Domingo 4º de Pascua – ESCUCHEMOS LA VOZ DEL BUEN PASTOR


LA TRIBUNA DE TOLEDO

“Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna”. El Buen Pastor es un infatigable y divino “Hablador”; no calla nunca. No creas a quienes digan “silencio de Dios”; cree más bien en la sordera humana, que no escucha la voz del Buen Pastor. Habla Jesús en cada suceso de tu vida, en cada hoja que se mueve, en el llanto y en la risa de tus hermanos los hombres. Habla, muy especialmente, en la Escritura. Habla ahora….
“Escuchan mi voz”… Muchas veces se refiere Jesús a quien “escucha sus palabras”.Ahora, sin embargo, dice “voz”… y lo entiendo. Lo entiendo porque sus palabras a veces se me escapan. Una oveja no puede entender las palabras del pastor, pero reconoce siempre su voz y le mueve más a obediencia ese timbre cálido de su amo que todos los discursos grandilocuentes de este mundo. A veces me he sentado ante un texto de la Escritura y, antes de que llegara a entenderlo, he sentido la Voz y me ha sonado a Hogar. Luego vino la luz y comprendí hasta reventar de claridad, pero primero, antes de nada, escuché la voz.
“Y yo las conozco”… Nadie me conoce. Ni yo mismo sé bien quién soy, y a veces me sorprendo con reacciones que jamás hubiera imaginado en mí. Los demás nada saben de mí y me río cuando me ensalzan casi tanto como cuando me humillan, porque ni en un caso ni en otro saben de quién están hablando. Sin embargo, Tú, Señor, “tú me sondeas y me conoces”. Ante ti estoy siempre al descubierto, y muchas veces mi oración, más que en mirarte, consiste en saberme mirado por Ti y descansar. ¿Qué me importan otros ojos? ¿Qué puede darme o quitarme la mirada de los hombres? Pero tú me miras, me conoces, y tu mirada me hace Verdad a mí.
“Y ellas me siguen”… A trompicones. Apenas he dado dos pasos, ya he vuelto a caerme, y tengo que recomenzar. Sé que estaré salvado mientras sepa levantarme. Y sé también que el único enemigo que puede apartarme de ti soy yo mismo, si un día me desalentare y decidiera quedarme en el suelo para no levantarme.
“Y yo les doy la Vida eterna”. Así alimentas, Buen Pastor, a tus ovejas. No con bienes de este mundo, ni con recompensas terrenas. ¿Para qué las quiero? Basta con estar en gracia de Dios, y el Cielo entero me pertenece y se encierra en mi alma. Basta con estar en gracia de Dios para poder decir que soy la persona más afortunada, más “agraciada” del mundo entero.
“Pero vosotros no creéis, porque no sois ovejas mías”… Satanás tiene también su rebaño y lo gobierna sirviéndose de asalariados. Jamás llama a las ovejas por su nombre, puesto que no las ama. Las trata como a una masa obediente y las dirige sirviéndose de esa maldita pedagogía que, durante siglos, se ha demostrado eficaz para dirigir a las masas: el palo y la zanahoria. Si quiere que sus ovejas le entreguen dinero, le bastará con anunciar por televisión un automóvil de lujo y mostrar en el anuncio a una mujer ligera de ropa. Humilla primero a la hija de Dios, que ha vendido su cuerpo por un salario vil, y, convertida en zanahoria que cuelga del palo, atraerá en pos de sí millones de miradas hambrientas y un considerable número de bolsillos rotos. Satanás controla bien los ‘share’ de audiencia y dirige como nadie ese mercado en el que jamás un hombre es atendido por ser quién es. No le interesan las personas, pero maneja bien los “recursos humanos” (así los llama y así nos hemos acostumbrado a que nos llamen… ¿Pero es que a nadie le da miedo todo esto?). Con todo, bajo su estrategia reposa una premisa: la de que el pecado mortal es inevitable. “Caerás de todos modos” – parece susurrar en los oídos de los hombres-, “¿Para qué resistirte?”. Recuerdo con temblor el día en que escuché ese anuncio: “Tú también caerás”, me dijo alguien. Sentí pavor. Bajé a la capilla y rompí a llorar.
“Nadie las arrebatará de mi mano”. Entonces comprendí que soy destinatario de una promesa de Dios: si rezo, no caeré. Y Él sabe bien cuánto me gustaría disponer de tantos medios como dispone el Maligno para gritarlo al mundo: ¡Se puede vivir sin caer en pecado mortal! No empeño mi palabra, sino la de Dios, y en su Nombre os prometo que no os separaréis de Él mientras seáis fieles a la oración. Soplarán vientos que os harán estremecer; llegarán heladas terribles y tiritaréis; se levantarán tormentas, y puede que os tambaleéis hasta tal punto que parezca que todo se viene abajo… Pero, si no dejáis la oración, no caeréis. En el Nombre de Dios, os lo prometo. En medio de esta calima pegajosa de sensualidad, se puede ser casto, se puede ser célibe, se puede ser virgen, se puede vivir sin mentir, se puede sobrevivir sin robar, se puede salir adelante con diez hijos, se puede ser fiel al cónyuge… ¡Se puede ser santo! ¡Ay, si pudiera detener “Gran Hermano” durante un minuto para gritarlo ante los millones de oídos que cuelgan de ese rebaño! No puedo, y os lo grito a vosotros para que lo gritéis: ¡Se puede! No te engañaré: quienes deciden vivir así despiertan la envidia del Demonio y tienen a su puerta mil chacales hambrientos esperando su hora. Si eres fiel a la oración, no temas. Pero, si dejases de orar, también te prometo que te devorarán y vendrás a ser la oveja más humillada del rebaño del Maligno. Así de claro. Toda esta hermosa comparación tiene que hacernos pensar cómo está nuestra relación con Jesucristo, el Buen Pastor. ¿Escuchamos su voz? ¿Somos dóciles a su palabra, a su enseñanza? ¿Somos ovejas o somos cabras? ¿Hacemos más caso a la voz de los extraños que a la de Jesucristo? Hemos de tener una actitud de mansedumbre, dejándonos llevar por el Buen Pastor, aunque a veces no le comprendamos, pero fiándonos siempre de quien sabemos que quiere para nosotros nada más y nada menos que felicidad y la vida eterna.
Como estamos viendo en estos domingos de Pascua, Jesucristo ha confiado a la Iglesia la misión de pastorear al rebaño del Pueblo de Dios. Es el Papa y los Obispos en comunión con El quienes tienen que pastorear el rebaño. De esta misión participan también los sacerdotes en la medida en que son colaboradores de los Obispos y reciben de ellos la misión pastoral, y también los laicos en la medida en que reciben de la Iglesia la misión para participar en la tarea pastoral. Por ello, es preciso que nos preguntemos si estamos escuchando la voz de la Iglesia, si estamos en comunión con ella, si somos dóciles a sus enseñanzas. Porque es la Iglesia la que pastorea el rebaño en nombre de Jesucristo, y es ella la puerta por donde deben entrar las ovejas.
También es necesario descubrir la dimensión vocacional de este Domingo: hemos de pedirle al Señor que nos dé pastores según su corazón, que haga suscitar entre nosotros jóvenes valientes, capaces de aceptar el reto de entregarse totalmente por Jesucristo en la misión de cuidar y guiar al rebaño .Hoy encomendamos especialmente a los tres nuevos Diáconos de nuestra Diócesis de Toledo. Es necesario pedir por todos nosotros, para que estemos atentos a la llamada del Señor y seamos generosos para responderle. También debemos preguntarnos, hoy, cómo estamos viviendo nuestra misión pastoral: todos los que tenemos alguna responsabilidad sobre los demás: sacerdotes, padres, padrinos, maestros, catequistas, educadores… Porque hemos de asumir que el Señor ha puesto en nuestras manos una parte del rebaño, pequeña o grande, y debemos cuidar con esmero a los que Él nos ha confiado, procurando guiarles por el camino de la fe.
Aplica estas palabras a la Santísima Virgen: Ella escuchó y guardó en el corazón la Voz; Ella fue conocida, amada y sondeada por Dios hasta el punto de concebir a su Hijo en sus entrañas; Ella siguió a Jesús hasta la Cruz… Y Ella ha recibido, en cuerpo y alma, la Vida eterna. Ella es, más que nadie, la Oveja del Buen Pastor. La Virgen no es un mito: tanto ella como los santos han vivido en este mundo y en ellos se ha cumplido la promesa: “nadie las arrebatará de mi mano”. ¿Dejarás que se cumpla en ti? Reza, por el Amor de Dios.

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