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Mensaje del Santo Padre Francisco con ocasión de la XXIII Jornada Mundial del Enfermo, 2015

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Sapientia cordis.
«Era yo los ojos del ciego y del cojo los pies»
(Jb 29,15)

Queridos hermanos y hermanas:

Con ocasión de la XXIII Jornada Mundial de Enfermo, instituida por san Juan Pablo II, me dirijo a vosotros que lleváis el peso de la enfermedad y de diferentes modos estáis unidos a la carne de Cristo sufriente; así como también a vosotros, profesionales y voluntarios en el ámbito sanitario.

El tema de este año nos invita a meditar una expresión del Libro de Job: «Era yo los ojos del ciego y del cojo los pies» (29,15). Quisiera hacerlo en la perspectiva de la sapientia cordis, la sabiduría del corazón.

1. Esta sabiduría no es un conocimiento teórico, abstracto, fruto de razonamientos. Antes bien, como la describe Santiago en su Carta, es «pura, además pacífica, complaciente, dócil, llena de compasión y buenos frutos, imparcial, sin hipocresía» (3,17). Por tanto, es una actitud infundida por el Espíritu Santo en la mente y en el corazón de quien sabe abrirse al sufrimiento de los hermanos y reconoce en ellos la imagen de Dios. De manera que, hagamos nuestra la invocación del Salmo: «¡A contar nuestros días enséñanos / para que entre la sabiduría en nuestro corazón!» (Sal 90,12). En esta sapientia cordis, que es don de Dios, podemos resumir los frutos de la Jornada Mundial del Enfermo.

2. Sabiduría del corazón es servir al hermano. En el discurso de Job que contiene las palabras «Era yo los ojos del ciego y del cojo los pies», se pone en evidencia la dimensión de servicio a los necesitados de parte de este hombre justo, que goza de cierta autoridad y tiene un puesto de relieve entre los ancianos de la ciudad. Su talla moral se manifiesta en el servicio al pobre que pide ayuda, así como también en el ocuparse del huérfano y de la viuda (vv.12-13).

Cuántos cristianos dan testimonio también hoy, no con las palabras, sino con su vida radicada en una fe genuina, y son «ojos del ciego» y «del cojo los pies». Personas que están junto a los enfermos  que tienen necesidad de una asistencia continuada, de una ayuda para lavarse, para vestirse, para alimentarse. Este servicio, especialmente cuando se prolonga en el tiempo, se puede volver fatigoso y pesado. Es relativamente fácil servir por algunos días, pero es difícil cuidar de una persona durante meses o incluso durante años, incluso cuando ella ya no es capaz de agradecer. Y, sin embargo, ¡qué gran camino de santificación es éste! En esos momentos se puede contar de modo particular con la cercanía del Señor, y se es también un apoyo especial para la misión de la Iglesia.

3. Sabiduría del corazón es estar con el hermano. El tiempo que se pasa junto al enfermo es un tiempo santo. Es alabanza a Dios, que nos conforma a la imagen de su Hijo, el cual «no ha venido para ser servido, sino para servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20,28). Jesús mismo ha dicho: «Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve» (Lc 22,27).

Pidamos con fe viva al Espíritu Santo que nos otorgue la gracia de comprender el valor del acompañamiento, con frecuencia silencioso, que nos lleva a dedicar tiempo a estas hermanas y a estos hermanos que, gracias a nuestra cercanía y a nuestro afecto, se sienten más amados y consolados. En cambio, qué gran mentira se esconde tras ciertas expresiones que insisten mucho en la «calidad de vida», para inducir a creer que las vidas gravemente afligidas por enfermedades no serían dignas de ser vividas.

4. Sabiduría del corazón es salir de sí hacia el hermano. A veces nuestro mundo olvida el valor especial del tiempo empleado junto a la cama del enfermo, porque estamos apremiados por la prisa, por el frenesí del hacer, del producir, y nos olvidamos de la dimensión de la gratuidad, del ocuparse, del hacerse cargo del otro. En el fondo, detrás de esta actitud hay frecuencia una fe tibia, que ha olvidado aquella palabra del Señor, que dice: «A mí me lo hicisteis» (Mt 25,40).

Por esto, quisiera recordar una vez más «la absoluta prioridad de la “salida de sí hacia el otro” como uno de los mandamientos principales que fundan toda norma moral y como el signo más claro para discernir acerca del camino de crecimiento espiritual como respuesta a la donación absolutamente gratuita de Dios» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 179). De la misma naturaleza misionera de la Iglesia brotan «la caridad efectiva con el prójimo, la compasión que comprende, asiste y promueve» (ibíd.).

5. Sabiduría del corazón es ser solidarios con el hermano sin juzgarlo. La caridad tiene necesidad de tiempo. Tiempo para curar a los enfermos y tiempo para visitarles. Tiempo para estar junto a ellos, como hicieron los amigos de Job: «Luego se sentaron en el suelo junto a él, durante siete días y siete noches. Y ninguno le dijo una palabra, porque veían que el dolor era muy grande» (Jb2,13). Pero los amigos de Job escondían dentro de sí un juicio negativo sobre él: pensaban que su desventura era el castigo de Dios por una culpa suya. La caridad verdadera, en cambio, es participación que no juzga, que no pretende convertir al otro; es libre de aquella falsa humildad que en el fondo busca la aprobación y se complace del bien hecho.

La experiencia de Job encuentra su respuesta auténtica sólo en la Cruz de Jesús, acto supremo de solidaridad de Dios con nosotros, totalmente gratuito, totalmente misericordioso. Y esta respuesta de amor al drama del dolor humano, especialmente del dolor inocente, permanece para siempre impregnada en el cuerpo de Cristo resucitado, en sus llagas gloriosas, que son escándalo para la fe pero también son verificación de la fe (Cf Homilía con ocasión de la canonización de Juan XXIII y Juan Pablo II, 27 de abril de 2014).

También cuando la enfermedad, la soledad y la incapacidad predominan sobre nuestra vida de donación, la experiencia del dolor puede ser lugar privilegiado de la transmisión de la gracia y fuente para lograr y reforzar la sapientia cordis. Se comprende así cómo Job, al final de su experiencia, dirigiéndose a Dios puede afirmar: «Yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te han visto mis ojos» (42,5). De igual modo, las personas sumidas en el misterio del sufrimiento y del dolor, acogido en la fe, pueden volverse testigos vivientes de una fe que permite habitar el mismo sufrimiento, aunque con su inteligencia el hombre no sea capaz de comprenderlo hasta el fondo.

6. Confío esta Jornada Mundial del Enfermo a la protección materna de María, que ha acogido en su seno y ha generado la Sabiduría encarnada, Jesucristo, nuestro Señor.

Oh María, Sede de la Sabiduría, intercede, como Madre nuestra por todos los enfermos y los que se ocupan de ellos. Haz que en el servicio al prójimo que sufre y a través de la misma experiencia del dolor, podamos acoger y hacer crecer en nosotros la verdadera sabiduría del corazón.

Acompaño esta súplica por todos vosotros con la Bendición Apostólica.

Vaticano, 3 de diciembre de 2014, memoria de san Francisco Javier

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Mensaje para la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado 2015

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Iglesia sin fronteras, Madre de todos

Queridos hermanos y hermanas:

El papa Francisco, con motivo de la celebración de la 101 Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado, del año 2015, ha dirigido a toda la Iglesia un mensaje estimulante, luminoso y profético. Los obispos de la Comisión Episcopal de Migraciones, siguiendo el surco abierto por el santo padre, queremos, por nuestra parte, invitaros a acoger su palabra, a releerla desde nuestras realidades concretas y a llevarla a la práctica.

Nos invita el santo padre, en primer lugar, a contemplar a Jesús, «el evangelizador por excelencia y el Evangelio en persona»[1], a dejarnos sorprender por su solicitud en favor de los más vulnerables y excluidos, a reconocer su rostro sufriente en las victimas de la nuevas formas de pobreza y esclavitud, a acoger su palabra, tan clara, tan contundente: «Fui forastero y me hospedasteis» (Mt 25, 35-36).

1.- Iglesia sin fronteras, Madre de todos

La Iglesia, heredera de la misión de Jesús, a la vez que anuncia a los hombres que«Dios es amor» (1 Jn 4, 8.16) abre sus brazos para acoger a todos, sin discriminaciones. Ya en Pentecostés, los discípulos, empujados por el Espíritu, vencen miedos, superan dudas, se arriesgan al encuentro con quienes los judíos conocían como nacionalidades diversas, y, a pesar de las diferencias de lenguas, se entendían. Los hombres podemos entendernos cuando hablamos el lenguaje de Dios, que es el amor. Y cuando nos encerramos en nuestra torre, para evitar al que consideramos extranjero, pretendiendo preservar así nuestras seguridades, no hay entendimiento, sino división, violencia y marginación.

Hoy, como ayer, hemos de salir al encuentro de los hermanos emigrantes, haciendo visible la maternidad de la Iglesia, que, superando razas y fronteras, a todos acoge y «abraza con amor y solicitud como suyos»[2]. Es lo que resume admirablemente el lema elegido para esta Jornada del Emigrante y del Refugiado: «Iglesia sin fronteras, Madre de todos». La Iglesia en su conjunto y cada cristiano en particular hemos de practicar y difundir la cultura del encuentro, de la acogida, de la reconciliación, de la solidaridad.

Para una madre ningún hijo es inútil, ni está fuera de lugar, ni es descartable. Las madres, cuando se trata de los hijos, no saben de fronteras, como no lo sabía Jesús, al que vemos pasar al otro lado del lago, país extranjero, adentrarse en territorio sirio-fenicio, atravesar el país de los samaritanos, comer con publicanos y pecadores. No son las fronteras lo que le detiene, sino, más bien, los reencuentros, donde las diferencias son asumidas y transformadas en una acogida enriquecedora recíproca. Admira la fe de la sirio-fenicia (Mt 15, 21-28), hace que la samaritana se encuentre consigo misma y se convierta en evangelizadora para sus convecinos (Jn 4, 1-26). Al hilo de sus reencuentros Cristo reacciona, y a veces se irrita por el uso duro e ideologizado de las diferencias (Mc 1, 40-45; Mt 15, 1-20, Mt 9, 9-13).

2.- Por un mundo nuevo, superando desconfianzas y rechazos

Las migraciones son un signo de nuestro tiempo, que está cambiando la faz de los pueblos. En España había a principios de 2014 cinco millones de personas extranjeras empadronadas. Entre ellas, son numerosas las que emprenden viajes muy arriesgados con la esperanza de encontrar un futuro mejor para ellos y sus familias. También ha vuelto a repuntar el número de españoles que emigran, para quienes las Misiones Católicas en Europa son una gran referencia.

«No es extraño, sin embargo —advierte el santo padre— que estos movimientos migratorios susciten desconfianza y rechazo, también en las comunidades eclesiales, antes incluso de conocer las circunstancias de persecución o de miseria de las personas afectadas. Esos recelos y prejuicios se oponen al mandamiento bíblico de acoger con respeto y solidaridad al extranjero necesitado»[3].

Hay que ponerse dentro de la piel del otro para entender qué esperanzas y deseos le mueven a dejar su tierra, su familia, los lugares conocidos; de qué situaciones busca escapar. Clama al cielo constatar las abismales desigualdades de renta media per capita o de esperanza media de vida entre muchos de los países de origen y los países de destino de los emigrantes. ¿Quién de nosotros no buscaría escapar del hambre, de la persecución o de la guerra, cuando no de la muerte?.

El mapa de la desigualdad entre países es una afrenta clamorosa a la dignidad de millones de seres humanos. Con el agravante de que las migraciones forzosas e irregulares dan lugar frecuentemente a la aparición de las mafias, a que surjan viejas y nuevas formas de pobreza y esclavitud (mujeres víctimas de la prostitución, menores no acompañados y en situaciones de riesgo, refugiados…). Son llagas por las que el Señor sigue sangrando.

3.- «Salir del propio amor, querer e interés. Unir esfuerzos»

El santo padre ha invitado reiteradamente:

  • a la renuncia de sí mismos: «Jesucristo nos llama a compartir nuestros recursos y, en ocasiones, a renunciar a nuestro bienestar»[4]. A causa de la debilidad de nuestra naturaleza humana, sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor»[5].
  • a unir esfuerzos. No podemos contentarnos con la mera tolerancia. En la comunidad cristiana no caben reticencias que impidan o dificulten acoger apersonas de procedencias y culturas diferentes. Las comunidades educativas tienen un gran papel que jugar al respecto.
    Reiteramos, a este respecto, la llamada, que ya ha sido secundada en bastantes casos, a que delegaciones o secretariados diocesanos de Migraciones, organizaciones de caridad, congregaciones religiosas, universidades de la Iglesia y organizaciones no gubernamentales se brinden con generosidad
  • a ofrecer espacios de intercambio para compartir líneas de trabajo y experiencias  desde la identidad y misión propia;
  • a reflexionar juntos para realizar más eficazmente la tarea y para diseñar camino de futuro;
  • a avanzar en la coordinación y la colaboración trabajando en comunión. Esta es una dimensión integrante y un testimonio muy significativo, en medio de un mundo dividido, de nuestra identidad eclesial.

Consuela el hecho de que en los últimos años hayan sido un millón largo de personas las que han conseguido la nacionalidad española por residencia. Pero nos duele que, a pesar de los planes de integración, sigan siendo numerosos los que se ven obligados a vivir en asentamientos inhumanos o hacinados en viviendas indignas.

Nos preocupa la llamativa caída en cooperación internacional a niveles tan bajos como los actuales, porque mientras no cambien las condiciones inhumanas de vida en los países pobres y sea factible el derecho a no emigrar, nada ni nadie detendrá las migraciones.

Reconocemos el derecho de los Estados a regular los flujos migratorios y de las dificultades que ello implica. Sabemos y valoramos  las muchas vidas salvadas por las patrullas de vigilancia y los servidores del orden público en las proximidades de nuestras costas. Pero hay derechos que son prioritarios. Por eso, qué tristeza se siente cuando nos llegan noticias de muertes y de violencia, o que se adopten medidas como las devoluciones sumarias. También nos duele que no se sigan buscando alternativas más dignas que los Centros de Internamiento. En este sentido, nos adherimos a la denuncia contra cualquier actuación en que no se tengan en cuenta los derechos humanos. Pedimos que se cumplan los tratados internacionales y  se verifique, al menos,  si las personas pudieran ser acreedoras del asilo político, ser víctimas de la “trata” o necesitadas de asistencia sanitaria urgente.

El santo padre nos ha recordado recientemente hablando de Europa que «no se puede tolerar que el mar Mediterráneo se convierta en un gran cementerio». Y que «la ausencia de un apoyo recíproco dentro de la Unión Europea corre el riesgo de incentivar soluciones particularistas del problema, que no tienen en cuenta la dignidad humana de los inmigrantes, favoreciendo el trabajo esclavo y continuas tensiones sociales»[6]. Las políticas migratorias no pueden depender solo de nuestras necesidades, sino de la dignidad de sus protagonistas y del vínculo que nos une como miembros de la familia humana. Nuestra responsabilidad con ellos continúa siendo urgente en materias de cooperación internacional, acogida, integración y cohesión social. Estas deben ser atendidas también desde la dimensión ética de la política y de la vida social. Porque la ausencia de esta dimensión afecta negativamente a nuestros hermanos extranjeros migrantes.

4.- «Globalizar la caridad»

El santo padre, tras recordar, una vez más, la vocación de la Iglesia a superar fronteras, reitera la invitación a que trabajemos en pro del «paso de una actitud defensiva y recelosa, de desinterés o de marginación, a una actitud que ponga como fundamento la “cultura del encuentro”, la única capaz de construir un mundo más justo y fraterno»[7].

Dadas las dimensiones de los movimientos migratorios y los problemas sociales, económicos, políticos, culturales y religiosos que suscitan hemos de seguir abogando, con el santo padre,  como vía imprescindible para regularlos, por una «colaboración sistemática y efectiva que implique a los Estados y a las Organizaciones internacionales». 

Queremos sumarnos, desde nuestras Iglesias, a tantos organismos e instituciones internacionales, nacionales y locales, que ponen sus mejores energías al servicio de los emigrantes. Se necesita, dice el papa, «una acción más eficaz e incisiva (…), una red universal de colaboración» que tenga como centro la protección de la dignidad de la persona humana, frente al «tráfico vergonzoso de seres humanos, contra la vulneración de los derechos y contra toda forma de violencia, vejación y esclavitud». Trabajar juntos, dice el papa, «requiere reciprocidad y sinergia, disponibilidad y confianza».

Se lo hemos escuchado reiteradamente tanto al papa Francisco como a sus antecesores: «A la globalización del fenómeno migratorio hay que responder con la globalización de la caridad y de la cooperación». Ello implica intensificar los esfuerzos para crear condiciones de vida más humana en los países de origen, y una progresiva disminución de las causas que originan las migraciones, sobre las que hay que actuar. Implica «desarrollar mundialmente un orden económico-financiero más justo y equitativo».

Conclusión

Agradecemos su generoso trabajo a las delegaciones diocesanas, congregaciones religiosas, voluntarios, etc. Terminamos con una palabra para vosotros, los emigrantes y refugiados: queremos, que ocupéis, como nos dice el papa, un lugar especial en el corazón de la Iglesia. Deseamos que esto sea realidad en cada una de nuestras Iglesias; vosotros sois un estímulo más para que estas manifiesten su maternidad y ensanchen su corazón para hacer suyas vuestros gozos y vuestras esperanzas, vuestras tristezas y angustias. Os encomendamos a la protección amorosa de la Sagrada Familia, que, como muchos de vosotros, tuvo que superar muchos tipos de frontera, y que supo lo que es la emigración forzosa sin perder la confianza en Dios.

✠ CIRIACO BENEVENTE MATEOS
Obispo de Albacete
Presidente de la Comisión Episcopal de Migraciones

✠ JOSÉ SÁNCHEZ GONZÁLEZ
Obispo emérito de Sigüenza-Guadalajara

✠ LUIS QUINTEIRO FIUZA
Obispo de Tui-Vigo

✠ XAVIER NOVELL GOMÁ
Obispo de Solsona

✠ JUAN ANTONIO MENÉNDEZ FERNÁNDEZ
Obispo auxiliar de Oviedo


[1] Francisco, Evangelii gaudium, n. 209.

[2] Concilio Vaticano II, constitución dogmática Lumen gentium, n. 14.

[3] Francisco, Mensaje para la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado 2015.

[4] Francisco, Mensaje para la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado 2015.

[5] Francisco, Evangelii gaudium, n. 270.

[6] Francisco, Discurso al Parlamento Europeo de Estrasburgo (25.XI.2014).

[7] Francisco, Mensaje para la Jornada Mundial del Emigrante y del Refugiado 2015.

Mensaje de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social para la Jornada Mundial de Medios de Comunicación Social 2014

medios

Al servicio de la humanidad

 

La celebración, el próximo 1 de junio, solemnidad de la Ascensión, de la XLVIII Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales invita a una reflexión sobre el papel de los comunicadores en nuestra sociedad, configurada, cada vez más, por una nueva cultura que está transformando a la humanidad. El papa Francisco, en su mensaje para estaJornada, ha invitado a esta nueva cultura del encuentro.

Una nueva cultura

La aparición y difusión de las nuevas tecnologías de la comunicación, que cumplen ahora 20 años, ha generado, especialmente con la incorporación de las redes sociales, una nueva cultura. Esta nueva realidad de las comunicaciones está transformando el modo de conocer, de trabajar, de relacionarse, de vivir y de interactuar entre las personas y los pueblos. La globalidad de las dimensiones que se ven afectadas, la velocidad en la difusión y la extensión geográfica a toda la tierra, son tres rasgos que caracterizan esta nueva cultura, al tiempo que muestran su importancia.

Conviene destacar, en primer lugar, la profundidad con la que afecta a la globalidad de los fenómenos humanos. Toda la actividad humana está siendo transformada por la aparición de estas nuevas tecnologías, no solo en los medios o en los procesos, sino también en los fines: el modo de conocer de las personas, el modo de relacionarse, el modo de trabajar y el modo de divertirse. Además, las perspectivas señalan que este cambio cultural no ha terminado y se siguen produciendo descubrimientos y nuevas herramientas que van modificando y reconfigurando, cada día, la manera de vivir de las personas. Se puede afirmar que la nueva cultura va a estar caracterizada por un cambio permanente que exigirá una adaptación constante.

Es también llamativa la velocidad con la que se está imponiendo esta nueva cultura. Si cada una de las culturas anteriores se creó, desarrolló y mantuvo su vigencia durante dos o tres siglos (la Edad Media, el Renacimiento, el Siglo de las Luces, la Revolución Industrial…) la cultura creada en torno a las nuevas tecnologías de la comunicación ha supuesto un cambio social radical en apenas dos décadas. La utilización del correo electrónico tiene apenas veinte años, los blogs, algo más de diez, y las redes sociales se siguen creando a día de hoy.

En tercer lugar, conviene señalar la extensión de estos cambios, que afectan ya a miles de millones de personas en todo el mundo. La brecha digital que separaba a sociedades digitales de las que no lo eran está menguando rápidamente. Intereses comerciales, económicos y de servicio están impulsando la nueva cultura hasta fronteras que anteriormente quedaban alejadas de cualquier progreso social y material.

Riesgos y oportunidades

Esta nueva cultura tecnológica a la que no se puede renunciar, como toda novedad social, presenta riesgos y oportunidades. Entre los riesgos está el aislamiento de las personas, el individualismo, el ofuscamiento en el mundo digital y el consiguiente desprecio del mundo real, el olvido de la caridad. En el ámbito familiar se están viviendo algunos desfases entre los hijos, nativos digitales, expertos conocedores de las nuevas tecnologías, y los padres, inmigrantes digitales que viven en un continuo esfuerzo de adaptación.

Al mismo tiempo, la nueva cultura genera nuevas oportunidades. La difusión masiva del conocimiento permite el acercamiento a la verdad que está en la base de la libertad. Sociedades que tenían dificultades para el acceso a la cultura universal tienen ahora al alcance de sus pantallas los conocimientos que la humanidad ha ido atesorando a lo largo de los siglos. Las dinámicas de pensamiento encuentran ahora nuevos cauces de difusión que permiten consolidar opiniones más formadas e intercambios de pareceres que suscitan reflexiones y generan movimientos sociales de participación. La sociedad civil se hace consciente de su papel protagonista e interactúa con los gobiernos y las instituciones para dinamizar la vida pública según sus legítimos intereses.

Con el tiempo, el aprendizaje y la experiencia, los riesgos se atenúan y las oportunidades van creciendo. Y a esto están llamados todos los que trabajan o utilizan el mundo de las nuevas tecnologías: a hacer crecer las oportunidades que estas herramientas permiten para que cada persona se haga más humana y más consciente de la responsabilidad que tiene sobre el desarrollo integral de los demás. El objetivo último de esta revolución tiene que ser transformar esta cultura digital una cultura del encuentro. Las nuevas tecnologías deben estar al servicio de la humanidad para alcanzar la meta que el papa Francisco ha señalado en su Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de este año: «En este mundo, los medios de comunicación pueden ayudar a que nos sintamos más cercanos los unos de los otros, a que percibamos un renovado sentido de unidad de la familia humana que nos impulse a la solidaridad y al compromiso serio por una vida más digna para todos. Comunicar bien nos ayuda a conocernos mejor entre nosotros, a estar más unidos. Los muros que nos dividen solamente se pueden superar si estamos dispuestos a escuchar y a aprender los unos de los otros».

El protagonismo de los comunicadores

Para que la nueva cultura digital se transforme en una cultura del encuentro, el papel de los comunicadores es fundamental. Son ellos quienes, con una formación adecuada, un conocimiento profundo de la realidad social y una capacidad de discernimiento fruto de su experiencia, pueden contribuir a que la verdad no naufrague en el océano digital, sino que, al contrario, sea servida con diligencia y criterio a todas las personas que la reclaman para poder ser libres. Nos unimos al deseo del papa Francisco de que los medios «puedan ayudar a que nos sintamos más cercanos los unos de los otros, a que percibamos un renovado sentido de unidad de la familia humana que nos impulse a la solidaridad y al compromiso serio».

Él mismo nos está animando a todos a «entrar en diálogo con los hombres y las mujeres de hoy para entender sus expectativas, sus dudas, sus esperanzas, y poder ofrecerles el Evangelio», y lo está haciendo con su ejemplo al navegar en las redes sociales para llevar esta palabra de esperanza.

Las dificultades para cumplir esta misión, encomendada de manera principal a los comunicadores, no son pequeñas. Hay que referirse de manera especial a la grave crisis económica que ha provocado el cierre de numerosos medios de comunicación y el despido de miles de profesionales. Por el bien de todos, esperamos que esa situación de crisis se supere en la sociedad en general y, de manera especial, en el ámbito de la comunicación. Sin olvidar las situaciones de conflicto o coacción en la que ejercen su profesión algunos periodistas. Ante estos problemas graves no podemos dejar de recordar que sin la comunicación social, sus medios y sus profesionales, la sociedad se incapacita para conocer la verdad y, por tanto, para ejercer la libertad.

Al mismo tiempo que reconocemos el trabajo de los comunicadores y su larga historia al servicio de la sociedad, ahora se hace necesario también proponerles una nueva misión, siempre como servicio al bien común. Consiste en transformar, por medio de su trabajo, esta cultura digital en una cultura de encuentro, en la que no haya espacio para la calumnia o el odio sino más bien para la proximidad de las personas, las relaciones amables, la sonrisa que acompaña al encuentro compartido de la verdad. Se trata en el fondo de un intercambio de conocimientos y cultura, de un compartir opiniones de interés para el progreso social; en una palabra, de consolidar la cultura del encuentro para el bien común.

En esta Jornada Mundial de las Comunicaciones, queremos expresar nuestro reconocimiento agradecido a los comunicadores que se empeñan en esta noble tarea, a lo que unimos nuestra oración por ellos y por el éxito de una misión que es servicio al bien de la humanidad. Que Jesucristo, el primer comunicador, les aliente en el trabajo y bendiga su misión.

✠ Ginés García Beltrán
Obispo de Guadix
Presidente de la Comisión Episcopal
de Medios de Comunicación Social

✠ Santiago García Aracil
Arzobispo de Mérida-Badajoz

✠ Joan Piris Frígola
Obispo de Lérida

✠ José Manuel Lorca Planes
Obispo de Cartagena

✠ José Ignacio Munilla Aguirre
Obispo de San Sebastián

✠ Salvador Giménez Valls
Obispo de Menorca