HACERSE PRÓJIMO DEL QUE SUFRE


CADA DÍA SU AFÁN                                            Diario de León 27.4.13

“Amar al prójimo como a uno mismo es por definición imposible: es la negación de uno mismo”. Esta afirmación del escritor inglés Enoch Powell parece ser compartida hoy por todo el mundo.

El propósito de hacerse prójimo del que sufre encuentra hoy serias dificultades, pero también nuevas posibilidades y estímulos.

La primera dificultad es el individualismo que caracteriza a nuestra sociedad.  Es como si la presencia del dolor nos repugnara. O como si dejara en vergonzosa evidencia nuestra apetencia de satisfacción, de placer y de triunfo a toda costa. La pobreza y la enfermedad, las llamadas minusvalías y los dolores de nuestros vecinos nos incomodan y perturban nuestras fantasías y nuestras digestiones.

Según Emmanuel Levinas, sabemos que la apertura al otro es “la desnudez de una piel expuesta a la herida y al ultraje”. La apertura al otro es como un desvestirse del ser, es exponerse a ser abatido, es en  cierto modo “ser de-otro-modo que ser”. Y no es fácil aceptar esa actitud vital.

Por otra parte, el hombre de hoy piensa que es su libertad la que genera y determina los valores éticos, mientras que son los valores morales los que articulan y revelan la valía y los límites de la  libertad individual. No somos más libres por liberarnos de la presencia de los que sufren y de la visión del dolor. Somos más libres cuando nos desembarazamos de ocupaciones inútiles para atender a los que se ven limitados por el sufrimiento, la marginación o la enfermedad.

Una tercera dificultad es la irresponsabilidad colectiva que según Karl Menninger es el paradigma actual del pecado. Sabemos que existe el mal pero nadie se siente responsable de él. La irresponsabilidad colectiva sólo puede conducirnos a la agresividad o el fatalismo.

Sin embargo, en todo paisaje hay zonas de luz que no son opacadas por las sombras. También hoy es posible hacerse prójimo, es decir, más próximo a los que sufren. La globalización de bienes y servicios ha de llevarnos a “globalizar la solidaridad”. Como decía Juan Pablo II.

Además, hoy se ha hecho posible la visibilidad del sufrimiento humano. Gracias a los medios de comunicación, todos podemos percibir y ser testigos de los sufrimientos de la mayor parte de la humanidad. Sólo nuestra superficialidad o nuestros intereses pueden ocultar a nuestros ojos el rostro de los que sufren.

Finalmente, vemos que, a pesar de la autosuficiencia que nos ahoga y endurece,  está creciendo en nosotros la conciencia de nuestra propia vulnerabilidad. Las catástrofes naturales, los accidentes en el trabajo o en la circulación y el riesgo de enfermedades antiguas y nuevas nos descubren nuestra debilidad.

Nos engañamos al pensar que los que sufren solamente pueden ser “los otros”. Hemos de ser conscientes de que en cualquier momento los que sufren seremos nosotros mismos. Al proclamar la dignidad de los que sufren y al reivindicar sus derechos  estamos haciendo una buena inversión.

José-Román Flecha Andrés

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