Segunda predicación de Adviento del P. Raniero Cantalamessa

Adviento 2018
Segunda predicación

«MI ALMA TIENE SED DE DIOS, DEL DIOS VIVO» (Sal 42, 3)

EL DIOS VIVO ES LA TRINIDAD VIVIENTE

Viernes, 14 de diciembre de 2018

Una experiencia del Dios vivo

Cuando se trata del conocimiento del  Dios vivo, una experiencia vale más que muchos razonamientos y yo quisiera empezar esta segunda meditación precisamente con una experiencia. Hace tiempo recibí la carta de una persona a la que seguía espiritualmente, una mujer casada, fallecida hace algunos años. La autenticidad de sus experiencias está confirmada por el hecho de que se las ha llevado consigo a la tumba, sin hablar nunca a nadie, excepto a su padre espiritual. Pero todas las gracias pertenecen a la Iglesia y quiero, por eso, compartirla con vosotros, ahora que ella está junto a Dios. Ella me ha hecho recordar la experiencia de Moisés ante la zarza ardiente. Decía:

Una mañana, mientras esperaba en mi habitación a que vinieran a vestirme, miraba un gran tilo que extendía las ramas delante de la ventana. El sol naciente le envestía por delante. Quedé encantada de su belleza, cuando de golpe mi atención fue atraída por un resplandor extraño, de un blanco extraordinario. Cada hoja, cada rama se puso a vibrar como llamitas de mil velas. Estuve más maravillada que cuando vi caer la primera nieve de mi vida. Y mi sorpresa aumentó cuando —no sé si con los ojos del cuerpo o no—  en el centro de todo aquel brillo vi como una mirada y una sonrisa de una belleza y de una benevolencia indecibles. Tenía el corazón que latía enloquecido; sentí que esa potencia de amor me penetraba y tuve la sensación de ser amada hasta lo más íntimo de mi ser. Duró un minuto, un minuto y medio, no lo sé, para mí era la eternidad. Fui llevada de nuevo a la realidad por un escalofrío helado que me pasó por el cuerpo y con gran tristeza me di cuenta que la mirada y sonrisa se había desvanecido y que poco a poco el esplendor del árbol se apagaba. Las hojas retomaron su aspecto ordinario y el tilo, aunque investido por la luz radiante de un sol de verano, en comparación con su esplendor anterior, con mi gran decepción me apareció oscuro como bajo un cielo lluvioso.

No hablé a nadie de este hecho, pero poco tiempo después, escuché a la cocinera y a otra mujer que hablaban de Dios entre ellas. Pregunté: «¿Dios? ¿Quién es?», intuyendo algo misterioso. «¡Pobre pequeña —dijo la cocinera a la otra mujer—, la abuela es una pagana y no le enseña estas cosas! Dios – dijo dirigida hacia mí – es aquel que ha hecho el cielo y la tierra, los hombres y los animales. Es omnipotente y habita en el cielo». Quedé en silencio, pero dije dentro de mí: «¡Es a él a quien he visto!».

Y, sin embargo, estaba muy confusa. A mis ojos, la abuela era muy superior a estas mujeres de servicio, y con todo, la cocinera había dicho que era una pagana porque no conocía a Dios y yo había entendido que era un término despreciativo. ¿Quién tenía razón?

Una mañana esperaba a que vinieran a vestirme. Estaba impaciente y deploraba el hecho de que mis vestidos de niña se abotonaran por detrás. Al final no esperé más y dije: «Dios, si tú existes y eres verdaderamente todopoderoso, abotóname el vestido sobre la espalda para que pueda bajar al jardín». No había terminado de pronunciar estas palabras cuando mi vestido se encontró abotonado. Me quedé con la boca abierta, aterrorizada por el efecto de mis palabras. Las piernas me temblaban, me senté ante el espejo del armario para constatar si era verdad y para retomar el aliento. No sabía aún qué significaba la frase «tentar a Dios» , pero entendía que habría sido reducida a polvo si me hubiera opuesto a su voluntad.

Toda una vida de santidad vivida después confirma que todo esto no había sido el sueño o la imaginación de una niña.

Dios es amor y por eso es Trinidad

Ahora proseguimos nuestra reflexión sobre el Dios Viviente. A quién nos dirigimos, nosotros cristianos, cuandopronunciamos la palabra «Dios», sin otra especificación? ¿A quién se refiere ese «tú», cuando, con las palabras del salmo, decimos: «Oh Dios, tú eres mi Dios» (Sal 63, 2)? ¿Quién responde a ello, por así decirlo, al otro lado del cable? Ese «tú» no es simplemente Dios Padre, la primera persona divina, como si hubiera existido o fuera pensable, un solo instante, sin las otras dos. Tampoco es la esencia divina indeterminada, como si existiera una esencia divina que sólo en un segundo momento se especifica en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

El único Dios, aquel que en la Biblia dice: «¡Yo Soy!», es el Padre que engendra al Hijo y que, con él, espira el Espíritu, comunicándoles toda su divinidad. Es el Dios comunión de amor, en el que unidad trinidad proceden de la misma raíz y del mismo acto y forman una Tri-unidad, en la que ninguna de las dos cosas —unidad y pluralidad— precede a la otra, o existe sin la otra, ninguno de los dos niveles es superior al otro o más «profundo» que el otro.

Ese «tú» al que nos dirigimos en oración, según los casos y la gracia de cada uno, puede ser una de las tres divinas personas en particular: el Padre, el Hijo Jesucristo, o el Espíritu Santo, sin que se pierda el todo. Por la comunión trinitaria, en efecto, en cada persona divina están presentes las otras dos. La Trinidad es como uno de esos triángulos musicales que por cualquier lado que se toque vibra todo y da el mismo sonido.

El Dios vivo de los cristianos no es otra cosa, en conclusión, que la Trinidad viviente. La doctrina de la Trinidad está contenida, como en germen, en la revelación de Dios como amor. Decir: «Dios es amor» (1 Jn 4, 8) es decir: Dios es Trinidad. Todo amor implica un amante, un amado y un amor que los une. Todo amor es amor de alguien o de algo; no se da un amor «vacío», sin objeto. Ahora bien, ¿quién ama a Dios, para ser definido amor? ¿El hombre? Pero entonces es amor solo desde hace algún centenar de millones de años. ¿Ama el universo? Pero entonces es amor solo desde hace algunos mil millones de años. Y antes, ¿a quién amaba Dios para ser el amor?

Los pensadores griegos y, en general, las filosofías religiosas de todos los tiempos, al concebir a Dios, sobre todo como «pensamiento», podían responder: Dios se pensaba a sí mismo; era «puro pensamiento», «pensamiento de pensamiento». Pero esto no es posible, desde el momento en que se dice que Dios es ante todo amor, porque el «puro amor de sí mismo» sería puro egoísmo, que no es la exaltación máxima del amor, sino su total negación. Y he aquí la respuesta de la revelación, expuesta por la Iglesia. Dios es amor desde siempre, ab aeterno, porque antes de que existiera un objeto fuera de sí para ser amado, tenía en sí mismo al Verbo, el Hijo que amaba con amor infinito, es decir, «en el Espíritu Santo».

Esto no explica «cómo» la unidad pueda ser simultáneamente Trinidad; esto es un misterio incognoscible por nosotros porque ocurre sólo en Dios. Sin embargo, nos ayuda a intuir «por qué», en Dios, la unidad debe ser también pluralidad: porque ¡«Dios es amor»! Un Dios que fuera puro conocimiento o pura ley, o puro poder, ciertamente no tendría ninguna necesidad de ser trino. Más aún, este hecho complicaría las cosas y de hecho ¡ningún «triunvirato» ha durado largamente en la historia! No así con un Dios que es ante todo amor, porque «no puede haber amor entre menos de dos». «Es necesario —escribió Henri de Lubac— que el mundo lo sepa: la revelación de Dios como amor desconcierta todo lo que él había concebido anteriormente sobre la divinidad» [1]. Los cristianos creemos «en un solo Dios», ¡no en un Dios solitario!

Contemplar la Trinidad para vencer la odiosa división del mundo [2]

Ningún tratado sobre la Trinidad es capaz de hacernos entrar en contacto vivo con ella como la contemplación del icono de la Trinidad de Rublev, del que vemos una reproducción en el mosaico que tenemos ante nosotros, en la cima de la pared de enfrente. Pintado en 1425 para la Iglesia de San Sergio, el icono fue declarado, por el «concilio de los cien capítulos» de 1551, modelo de todas las representaciones de la Trinidad.

Una cosa se debe notar inmediatamente sobre esta imagen. No quiere representar directamente la Trinidad, que, por definición, es invisible e inefable. Esto habría sido contrario a todos los cánones de la iconografía bizantina. Directamente, representa la escena de los tres ángeles aparecidos a Abraham en el encinar de Mambré (Gén 18, 1-15); lo demuestra claramente el hecho de que en otras pinturas del mismo tema, antes y después de Rublev, en el icono aparecen también Abraham, Sara, el becerro y, en el trasfondo, la encina. Sin embargo, esta escena, a la luz de la tradición patrística, se lee como una prefiguración de la Trinidad. El icono es una de las formas que asume la lectura espiritual de la Biblia, es decir, la interpretación de un hecho del Antiguo Testamento a la luz del Nuevo.

El dogma de la unidad y trinidad de Dios se expresa en el icono de Rublev por el hecho de que las figuras presentes son tres y muy distintas, pero muy semejantes entre sí. Están contenidas idealmente dentro de un círculo que destaca su unidad, mientras que el diverso movimiento, especialmente de la cabeza, proclama su distinción. Las tres visten, en el original, una túnica de color azul, signo de la naturaleza divina que tienen en común; pero encima, o debajo, de ella cada una tiene un color que la distingue de la otra. El Padre (identificado en género con el ángel de la izquierda hacia el cual las otras dos personas inclinan la cabeza), tiene una túnica de colores indefinibles, hecha casi de pura luz, signo de su invisibilidad e inaccesibilidad; el Hijo, en el centro, viste una túnica oscura, signo de la humanidad con la que se ha revestido; el Espíritu Santo, el ángel de la derecha, un manto verde, signo de la vida, por ser él quien «da la vida».

Una cosa impacta sobre todo al contemplar el icono de Rublev: la paz profunda y la unidad que emana del conjunto. Del icono se desprende un silencioso grito: «Sed una sola cosa, como nosotros somos una sola cosa». San Sergio de Radoneż, para cuyo monasterio fue pintado el icono, se había distinguido en la historia rusa por haber traído la unidad entre los jefes en discordia mutua y haber hecho así posible la liberación de Rusia de los tártaros. Su lema era: «Contemplando la Santísima Trinidad, vencer la odiosa discordia de este mundo». Rublev quiso recoger la herencia espiritual del gran santo que había hecho de la Trinidad la fuente inspiradora de su vida y de su labor.

De esta visión de la Trinidad recogemos, pues, sobre todo el llamamiento a la unidad. Todos queremos la unidad. Después de la palabra felicidad, no hay ninguna otra que responda a una necesidad tan apremiante del corazón humano como la palabra unidad. Nosotros somos «seres finitos, capaces de infinito» y esto quiere decir que somos criaturas limitadas que aspiramos a superar nuestro límite, para ser «todo de alguna manera», quodammodo omnia, como se dice en filosofía. No nos resignamos a ser sólo lo que somos. ¿Quién no recuerda, en los años juveniles, algún momento de ansiosa necesidad de unidad, cuando hubiera querido que todo el universo fuera encerrado en un punto y él estar, con todos los demás, en ese único punto, mientras el sentido de separación y de soledad en el mundo se hacía sentir con sufrimiento? Santo Tomás de Aquino explica todo esto diciendo: «Ya que la unidad (unum) es un principio del ser como la bondad (bonum), resulta de ello que cada uno desea naturalmente la unidad, como desea el bien. Por ello, como el amor o el deseo del bien causa sufrimiento, así actúa también el amor o el deseo de unidad» [3].

Todos, pues, queremos la unidad, todos la deseamos desde lo profundo del corazón. ¿Por qué entonces es tan difícil hacer unidad, si todos la deseamos tan ardientemente? Es que nosotros queremos que se haga la unidad, pero… en torno a nuestro punto de vista. Nos parece tan obvio, tan razonable, que nos sorprendemos cómo los demás no se den cuenta e insistan en cambio en su punto de vista. Trazamos incluso delicadamente a los demás el camino para llegar donde estamos nosotros y alcanzarnos en nuestro centro. El inconveniente es que el otro está haciendo exactamente lo mismo conmigo. Por esta vía no se alcanzará nunca ninguna unidad. Se hace el camino inverso.

La Trinidad nos indica el verdadero camino hacia la unidad. Partiendo de las personas divinas, en lugar del concepto de naturaleza, los orientales han encontrado que tenían que asegurar de otro modo la unidad divina. Lo han hecho elaborando la doctrina de la perijóresis. Aplicada a la Trinidad, perijóresis (literalmente, mutua compenetración) expresa la unión de las tres personas en la única esencia[4]. Gracias a ella las tres Personas están unidas, sin confundirse; cada persona se «identifica» en la otra, se da a la otra y hace ser a la otra. El concepto se basa en las palabras de Cristo: «Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí».

Jesús amplió este principio a la relación que existe entre él y nosotros: «Yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí y yo en vosotros» (Jn 14, 20); «yo en ellos, y tú en mí, para que sean completamente uno» (Jn 17, 23). La vía hacia la verdadera unidad está en imitar entre nosotros, en la Iglesia, la perijóresis divina. San Pablo indica su fundamento cuando dice que «cada cual existe en relación con los otros miembros» (Rom 12, 5). En Dios la perijóresis se basa en la unidad de la naturaleza, en nosotros sobre el hecho de que somos «un solo cuerpo y un solo Espíritu».

El Apóstol nos ayuda a comprender qué significa, en la práctica, vivir entre nosotros la perijóresis o mutua compenetración: «Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Cor 12, 26); «llevad los unos las cargas de los otros y así cumpliréis la ley de Cristo» (Gál 6, 2). Los «pesos» de los demás son las enfermedades, los límites, los disgustos, y también los defectos y los pecados. Vivir la perijóresis significa «identificarse» con el otro, ponerse, como suele decirse, en su pellejo, intentar comprender, antes que juzgar.

Las tres personas divinas están siempre comprometidas en glorificarse mutuamente. El Padre glorifica al Hijo; el Hijo glorifica al Padre (Jn 17 ,4); el Paráclito glorificará al Hijo (Jn 16, 14). Cada persona se da a conocer haciendo conocer a la otra. El Hijo enseña a clamar ¡Abba!; el Espíritu Santo enseña a gritar: «¡Jesús es el Señor!» y «Ven, Señor» Maranatha. No enseñan a pronunciar el nombre propio, sino el de las otras personas. Hay un solo «lugar» en el universo donde la regla «ama a tu prójimo como a ti mismo» es puesta en práctica, en sentido absoluto, ¡y es en la Trinidad! Cada persona divina ama a la otra exactamente como a sí misma.

¡Qué distinta es la atmósfera que se respira cuando y en un cuerpo social nos esforzamos por vivir con estos ideales sublimes ante los ojos! Pensemos en una familia en la que el marido defiende y exalta a la propia esposa ante los hijos y ante los extraños, y lo mismo hace la mujer respecto al marido; pensamos en una comunidad en que uno se esfuerza por poner en práctica la recomendación de Santiago: «No habléis mal los unos de otros, hermanos» (Sant 4, 11), o la de san Pablo: «Amaos cordialmente unos a otros» (Rom 12, 10). De este paso, uno podría incluso llegar a alegrarse del nombramiento de otra persona que se estima en un determinado puesto de honor (por ejemplo al cardenalato), como si hubiera sido nombrado él mismo.

Pero dejemos decir estas cosas a los santos, los únicos que tienen el derecho de hacerlo, porque las ponen en práctica. En una de sus admoniciones san Francisco de Asís dice: «Bienaventurado aquel siervo que no se enorgullece por el bien que el Señor dice y obra por medio de él, más que por el bien que dice y obra por medio de otro» [5]. San Agustín decía al pueblo:

«Si amas la unidad, todo lo que en ella es poseído por alguien, ¡lo posees tú también! Destierra la envidia y será tuyo lo que es mío, y si yo destierro la envidia, es mío lo que tú posees. La envidia separa, la caridad une… Solo la mano actúa en el cuerpo; pero ésta no actúa solo para sí, actúa también para el ojo. Si está a punto de recibir un golpe que no está dirigido a la mano, sino al rostro, ¿dice quizás la mano: “No me muevo, porque el golpe no está dirigido a mí”?» [6].

Quería decir: si tú te esfuerzas por poner el bien de la comunidad por encima de tu afirmación personal, todo carisma y todo honor presente en ella será tuyo, igual que en una familia unida el éxito de un miembro hace felices a todos los demás. Por eso, la caridad es «la mejor vía de todas» (1 Cor 12, 31): ella multiplica los carismas, hace del carisma de uno el carisma de todos. Son cosas, me doy cuenta, fáciles de decir, pero difíciles de poner en práctica; en cambio, es bonito saber que, con la gracia de Dios, son posibles y algunas almas, las han realizado y las realizan también para nosotros en la Iglesia.

Contemplar la Trinidad ayuda realmente a vencer «la odiosa discordia del mundo». El primer milagro que el Espíritu obró en Pentecostés fue hacer a los discípulos «unánimes» (Hch 1, 14), «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4, 32). Él está siempre dispuesto a repetir este milagro, a transformar cada vez la dis-cordia en con-cordia. Se puede estar divididos en la mente, en lo que cada uno piensa acerca de cuestiones doctrinales o pastorales legítimamente debatidas en la Iglesia, pero nunca divididos en el corazón: In dubiis libertas, in omnibus vero caritas. Esto significa, propiamente, imitar la unidad de la Trinidad; ella es, en efecto, «unidad en la diversidad».

Entrar en la Trinidad

Hay algo todavía más dichoso que podemos hacer respecto a la Trinidad que contemplarla e imitarla, y es ¡entrar en ella! Nosotros no podemos abrazar el océano, pero podemos entrar en él; no podemos abrazar el misterio de la Trinidad con nuestra mente, pero ¡podemos entrar en él! Cristo nos ha dejado un medio concreto para hacerlo, la Eucaristía. En el icono de Rublev, los tres ángeles están dispuestos en círculo en torno a una mesa; sobre esa mesa hay una copa y dentro de la copa, se vislumbra un cordero. No se podía decir de forma más sencilla y eficaz que la Trinidad nos da cita cada día en la Eucaristía. El banquete de Abraham en el encinar de Mambré es figura de este banquete. La visita de los tres a Abraham se renueva para nosotros cada vez que nos acercamos a la Comunión.

También aquí, es decir, a propósito de la Eucaristía, es iluminadora la doctrina de la perijóresis trinitaria. Ella nos dice que donde hay una persona de la Trinidad, allí están también las otras dos, inseparablemente unidas. En el momento de la Comunión se realiza en sentido estricto la palabra de Cristo: «Yo en ellos y tú en mí». «Quien me ve a mí, ve al Padre», quien me recibe a mí recibe al Padre. No llegaremos nunca a valorar plenamente la gracia que se nos ofrece. ¡Comensales de la Trinidad!

San Cirilo de Alejandría formuló con el habitual rigor teológico, esta verdad que une indisolublemente Trinidad y Eucaristía. Dice: «Somos consumados en la unidad con Dios Padre por medio de Cristo. Recibiendo, en efecto, en nosotros corporal y espiritualmente, lo que el Hijo es por naturaleza, nos hacemos partícipes y consortes de toda la naturaleza suprema» [7].

La misma persona de la que he referido el testimonio al principio, me confió, en otra ocasión, una experiencia suya de la Trinidad. Me permito compartir también esta porque nos ayuda a entender que la Iglesia no es solamente lo que la gente ve o piensa de ella. Decía:

«La otra noche, el Espíritu me introdujo en el misterio del amor trinitario. El intercambio extasiante de dar y recibir se obró también a través de mí: de Cristo, a quien yo estaba unida, hacia el Padre y del Padre hacia el Hijo. Pero, ¿cómo expresar lo inefable? No veía nada, pero era mucho más que ver, y mis palabras son impotentes para traducir este intercambio en el júbilo, que se respondía, se lanzaba, recibía y daba. Y de ese intercambio fluía una vida intensa de Uno a Otro, como una leche tibia que fluye desde el seno de la madre a la boca del niño agarrado a este bienestar. Y era yo aquel niño, era toda la creación que participa en la vida, en el reino, en la gloria, habiendo sido regenerada por Cristo. ¡Oh, Trinidad santa y viviente! Quedé como fuera de mí, durante dos o tres días, y todavía hoy esta experiencia permanece fuertemente grabada en mí».

La Trinidad no es sólo un misterio y un artículo de nuestra fe, es una realidad viva y palpitante. Como decía al principio, el Dios vivo de la Biblia al que estamos buscando no es otro que la Trinidad viviente. Que el Espíritu nos introduzca también a nosotros en ella y nos haga gustar su dulce compañía.

* * *

[1] H. DE LUBAC, Histoire et Esprit (Aubier, París 1950) cap. 5.

[2] Reproduzco aquí en parte lo que escribí en mi libro Contemplando la Trinità (Àncora, Milán 2002), 7ss [trad. esp. Contemplando la Trinidad (Monte Carmelo, Burgos 62012)].

[3] SANTO TOMÁS DE AQUINO, Suma Teológica, I-IIae , q.26, a.3.

[4] Cf. Ps. CIRILO DE ALEJANDRÍA, De Trinitate,23; PG 77 1164B; SAN JUAN DAMASCENO, De fide orthodoxa, 3,7.

[5] SAN FRANCISCO, AmonestaciónXVII: FF 166.

[6] SAN AGUSTÍN, Tratados sobre Juan, 32,8.

[7] SAN CIRILO DE ALEJANDRÍA, Comentario a Juan, XI, 12: PG 74, 564.

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Mensaje del Papa Francisco para la LII Jornada Mundial de la Paz 2019

MENSAJE
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA 
LII JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ
[1 de enero de 2019]

La buena política está al servicio de la paz

1. “Paz a esta casa”

Jesús, al enviar a sus discípulos en misión, les dijo: «Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros» (Lc 10, 5-6).

Dar la paz está en el centro de la misión de los discípulos de Cristo. Y este ofrecimiento está dirigido a todos los hombres y mujeres que esperan la paz en medio de las tragedias y la violencia de la historia humana[1]. La “casa” mencionada por Jesús es cada familia, cada comunidad, cada país, cada continente, con sus características propias y con su historia; es sobre todo cada persona, sin distinción ni discriminación. También es nuestra “casa común”: el planeta en el que Dios nos ha colocado para vivir y al que estamos llamados a cuidar con interés.

Por tanto, este es también mi deseo al comienzo del nuevo año: “Paz a esta casa”.

2. El desafío de una buena política

La paz es como la esperanza de la que habla el poeta Charles Péguy[2]; es como una flor frágil que trata de florecer entre las piedras de la violencia. Sabemos bien que la búsqueda de poder a cualquier precio lleva al abuso y a la injusticia. La política es un vehículo fundamental para edificar la ciudadanía y la actividad del hombre, pero cuando aquellos que se dedican a ella no la viven como un servicio a la comunidad humana, puede convertirse en un instrumento de opresión, marginación e incluso de destrucción.

Dice Jesús: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9, 35). Como subrayaba el Papa san Pablo VI: «Tomar en serio la política en sus diversos niveles ―local, regional, nacional y mundial― es afirmar el deber de cada persona, de toda persona, de conocer cuál es el contenido y el valor de la opción que se le presenta y según la cual se busca realizar colectivamente el bien de la ciudad, de la nación, de la humanidad»[3].

En efecto, la función y la responsabilidad política constituyen un desafío permanente para todos los que reciben el mandato de servir a su país, de proteger a cuantos viven en él y de trabajar a fin de crear las condiciones para un futuro digno y justo. La política, si se lleva a cabo en el respeto fundamental de la vida, la libertad y la dignidad de las personas, puede convertirse verdaderamente en una forma eminente de la caridad.

3. Caridad y virtudes humanas para una política al servicio de los derechos humanos y de la paz

El Papa Benedicto XVI recordaba que «todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la pólis. […] El compromiso por el bien común, cuando está inspirado por la caridad, tiene una valencia superior al compromiso meramente secular y político. […] La acción del hombre sobre la tierra, cuando está inspirada y sustentada por la caridad, contribuye a la edificación de esa ciudad de Dios universal hacia la cual avanza la historia de la familia humana»[4]. Es un programa con el que pueden estar de acuerdo todos los políticos, de cualquier procedencia cultural o religiosa que deseen trabajar juntos por el bien de la familia humana, practicando aquellas virtudes humanas que son la base de una buena acción política: la justicia, la equidad, el respeto mutuo, la sinceridad, la honestidad, la fidelidad.

A este respecto, merece la pena recordar las “bienaventuranzas del político”, propuestas por el cardenal vietnamita François-Xavier Nguyễn Vãn Thuận, fallecido en el año 2002, y que fue un fiel testigo del Evangelio:

Bienaventurado el político que tiene una alta consideración y una profunda conciencia de su papel.
Bienaventurado el político cuya persona refleja credibilidad.
Bienaventurado el político que trabaja por el bien común y no por su propio interés.
Bienaventurado el político que permanece fielmente coherente.
Bienaventurado el político que realiza la unidad.
Bienaventurado el político que está comprometido en llevar a cabo un cambio radical.
Bienaventurado el político que sabe escuchar.
Bienaventurado el político que no tiene miedo[5].

Cada renovación de las funciones electivas, cada cita electoral, cada etapa de la vida pública es una oportunidad para volver a la fuente y a los puntos de referencia que inspiran la justicia y el derecho. Estamos convencidos de que la buena política está al servicio de la paz; respeta y promueve los derechos humanos fundamentales, que son igualmente deberes recíprocos, de modo que se cree entre las generaciones presentes y futuras un vínculo de confianza y gratitud.

4. Los vicios de la política

En la política, desgraciadamente, junto a las virtudes no faltan los vicios, debidos tanto a la ineptitud personal como a distorsiones en el ambiente y en las instituciones. Es evidente para todos que los vicios de la vida política restan credibilidad a los sistemas en los que ella se ejercita, así como a la autoridad, a las decisiones y a las acciones de las personas que se dedican a ella. Estos vicios, que socavan el ideal de una democracia auténtica, son la vergüenza de la vida pública y ponen en peligro la paz social: la corrupción —en sus múltiples formas de apropiación indebida de bienes públicos o de aprovechamiento de las personas—, la negación del derecho, el incumplimiento de las normas comunitarias, el enriquecimiento ilegal, la justificación del poder mediante la fuerza o con el pretexto arbitrario de la “razón de Estado”, la tendencia a perpetuarse en el poder, la xenofobia y el racismo, el rechazo al cuidado de la Tierra, la explotación ilimitada de los recursos naturales por un beneficio inmediato, el desprecio de los que se han visto obligados a ir al exilio.

5. La buena política promueve la participación de los jóvenes y la confianza en el otro

Cuando el ejercicio del poder político apunta únicamente a proteger los intereses de ciertos individuos privilegiados, el futuro está en peligro y los jóvenes pueden sentirse tentados por la desconfianza, porque se ven condenados a quedar al margen de la sociedad, sin la posibilidad de participar en un proyecto para el futuro. En cambio, cuando la política se traduce, concretamente, en un estímulo de los jóvenes talentos y de las vocaciones que quieren realizarse, la paz se propaga en las conciencias y sobre los rostros. Se llega a una confianza dinámica, que significa “yo confío en ti y creo contigo” en la posibilidad de trabajar juntos por el bien común. La política favorece la paz si se realiza, por lo tanto, reconociendo los carismas y las capacidades de cada persona. «¿Hay acaso algo más bello que una mano tendida? Esta ha sido querida por Dios para dar y recibir. Dios no la ha querido para que mate (cf. Gn 4, 1ss) o haga sufrir, sino para que cuide y ayude a vivir. Junto con el corazón y la mente, también la mano puede hacerse un instrumento de diálogo»[6].

Cada uno puede aportar su propia piedra para la construcción de la casa común. La auténtica vida política, fundada en el derecho y en un diálogo leal entre los protagonistas, se renueva con la convicción de que cada mujer, cada hombre y cada generación encierran en sí mismos una promesa que puede liberar nuevas energías relacionales, intelectuales, culturales y espirituales. Una confianza de ese tipo nunca es fácil de realizar porque las relaciones humanas son complejas. En particular, vivimos en estos tiempos en un clima de desconfianza que echa sus raíces en el miedo al otro o al extraño, en la ansiedad de perder beneficios personales y, lamentablemente, se manifiesta también a nivel político, a través de actitudes de clausura o nacionalismos que ponen en cuestión la fraternidad que tanto necesita nuestro mundo globalizado. Hoy más que nunca, nuestras sociedades necesitan “artesanos de la paz” que puedan ser auténticos mensajeros y testigos de Dios Padre que quiere el bien y la felicidad de la familia humana.

6. No a la guerra ni a la estrategia del miedo

Cien años después del fin de la Primera Guerra Mundial, y con el recuerdo de los jóvenes caídos durante aquellos combates y las poblaciones civiles devastadas, conocemos mejor que nunca la terrible enseñanza de las guerras fratricidas, es decir que la paz jamás puede reducirse al simple equilibrio de la fuerza y el miedo. Mantener al otro bajo amenaza significa reducirlo al estado de objeto y negarle la dignidad. Es la razón por la que reafirmamos que el incremento de la intimidación, así como la proliferación incontrolada de las armas son contrarios a la moral y a la búsqueda de una verdadera concordia. El terror ejercido sobre las personas más vulnerables contribuye al exilio de poblaciones enteras en busca de una tierra de paz. No son aceptables los discursos políticos que tienden a culpabilizar a los migrantes de todos los males y a privar a los pobres de la esperanza. En cambio, cabe subrayar que la paz se basa en el respeto de cada persona, independientemente de su historia, en el respeto del derecho y del bien común, de la creación que nos ha sido confiada y de la riqueza moral transmitida por las generaciones pasadas.

Asimismo, nuestro pensamiento se dirige de modo particular a los niños que viven en las zonas de conflicto, y a todos los que se esfuerzan para que sus vidas y sus derechos sean protegidos. En el mundo, uno de cada seis niños sufre a causa de la violencia de la guerra y de sus consecuencias, e incluso es reclutado para convertirse en soldado o rehén de grupos armados. El testimonio de cuantos se comprometen en la defensa de la dignidad y el respeto de los niños es sumamente precioso para el futuro de la humanidad.

7. Un gran proyecto de paz

Celebramos en estos días los setenta años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que fue adoptada después del segundo conflicto mundial. Recordamos a este respecto la observación del Papa san Juan XXIII: «Cuando en un hombre surge la conciencia de los propios derechos, es necesario que aflore también la de las propias obligaciones; de forma que aquel que posee determinados derechos tiene asimismo, como expresión de su dignidad, la obligación de exigirlos, mientras los demás tienen el deber de reconocerlos y respetarlos»[7].

La paz, en efecto, es fruto de un gran proyecto político que se funda en la responsabilidad recíproca y la interdependencia de los seres humanos, pero es también un desafío que exige ser acogido día tras día. La paz es una conversión del corazón y del alma, y es fácil reconocer tres dimensiones inseparables de esta paz interior y comunitaria:

 la paz con nosotros mismos, rechazando la intransigencia, la ira, la impaciencia y ―como aconsejaba san Francisco de Sales― teniendo “un poco de dulzura consigo mismo”, para ofrecer “un poco de dulzura a los demás”;

 la paz con el otro: el familiar, el amigo, el extranjero, el pobre, el que sufre…; atreviéndose al encuentro y escuchando el mensaje que lleva consigo;

 la paz con la creación, redescubriendo la grandeza del don de Dios y la parte de responsabilidad que corresponde a cada uno de nosotros, como habitantes del mundo, ciudadanos y artífices del futuro.

La política de la paz ―que conoce bien y se hace cargo de las fragilidades humanas― puede recurrir siempre al espíritu del Magníficat que María, Madre de Cristo salvador y Reina de la paz, canta en nombre de todos los hombres: «Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; […] acordándose de la misericordia como lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre» (Lc 1, 50-55).

Vaticano, 8 de diciembre de 2018

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[1] Cf. Lc 2,14: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad».

[2] Cf. Le Porche du mystère de la deuxième vertu, París 1986.

[3] Carta ap. Octogesima adveniens (14 mayo 1971), 46.

[4] Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 7.

[5] Cf. Discurso en la exposición-congreso “Civitas” de Padua: “30giorni” (2002), 5.

[6] BENEDICTO XVI, Discurso a las Autoridades de Benín (Cotonou, 19 noviembre 2011).

[7] Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963), 44.

Mensaje con motivo de la Jornada Mundial de la Vida Consagrada 2019

PADRENUESTRO
LA VIDA CONSAGRADA, PRESENCIA DEL AMOR DE DIOS

Jornada Mundial de la Vida Consagrada 2019
2 de febrero 2019

En el año 1999 san Juan Pablo II propuso a la Iglesia un año dedicado al Padre con el fin de preparar a toda la Iglesia a la acogida del nuevo milenio. Han pasado veinte años y los obispos españoles desean recordar que la vida consagrada es presencia del amor de Dios. Cada consagrado, con su vida y testimonio, nos anuncia que Dios es Padre, es un Dios que ama con entrañas de misericordia.

Su Hijo Jesús nos enseñó una oración, el padrenuestro, que expresa la relación que Dios tiene con cada uno de nosotros, sus hijos y sus consagrados.

Padre nuestro que estás en el cielo

Configurado con el Hijo, el consagrado vive, unido a Cristo, su relación filial con Dios Padre, a quien no duda de llamar confiadamente todos los días: Abba, papá.

El consagrado vive, aquí en la tierra, su relación fraternal con el Hijo y, junto con Él, mira al cielo, pues sabe que allí tiene un Padre que le espera con anhelo para unir su vida divina con la suya, humana, en un abrazo eterno.

Santificado sea tu nombre

La experiencia de amor filial mueve al consagrado a dejar a Dios ser Padre de su vida y, con su abandono, testimoniar el nombre de Dios: amor.

No un amor de superhombre, sino un amor divino que, superando toda comprensión humana, ha asumido nuestro modo de expresar el amor. De este modo, el consagrado es consciente de que, a través de su caridad, expresa de modo humano el amor divino, nombre de Dios Padre.

Venga a nosotros tu Reino

Empapado por el amor divino que recibe del Padre y también de su místico Esposo, el consagrado desea que su experiencia de amor pueda ser compartida por todos. De este modo, es transformado en puente entre el hombre y Dios para que el amor reine también en este mundo.

Junto con el Hijo, el consagrado ruega al Padre para que ningún hombre se pierda, sino que todos puedan vivir la experiencia de un amor paterno. Y, con el Esposo, no deja de ser buen samaritano, que acerca a todo hombre al amor de Dios, indistintamente de sus heridas materiales o espirituales.

Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo

La experiencia del amor del Padre a lo largo de sus años de consagración transforma el compromiso del consagrado de obedecer a Dios en un deseo de agradar, como el Hijo, al Padre. A la vez, el ejemplo del Esposo: «no se haga mi voluntad sino la tuya», se convierte en criterio y oración: «más que prometerte obediencia te pido, Padre, que realices tu amorosa voluntad sobre mi vida».

Escuchando también del Esposo, cuyo Reino no es de este mundo, el consagrado anhela y enseña la belleza del cielo, en donde todo estará impregnado por la plenitud de su amorosa y divina voluntad.

Danos hoy nuestro pan de cada día

¡Cuántas veces el consagrado ha escuchado el consejo del Hijo: «Pedid y se os dará»! Así, la persona consagrada se convierte en un hombre o una mujer de petición. Ha aprendido de Cristo a ser un hijo, o una hija, confiado en la acción paternal de Dios, incluso en sus aspectos materiales.

El consagrado sabe que todas sus peticiones son escuchadas por el corazón del Padre; sabe que el Padre conoce todas sus necesidades antes de que se lo pida; sabe que Él, como Padre, no siempre nos concederá lo que le pedimos porque siempre piensa en lo mejor para cada uno de nosotros, aunque no se lo pidamos.

Por ello, el consagrado entiende cuando aparentemente Dios no escucha sus peticiones. En esos momentos, él sabe que el silencio divino es también expresión de un amor paterno, mayor del que nosotros mismos podemos imaginar. Y este amor paterno y divino lo enseña a los demás.

Y, sobre todo, la persona consagrada necesita el pan eucarístico, que lo va alimentando y transformando a imagen de su Señor.

Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden

Con emoción, el consagrado aprende de las enseñanzas del Hijo la misericordia del Padre. Sabe que el corazón divino se conmueve cuando cumplimos los mandamientos, como el joven rico; y sabe también que, como hijo pequeño, es acogido con sus errores y debilidades.

A la vez, como hijo escogido, el consagrado se ha dejado modelar por los consejos y actitudes del Esposo, que nos ayuda a reconocer los propios pecados antes de tirar la primera piedra, a disculpar al pecador porque no siempre sabe lo que hace, a tomar conciencia de que todo lo que es del Padre, también su misericordia, es don tanto para él como para los demás.

No nos dejes caer en la tentación

El divino amor misericordioso no es solamente reparador de nuestro posible mal actuar. Su misericordia se expresa aún más en su acción providente que ayuda a evitar el pecado.

La vida de su Hijo, Esposo del consagrado, le enseña a superar la tentación fortalecido por la confianza en el Padre, cuya palabra le alimenta y a quien únicamente desea adorar.

Igualmente, el consagrado, como los agricultores de la parábola de la cizaña sembrada por el maligno, no reprocha el desorden de sus hermanos, sino que les ayuda a que den más fruto, confiado en que el Padre, Dueño del campo, a su tiempo retirará la mala hierba.

Y líbranos del mal

La experiencia con el divino Amor no solamente lleva a desterrar las acciones pecaminosas del propio actuar. El consagrado anhela y desea cada día crecer en el bien. Por ello, confiado, se deja en las manos del Padre, para que, como buen alfarero, rompa en él lo que sea necesario para que cada día manifieste mejor la imagen profética del Amor del Padre y del Hijo en el Espíritu.

A su vez, el consagrado, unido al Alfarero, no deja de impulsar en todos los fieles la vocación al amor y a la santidad, los acompaña en los momentos de purificación, les enseña a descubrir la mano del Señor en esos momentos, y les ayuda a convertir el sufrimiento humano en cruz redentora.

Mujer, ahí tienes a tu hijo

Junto con el Padre, el Hijo nos ha mostrado una madre, la suya, como mujer del padrenuestro. Su oración del fiat es un anticipo de la oración que nos enseñó Cristo y con la que el consagrado pide todos los días al Padre que se cumpla su voluntad sobre él.

Con su visita a Isabel, la Virgen Madre se convierte en expresión humana del amor divino. Con su consejo de hacer lo que Él nos diga, enseña a pedir al Padre con confianza. Dando vueltas en su interior a las palabras del Niño, invita a esperar la hora oportuna de Dios. Al pie de la cruz, ayuda a superar los frecuentes momentos de dificultad de la vida. Y su presencia en Pentecostés nos recuerda que el cielo es la meta de todo hijo del Padre.

La Jornada de la Vida Consagrada, que celebramos anualmente cada 2 de febrero, sea este año un acto de especial agradecimiento al Padre nuestro. Pero también a cada consagrado y consagrada, que con su vida es presencia del amor de Dios.

✠ Jesús E. Catalá Ibáñez
Obispo de Málaga
Presidente de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada

✠ Card. Aquilino Bocos Merino, CMF

✠ Joaquín Mª López de Andújar y Cánovas del Castillo
Obispo emérito de Getafe

✠ Román Casanova Casanova
Obispo de Vic

 ✠ Manuel Sánchez Monge
Obispo de Santander

✠ Eusebio Ignacio Hernández Sola, OAR
Obispo de Tarazona

✠ Luis Ángel de las Heras Berzal, CMF
Obispo de Mondoñedo-Ferrol

✠ Manuel Herrero Fernández, OSA
Obispo de Palencia

Audiencia general 19.12.2018: Navidad, las sorpresas que le gustan a Dios

Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

Dentro de seis días será Navidad. Árboles, decoraciones y luces por todas partes recuerdan que también este año será una fiesta. La máquina publicitaria invita a intercambiar siempre nuevos regalos para sorprenderse. Pero, me pregunto ¿es esta la fiesta que agrada a Dios? ¿Qué Navidad le gustaría, qué regalos y  qué sorpresas?

Observemos la primera Navidad de la historia para descubrir los gustos de Dios. Esa primera Navidad de la historia estuvo llena de sorpresas. Comenzamos con María, que era la esposa prometida de José: llega el ángel y cambia su vida. De virgen será madre. Seguimos con José, llamado a ser el padre de un niño sin generarlo. Un hijo que, -golpe de efecto-, llega en el momento menos indicado, es decir, cuando María y José estaban prometidos y, de acuerdo con la Ley, no podían cohabitar. Ante el escándalo, el sentido común de la época invitaba a José a repudiar a María y salvar así su buena reputación, pero él, si bien tuviera derecho, sorprende: para no hacer daño a María piensa despedirla en secreto, a costa de perder su reputación. Luego, otra sorpresa: Dios en un sueño cambia sus planes y le pide que tome a María con él.  Una vez nacido Jesús, cuando tenía sus proyectos para la familia, otra vez en sueños le dicen que se levante y vaya a Egipto. En resumen, la Navidad trae cambios inesperados de  vida. Y si queremos vivir la Navidad, tenemos que abrir el corazón y estar dispuestos a las sorpresas, es decir, a un cambio de vida inesperado.

Pero cuando llega la sorpresa más grande es en Nochebuena: el Altísimo es un niño pequeño. La Palabra divina es un infante, que significa literalmente “incapaz de hablar”. Y la palabra divina se volvió incapaz de hablar. Para recibir al Salvador no están las autoridades de la época, o del lugar, o los embajadores: no, son simples pastores que, sorprendidos por los ángeles mientras trabajaban de noche, acuden sin demora. ¿Quién lo habría esperado? La Navidad es celebrar lo inédito de Dios, o mejor dicho,  es celebrar a un Dios inédito, que cambia nuestra lógica y nuestras expectativas.

Celebrar la Navidad, es, entonces, dar la bienvenida a las sorpresas del Cielo en la tierra. No se puedes vivir “tierra, tierra”, cuando el Cielo trae sus noticias al mundo. La Navidad inaugura una nueva era, donde la vida no se planifica, sino que se da; donde ya no se vive para uno mismo, según los propios gustos, sino para Dios y con Dios, porque desde Navidad Dios es el Dios con nosotros, que vive con nosotros, que camina con nosotros. Vivir la Navidad es dejarse sacudir por su sorprendente novedad. La Navidad de Jesús no ofrece el calor seguro de la chimenea, sino el escalofrío divino que sacude la historia. La Navidad es la revancha de la humildad sobre la arrogancia, de la simplicidad sobre la abundancia, del silencio sobre el alboroto, de la oración sobre “mi tiempo”, de Dios sobre mi “yo”.

Celebrar la Navidad es hacer como Jesús, venido para nosotros, los necesitados, y bajar hacia aquellos que nos necesitan. Es hacer como María: fiarse, dócil a Dios, incluso sin entender lo que Él hará. Celebrar la Navidad es hacer como José: levantarsepara realizar lo que Dios quiere, incluso si no está de acuerdo con nuestros planes. San José es sorprendente: nunca habla en el Evangelio: no hay una sola palabra de José en el Evangelio;  y el Señor le habla en silencio, le habla precisamente en sueños. Navidad es preferir la voz silenciosa de Dios al estruendo del consumismo. Si sabemos estar en silencio frente al Belén, la Navidad será una sorpresa para nosotros, no algo que ya hayamos visto. Estar en silencio ante el Belén: esta es la invitación para Navidad. Tómate algo de tiempo, ponte delante del Belén y permanece en silencio. Y sentirás, verás la sorpresa.

 Desgraciadamente, sin embargo, nos podemos equivocar de fiesta, y prefiere las cosas usuales de la tierra a las novedades del Cielo. Si la Navidad es solo una buena fiesta tradicional, donde nosotros y no Él estamos en el centro, será una oportunidad perdida. Por favor, ¡no mundanicemos la Navidad! No dejemos de lado al Festejado, como entonces, cuando “vino entre los suyos, y los suyos no le recibieron” (Jn 1, 11). Desde el primer Evangelio de Adviento, el Señor nos ha puesto en guardia, pidiéndonos que no nos cargásemos con “libertinajes” y “preocupaciones de la vida” (Lc 21, 34). Durante estos días se corre, tal vez como nunca durante el año. Pero así se hace lo contrario de lo que Jesús quiere. Culpamos a las muchas cosas que llenan los días, al mundo que va rápido. Y, sin embargo, Jesús no culpó al mundo, nos pidió que no nos dejásemos arrastrar, que velásemos en todo momento rezando (cfr. v. 36).

He aquí, será Navidad si, como José, daremos espacio al silencio; si, como María, diremos “aquí estoy” a Dios; si, como Jesús, estaremos cerca de los que están solos, si, como los pastores, dejaremos nuestros recintos para estar con Jesús. Será Navidad, si encontramos la luz en la pobre gruta de Belén. No será Navidad si buscamos el resplandor del mundo, si nos llenamos de regalos, comidas y cenas, pero no ayudamos al menos a un pobre, que se parece a Dios, porque en Navidad Dios vino pobre.

Queridos hermanos y hermanas, ¡os deseo una Feliz Navidad, una Navidad rica en las sorpresas de Jesús! Pueden parecer sorpresas incómodas, pero son los gustos de Dios. Si los hacemos nuestros, nos daremos a nosotros mismos una sorpresa maravillosa. Cada uno de nosotros tiene escondida en el corazón la capacidad de sorprenderse. Dejémonos sorprender por Jesús en esta Navidad.

Síntesis y saludo en español

Queridos hermanos:

Dentro de seis días celebraremos la Navidad, y podríamos preguntarnos: ¿Cómo es esa fiesta que a Dios le gustaría que celebráramos? El Evangelio nos habla de las sorpresas y cambios de vida que trajo consigo aquella primera Navidad de la historia. Cómo la llegada de Dios cambió de manera radical los planes de María y José. Y la sorpresa más grande llega en la noche de Navidad, cuando el Altísimo aparece como un niño pequeño, reconocido solo por unos sencillos pastores.

Navidad significa acoger en la tierra las sorpresas del Cielo y celebrar a un Dios que revoluciona nuestras lógicas humanas. Vivir la Navidad es entender que la vida no se programa sino que se da, que no podemos vivir para nosotros mismos sino para Dios, que descendió hasta nosotros para ayudarnos.

Procuremos no mundanizar la Navidad, ni convertirla en una bonita fiesta tradicional pero centrada en nosotros y no en Jesús. Celebraremos la Navidad si sabemos dedicar tiempo al silencio, como hizo José; si le decimos a Dios “aquí estoy”, como María; si salimos de nosotros mismos para ir al encuentro de Jesús, como los pastores; si no nos dejamos cegar por el brillo de luces artificiales, de regalos y comidas, y en cambio ayudamos a alguien que pasa necesidad, porque Dios se hizo pobre en Navidad.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española provenientes de España y América Latina. Le pedimos a la Virgen María que nos ayude a contemplar en silencio el misterio del Nacimiento de su Hijo, para que hagamos realidad en nuestras vidas su ejemplo de humildad, pobreza y amor. Les deseo una feliz Navidad. Muchas gracias.

* * *

Un pensamiento particular para los jóvenes, los ancianos, los enfermos y los recién casados. El nacimiento del Señor Jesús es inminente. La fiesta que celebraremos de nuevo este año, en la Noche Santa de su Navidad, despierte en nosotros la ternura de Dios por toda la humanidad, cuando, en Jesús, no desdeñó asumir, sin ninguna reserva, nuestra naturaleza humana. Confiémonos a María y a José, para que nos enseñen a acoger un regalo tan grande: Emmanuel, Dios con nosotros.

Homilía del Papa Francisco en Santa Marta 18.12.2018: San José, hombre de sueños con los pies en la tierra

Martes, 18 de diciembre de 2018

Homilía del Santo Padre Francisco
Feria mayor de Adviento: 18 de diciembre

Podríamos resumir el Evangelio de hoy (cf. Mt 1, 18-24) diciendo que José es el hombre que sabe acompañar en silencio y el hombre de los sueños.

En las Sagradas Escrituras conocemos a José como un “hombre justo”, observante de la ley, trabajador, humilde, enamorado de María. En un primer momento, ante lo incomprensible, prefiere quedarse aparte, pero luego Dios le revela su misión. Y así José abraza su tarea, su papel, y acompaña el crecimiento del Hijo de Dios en silencio, sin juzgar, sin criticar, sin murmurar.

Ayudar a crecer, a desarrollarse. Y buscó un lugar para que el hijo naciese; lo cuidó; lo ayudó a crecer; le enseñó el oficio; muchas cosas… En silencio. Nunca se apropió del hijo: lo dejó crecer en silencio. “Dejar crecer”: sería la palabra que nos podría ayudar mucho a nosotros que por naturaleza siempre queremos meter la nariz en todo, sobre todo en la vida ajena. “¿Y porqué hace eso? ¿Porqué lo otro…?”. Y empezamos a murmurar, a decir… Pero él deja crecer. Protege. Ayuda, pero en silencio.

Una actitud sabia que tienen tantos padres: la capacidad de esperar, sin gritar enseguida, incluso ante un error. Es fundamental saber esperar, antes de decir la palabra capaz de hacer crecer. Esperar en silencio, como hace Dios con sus hijos, con los que tiene tanta paciencia.

San José era además un hombre concreto, pero con el corazón abierto, el hombre de los sueños, no un soñador. El sueño es un lugar privilegiado para buscar la verdad, porque ahí no nos defendemos de la verdad. Vienen, y… Dios también habla en sueños. No siempre, porque habitualmente es nuestro inconsciente el que actúa, pero Dios a veces elige hablar en sueños. Lo hizo muchas veces, como se ve en la Biblia. En sueños. José era el hombre de los sueños, pero no era un soñador. No era un fantasioso. Un soñador es otra cosa: es el que cree… va… está en las nubes, y no tiene los pies en la tierra. José tenía los pies en la tierra. Pero estaba abierto.

Pidamos hoy no perder la capacidad de soñar, la capacidad de abrirse al mañana con confianza, a pesar de las dificultades que pueden surgir. No perder la capacidad de soñar el futuro: cada uno de nosotros. Cada uno: soñar en nuestra familia, en nuestros hijos, en nuestros padres. Ver cómo me gustaría que fuese su vida. Los sacerdotes también: soñar en nuestros fieles, qué queremos para ellos. Soñar como sueñan los jóvenes, que son “descarados” al soñar, y ahí hallan su camino. No perder la capacidad de soñar, porque soñar es abrir las puertas al futuro. Ser fecundos en el futuro.

Palabras del Santo Padre al rezo del Ángelus Domini, 16.12.2018

Antes del Ángelus

Queridos hermanas y hermanas, buenos días.

En este tercer domingo de Adviento la liturgia nos invita a la alegría. Escuchad bien: a la alegría. Con estas palabras, el profeta Sofonías se dirige a la pequeña porción del pueblo de Israel: “¡Lanza gritos de gozo, hija de Sion, lanza clamores, Israel, alégrate y exulta de todo corazón, hija de Jerusalén!” (3, 14). Gritar de gozo, exultar, alegrarse: esta es la invitación de este domingo. Los habitantes de la ciudad santa están llamados a regocijarse porque el Señor ha retirado su sentencia (cfr. v. 15). Dios ha perdonado, no ha querido castigar. En consecuencia, ya no hay ninguna razón para la tristeza del pueblo, ya no hay razón para el desaliento, sino que todo conduce a una gratitud gozosa a Dios, que siempre quiere redimir y salvar a quienes ama. Y el amor del Señor por su pueblo es incesante, comparable a la ternura del padre por los hijos, del esposo por la esposa, como dice Sofonías: “Él exulta de gozo por ti,  te renueva por su amor, danza por ti con gritos de júbilo” (v. 17). Este es, así se llama, el domingo de la alegría: el tercer domingo de Adviento, antes de Navidad.

Esta llamada del profeta es especialmente apropiada en el tiempo en que nos preparamos para la Navidad, porque se aplica a Jesús, Emmanuel, Dios con nosotros: su presencia es la fuente de alegría. De hecho, Sofonías proclama: “¡Yahveh, Rey de Israel, está en medio de tí”; y un poco más tarde, repite: “Yahveh, un poderoso salvador” (vv. 15. 17). Este mensaje encuentra su pleno significado en el momento de la Anunciación a María, narrado por el evangelista Lucas. Las palabras dirigidas por el ángel Gabriel a la Virgen son como un eco de las del profeta. ¿Qué dice el arcángel Gabriel? “Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo” (Lc 1, 28). “Alégrate”, le dice a la Virgen. En un pueblo remoto de Galilea, en el corazón de una joven desconocida para el mundo, Dios enciende la chispa de la felicidad para todo el mundo. Y hoy, el mismo anuncio se dirige a la Iglesia, llamada a acoger el Evangelio para que se convierta en carne, vida concreta. Dice a la Iglesia, a todos nosotros: “Regocíjate, pequeña comunidad cristiana, pobre y humilde pero hermosa a mis ojos porque deseas ardientemente mi Reino, tienes hambre y sed de justicia, tejes pacientemente tramas de paz, no sigues a los poderosos de turno, sino que te mantienes fielmente al lado de los pobres. Y así no tienes miedo de nada, sino que tu corazón está alegre”. Si vivimos así, en la presencia del Señor, nuestro corazón siempre estará alegre. La alegría de “alto nivel”, cuando existe, plena, y la alegría humilde de cada día, es decir, la paz. La paz es la alegría más pequeña, pero es alegría.

También hoy, San Pablo nos exhorta a no angustiarnos, a no a desesperarnos por nada, sino a presentar en todas las circunstancias nuestras peticiones, nuestras necesidades, nuestras preocupaciones a Dios “con la oración y la súplica” (Fil 4, 6). La certeza de que en las dificultades siempre podemos recurrir al Señor y de que Él nunca rechaza nuestras invocaciones, es un gran motivo de alegría. Ninguna preocupación, ningún temor conseguirá quitarnos nunca la serenidad que no proviene de las cosas humanas, de los consuelos humanos, no, la serenidad que proviene de Dios, de saber que Dios guía amorosamente nuestras vidas y siempre lo hace. Incluso en medio de los problemas y de los sufrimientos, esta certeza nutre la esperanza y el valor.

Pero para recibir la invitación del Señor a la alegría, necesitamos ser personas dispuestas a cuestionarnos a nosotros mismos. ¿Qué significa esto? Al igual que aquellos que, después de haber escuchado la predicación de Juan el Bautista, le preguntan: “Tú predicas así, y nosotros, “¿qué debemos hacer?” (Lc 3, 10). ¿Qué debo hacer?, la conversión a que estamos invitados en este tiempo de Adviento. Cada uno de nosotros se pregunte: ¿qué debo hacer? Algo pequeño, pero “¿qué debo hacer?”. Y la Virgen María, que es nuestra madre, nos ayude a abrir nuestro corazón al Dios que viene, para que Él inunde toda nuestra vida de alegría.

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas,

La semana pasada, se aprobó en Marrakech, Marruecos, el Pacto Mundial para una Migración Segura, Regular y Ordenada, que quiere ser un marco de referencia para toda la comunidad internacional. Por eso espero que la misma, gracias también a esta herramienta, pueda trabajar con responsabilidad, solidaridad y compasión con aquellos que, por diversas razones, han abandonado su país y confío esta intención a vuestras oraciones.

Os saludo a todos vosotros, familias, grupos parroquiales y asociaciones, venidos de Roma, de Italia y de muchas partes del mundo. En particular, saludo a los peregrinos de Sevilla, Hamburgo, Múnich y Chapelle, en Bélgica. Saludo a los fieles de Pescara, Potenza, Bucchianico, Fabriano y Blera; a los misioneros laicos combonianos; y a los scouts de Jesolo y Ca ‘Savio.

Y ahora me dirijo especialmente a vosotros, queridos niños de Roma, que habéis venido para la bendición de los “Bambinelli”  acompañados por el obispo auxiliar monseñor Ruzza. Doy las gracias al Centro de Oratorios Romanos y a los voluntarios. Queridos niños, cuando, en vuestras casas, os reunáis en oración ante el Belén, fijando la mirada en el Niño Jesús, sentiréis asombro… Me preguntareis: ¿qué significa “asombro”? Es un sentimiento más fuerte, es más que una emoción común. Es ver a Dios: el asombro por el gran misterio de Dios hecho hombre; y el Espíritu Santo os pondrá en el corazón la humildad, la ternura y la bondad de Jesús. Jesús es bueno, Jesús es tierno, Jesús es humilde. ¡Esta es la Navidad verdadera! No os olvidéis. ¡Que sea así para vosotros y vuestros familiares! Bendigo todos los “Bambinelli”.

Os deseo a todos un buen domingo y una buena tercera semana de Adviento. Con alegría, tanta alegría y tanta paz cuando la alegría no sea posible. Y, por favor, no os olvidéis de rezar por mí.

Documento final de la XV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos

INTRODUCCIÓN

El evento sinodal que hemos vivido

1.                 «Derramaré mi Espíritu sobre toda carne y vuestros hijos y vuestras hijas profetizarán, y vuestros jóvenes verán visiones y vuestros ancianos soñarán sueños» (Hch 2,17; cf. Jl 3,1). Esta es la experiencia que hemos hecho en este Sínodo, caminando juntos y disponiéndonos a la escucha de la voz del Espíritu. Él nos ha sorprendido con la riqueza de sus dones, nos ha colmado de su valentía y su fuerza para llevar la esperanza al mundo.

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