Domingo 3º Pascua – CAMINAR CON CRISTO VALE LA PENA


Al igual que su resurrección, todas las apariciones del Jesús que nos narran los evangelios son estrictamente históricas; sucedieron tal cual han llegado hasta nosotros.
Pero si, durante su vida mortal, los gestos del Maestro estaban cargados de un enorme valor simbólico, ahora cada palabra y cada movimiento del Resucitado se eleva poderosamente sobre el momento concreto, y nos abre ventanas maravillosas de luz eterna a las que no podemos dejar de asomarnos.
Simón Pedro les dice: «Me voy a pescar.» Ellos contestan: «Vamos también nosotros contigo»… No sé, no sé… y quizás me equivoque, ese “me voy a pescar” no suena como los de antes, cuando el joven Simón, un pescador que aún no había conocido a Cristo, terminaba deprisa la comida para preparar ilusionado las redes antes de una noche de pesca. Esta vez, “me voy a pescar” suena a aburrimiento. He imaginado a los apóstoles segundos antes de la escena que nos narra Juan: sentados en corro, cariacontecidos, mirándose unos a otros con tristeza y sin saber muy bien qué hacer. Hacía días de aquel glorioso domingo y Jesús no había vuelto a dar señales de Vida. Ellos habían subido a Galilea, pero Jesús no parecía estar allí. Cansado de esperar, Simón se levanta, arranca de sus dientes la espiga que mordisqueaba con nerviosismo y aburrimiento y avanza lentamente hacia la barca. Los demás se miran, se encogen de hombros, y como diciendo sin decir “¡Qué le vamos a hacer!” se ponen en pie y le siguen…
¡Qué noche más aburrida! Por no animarse, no se animaron ni los peces, que debieron quedarse durmiendo en el fondo del lago… ¡Qué difícil resultaba mantener los ojos abiertos! ¿Pero qué les sucede a esos pescadores que parecen cadáveres flotantes? ¿Dónde han quedado los chistes y las canciones con que, hace años, solían mantenerse en guardia durante las noches de pesca? Nos bastará con esperar unas líneas para averiguar la causa de este funeral marino.
He predicado muchas veces ejercicios espirituales o cursillos de cristiandad (del 25 al 28 de abril tenemos uno mas, el 202, en la Casa de ejercicios de Toledo), y a muchas de las personas que a ellos asisten las sigo de cerca. Si hay una frase que tengo más que aprendida, a fuerza de escucharla, es ésta: “sí, Javier, aquello fue muy bonito, pero allí estábamos como en el cielo y ahora he vuelto a casa y me he dado de bruces con la realidad”. Tras esta postura, tras el “voy a pescar” de Simón, se encierra una tentación gravísima y es la del olvido de la Cruz. Porque cuando Jesús se presenta glorioso y lleno de luz, cuando el Espíritu Santo se hace sentir con fuerza hasta en los miembros, todo es fácil; uno se siente capaz de entregar la vida y de hacer mil locuras. Pero esos instantes duran poco, lo justo para que los guardemos en el alma y sigamos adelante. Y, entonces… entonces lo ordinario, la Cruz de cada día, el silencio, la prosa y el desgaste; la senda estrecha, la misma por la que caminó el Maestro y que ahora es camino de Vida. Pero, claro, no es tan fácil.
Repito que quizá me equivoque y puede que esté presentando una lectura en exceso “personal” de este pasaje. Pero se me ocurre que, precisamente por eso, en esta ocasión el Señor se apareció lejos, en la orilla, en lugar de presentarse en la barca como hiciera días antes en el Cenáculo. Quería recordarle a Simón, y a nosotros, que aún hay que terminar la travesía. Que cuanto hemos visto es la promesa y el regalo que nos esperan del otro lado, y que nuestros ojos deben estar fijos en el Cielo mientras el recuerdo acaricia los momentos de luz: “cuanto entonces vi claro -debemos repetirnos- sigue allí, no se ha marchado, pero yo aún tengo que alcanzarlo. Vale la pena, vale la pena, vale la pena”.
“Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla, pero los discípulos no sabían que era Jesús. Jesús les dice: «Muchachos, ¿tenéis pescado?»”. No cabe duda; es el mismo Jesús. Es su estilo, el Mendigo de Dios que siempre fue; el que pidió agua a la samaritana y volvió a pedirla a los hombres desde lo alto de la Cruz… Todavía hoy, si alzamos los ojos, le divisamos a lo lejos. Él nos llama desde el otro lado, desde la eternidad, desde esa orilla a la que un día llegará nuestra barca, y que ya no es una playa de muerte y tinieblas, sino el mismo Jardín del Paraíso abierto para nosotros con su sangre. Desde allí, cada amanecer, nos grita el Resucitado y nos pide, en limosna, nuestra vida entera: “¿me das tu tiempo? ¡me darás tus fuerzas hoy? ¿me regalarás, esta mañana, tus planes y proyectos, tus ilusiones, tus alegrías y tus penas?…”
“Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro: «Es el Señor.»”. Juan es el discípulo con ojos de águila, porque es el apóstol casto, el adolescente que amó por entero a Jesús. En él se cumplió la bienaventuranza: “dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. El discípulo amado, el que reclinaba su cabeza sobre el pecho del Maestro, el único que le acompañó a la Cruz, el primero en tomar por madre a la Santísima Virgen María… ¿No debería haber sido él el destinatario de estas palabras de Jesús: “apacienta mis ovejas”? Y, sin embargo, Pedro… el que, tras haber confesado su fe en Jesús como Mesías, le tentó a buscar un camino de salvación distinto de la Cruz… el que, dejando de lado todas las enseñanzas del Maestro, sacó su espada y rebanó la oreja de su prójimo… El que, habiendo sido advertido previamente por el mismo Señor y por un gallo estúpido que dio hasta los cuartos, negó por tres veces y bajo juramento a Cristo. Nosotros lo hubiéramos hecho de otra forma. Y, sin embargo… Pedro: el loco amante del Señor, frágil como el barro. Convenía que quien estuviera al frente de la Iglesia fuera un hombre rodeado de debilidad, para que se supiera quién gobierna en realidad esa Nave; y Pedro lo era. Convenía que hiciera cabeza quien sólo podía dar ejemplo de un amor tan fuerte que le había llevado hasta las lágrimas de fuego como amargo postre del pecado; convenía que aquel honor y aquella carga la recibieran unas espaldas frágiles, atadas a una mente que no lograba explicarse la elección.
Convenía que el primer Papa fuera un pecador que ama a Jesucristo… Porque yo también lo soy, y Pedro es mi hermano
“Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua”… De nuevo hay vida, de nuevo hay ilusión, de nuevo vibra el Colegio Apostólico… ¡El Señor! Ahora ya sabes lo que sucedía. Mientras uno no ha conocido al Señor, todavía puede ilusionarse con las cosas de este mundo. Pero, cuando el alma ha gustado las mieles del Amor de Dios, todo de repente sabe a poco. Lo dulce se vuelve amargo si no está Cristo; lo fácil se vuelve difícil si no está Cristo; la cuesta abajo se vuelve cuesta arriba si no está Cristo… Y uno no quisiera ni respirar si no escucha a su lado el aliento de Jesús. Conozco eso. A los apóstoles la pesca ya no les decía nada sin Cristo. Era urgente que llegase el Espíritu para que llenase de Dios todas las cosas y las volviera a hacer capaces de ilusionar a los hombres.
Y, como Pedro, otros muchos. No han podido, no han sabido esperar. Te vieron en la orilla y, revestidos de tu gracia, se lanzaron al agua del martirio para llegar a nado junto a ti. Decidieron que nada había que conservar en este mundo y gastaron generosamente su vida, como en una loca brazada, para llegar a tus pies empapados de santa prisa.

Señor, si Tú faltases, ¿sería yo capaz de estar despierto pasada la medianoche escribiendo estas líneas? Pero, si Tú faltases, ¿acaso podría conciliar el sueño? ¡Virgen María! ¡Que nunca me falte Jesús! ¡Que nunca le falte yo a Él!

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