuando son tan fáciles?”… por no respetar el orden; por lanzarnos a pedir y realizar esfuerzos titánicos de caridad sin habernos sumergido primero en la oración y en el amor a Dios. Entonces, debemos entender que no se puede amar al prójimo sin rezar mucho, sin comulgar mucho, sin querer mucho a la Virgen y sin confesar con frecuencia… Finalmente, has comprendido: si amar a Dios es tan fácil, si querer a la Virgen es tan sencillo… Entonces amar al prójimo también está “chupao”. No digo que no duela o que no cueste. Digo que está “chupao”.
Por eso, la proclamación del mandamiento nuevo debería ponernos en un atolladero de no ser porque el evangelio ha dejado de sorprendernos. “Como yo os he amado, amaos también entre vosotros”. Estas palabras desbordan el antiguo “como a ti mismo” y lo hacen saltar en pedazos. Porque Jesús me ha amado hasta el punto de despreciar su propia vida por mi salvación; me ha amado de una forma incondicional, aún siendo yo pecador y -peor aún- mientras con mis culpas lo clavaba en una Cruz; me ha amado hasta morir por mí. Si las palabras de este “mandato nuevo” tienen el mismo carácter imperativo que las del antiguo “como a ti mismo”, yo, que he sido incapaz de cumplir siquiera el “mandato antiguo”, debería retirarme desolado ante una carga que no puedo soportar y reconocer mi incapacidad absoluta para el Reino de los Cielos.
Pero supongamos que no es así. Supongamos que el “mandamiento nuevo” no es una Ley al estilo de la antigua; que no se trata de una exigencia imperativa, sino de una buena noticia. Supongamos que Jesús Resucitado se presenta hoy ante mí y me dice: “Ya has visto hasta qué punto tu corazón es incapaz de amar; ya has descubierto las limitaciones que el pecado ha dejado grabadas en tu alma y que te impiden caminar según mis preceptos. Hoy derramo sobre ti mi Espíritu y te concedo amar con mi propio Corazón, omnipotente y misericordioso. Y si tu corazón mezquino estaba incapacitado para el verdadero amor, hoy te ofrezco el mío, para que desde Él entregues tu vida por cada hermano de forma incondicional… ¿Aceptas mi regalo, recibes mi Espíritu? ¿Quieres vivir en gracia de Dios para que sea Yo quien ame desde ti?”.
Cuando Dios le reprocha a la Iglesia de Éfeso el haber abandonado “el amor primero”, está revelándonos una maravillosa noticia: seremos salvados por el amor; no por un amor cualquiera, sino por el amor a Dios, aquel que señalaba el Primer Mandamiento de la Ley, el que nos salve: los enamorados de Dios (pues sólo el enamorado vive del “amor primero”) heredarán el Reino… ¡Es lógico! Si la salvación no es otra cosa que el gozar eternamente del Amor de Dios, sólo los enamorados pueden ser felices en el Cielo. Quien no está enamorado, debería temer al Paraíso como se teme al aburrimiento.
Pero enamorarse de Dios es muy fácil… pregúntale a María. Basta conocer al Señor, tratarle, para caer rendido a sus pies, como Ella, presa del “amor primero”. Por eso, y si me lo permites, te formularé de otro modo esta pregunta del “examen final”: ¿Qué haces, a lo largo del día, para conocer a Dios? ¿Cuánto le tratas?. Si es necesario, quédate esta noche “estudiando” porque, mañana por la mañana, serás examinado del AMOR
¿Aceptas el regalo? ¿Quieres recibir el Don que haga posible en ti el milagro? Pues ya sabes: ¡A rezar! ¡A frecuentar los sacramentos, que son las fuentes de la gracia!… ¡Y a amar, de un modo nuevo, como la Santísima Virgen, a todos sin excepción! Te llenarás de paz. Y la caridad no será, para ti, una pesada carga, sino una posibilidad gozosa

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