Miércoles de ceniza


miercoles de ceniza

“Convertíos a mí de todo corazón: con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones”… En la obra de Gertrud von Le Fort “El velo de Verónica”, la protagonista -que es la propia autora- se siente movida a la conversión tras intuir la enorme alegría que se ocultaba tras la blancura de la Custodia en un Jueves Santo. Apenas ha comenzado a dar los primeros pasos hacia Dios, cuando se encuentra con la imagen sobrecogedora de la Cruz, y una voz en su interior le dice: “¿sabrás también estar triste?”… Ella se echa atrás, despavorida, y su conversión se viene abajo hasta el momento en que decide asumir, no sólo la alegría de la Custodia, sino también, y muy especialmente, la tristeza de la Cruz.

Hoy me pregunto yo si sabremos también estar tristes. Es fácil “vender bien” la Cuaresma diciendo que es el tiempo de la Misericordia de Dios. No diríamos nada que no fuera la más absoluta verdad; el propio San Pablo nos dice hoy que “ahora es tiempo favorable, ahora es el día de la salvación”. Sin embargo, esa verdad hunde sus raíces más abajo. Si queremos decir toda la verdad, si queremos tomar la Cuaresma desde sus mismos cimientos, para vivirla en plenitud y no andar “disfrazados” de Cuaresma, tendremos que decir que sólo quien ha sentido el dolor de sus pecados conoce la Misericordia de Dios. Ésta es la primera piedra, éste es el primer peldaño, éste es el inicio del camino que nos llevará hacia el gozo de la Pascua.
“Rasgad los corazones, no la vestiduras”… La Cuaresma hay que comenzarla desde muy abajo: durante años, hemos cubierto de adornos nuestros pecados, para no tener que enfrentarnos a ellos: excusas, justificaciones, culpas ajenas, olvidos, razonamientos amañados… Es hora de rasgar el corazón, dejar al descubierto nuestras culpas, y, mientras la ceniza deja escuchar su maldición, reconocer ante Dios y ante los hombres que somos pecadores, que nos hemos apartado del Amor de Dios; que hemos tomado, cada uno, nuestro propio camino, olvidando la llamada de nuestro Creador. “Quizá se arrepienta y nos deje todavía la bendición, la ofrenda, la libación del Señor nuestro Dios”.
La ceniza no es confeti; es ceniza y, como tal, signo de muerte y de tristeza. Hoy se nos invita al llanto, al luto, a rasgar el corazón en una lágrima… Tampoco es nada nuevo. ¿Quién no sufre? La diferencia la marca el motivo: ordinariamente sufrimos por motivos que no lo merecen. La mayor parte de las veces, en la fuente misma de nuestras lágrimas está el no habernos salido con la nuestra, el haber fracasado o el dolor por un mundo que no evoluciona según nuestro antojo… Incluso cuando sufrimos a causa de nuestros pecados, en muchas ocasiones nuestro dolor tiene mucho de soberbia: es como si se nos hubiera derramado el café sobre la camisa. Nos sentimos sucios, torpes, fracasados… Pero el dolor de haber ofendido a Dios nos es casi desconocido, y a ese dolor nos invita hoy nuestra Madre la Iglesia. Si nuestro ayuno, nuestra oración y nuestra limosna no nacen de ese dolor no serán completamente auténticos.
“Ahora es tiempo favorable; ahora es el día de la salvación”. Nunca una maldición se escuchó con más alegría. No hemos desenterrado esa voz para hundirnos en nuestro propio fango; ni hemos vuelto al polvo de la tierra, del que nunca salimos, para remover nuestras llagas. Si hoy nos situamos en la maldición que hemos merecido por nuestras culpas, es porque sabemos que allí nos visitará nuestro Redentor, y desde allí, alzados sobre los hombros del Buen Pastor, seremos conducidos al Perdón e introducidos, de nuevo, en el Paraíso: “Al que no había pecado, Dios lo hizo expiación por nuestro pecado, para que nosotros, unidos a Él, recibamos la justificación de Dios”.
“¿Sabrás también estar triste?” Me hago la pregunta y os la ofrezco. ¿Sabremos hoy sufrir por el único motivo que dignifica el llanto? Desde el polvo de la tierra, desde lo más hondo de nuestras culpas, emprendemos hoy un viaje maravilloso, que parte de la maldición y habrá de llevarnos, en Pascua, a la Bendición eterna. Seguimos a Jesús, y llevamos con nosotros, como inseparable compañera, a la Santísima Virgen. Voy a pedirle a la Virgen esta santa tristeza según Dios: el dolor de mis pecados, la contrición perfecta. Y sé que sobre ella se posará, como un bálsamo, la Misericordia. Después se derramará sobre mis lágrimas la Sangre de Cristo y, finalmente, tan grande como hoy sea el dolor por mis culpas será, llegada la Pascua, la alegría de saberme salvado, resucitado, y vivo para siempre en el Señor.

Javier Salazar Sanchís

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