Categoría: Canonizaciones

Homilía del Papa Francisco para la canonización de 35 Bienaventurados: Sin amor, la vida cristiana se convierte en “una moral imposible”

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Homilía del Papa Francisco

La parábola que hemos escuchado nos habla del Reino de Dios como un banquete de bodas (cf. Mt 22,1-14). El protagonista es el hijo del rey, el esposo, en el que resulta fácil entrever a Jesús. En la parábola no se menciona nunca a la esposa, pero sí se habla de muchos invitados, queridos y esperados: son ellos los que llevan el vestido nupcial. Esos invitados somos nosotros, todos nosotros, porque el Señor desea “celebrar las bodas” con cada uno de nosotros. Continue reading “Homilía del Papa Francisco para la canonización de 35 Bienaventurados: Sin amor, la vida cristiana se convierte en “una moral imposible””

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Homilia del Papa Francisco en la Solemnidad de la Bienaventurada Virgen de Fátima con el Rito de Canonización de los beatos Francisco Marto y Jacinta Marto


Atrio del Santuario de Fátima

Sábado 13 de mayo de 2017

Homilía

«Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol», dice el vidente de Patmos en el Apocalipsis (12,1), señalando además que ella estaba a punto de dar a luz a un hijo. Después, en el Evangelio, hemos escuchado cómo Jesús le dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,27). Tenemos una Madre, una «Señora muy bella», comentaban entre ellos los videntes de Fátima mientras regresaban a casa, en aquel bendito 13 de mayo de hace cien años. Y, por la noche, Jacinta no pudo contenerse y reveló el secreto a su madre: «Hoy he visto a la Virgen». Habían visto a la Madre del cielo. En la estela de luz que seguían con sus ojos, se posaron los ojos de muchos, pero…estos no la vieron. La Virgen Madre no vino aquí para que nosotros la viéramos: para esto tendremos toda la eternidad, a condición de que vayamos al cielo, por supuesto. Continue reading “Homilia del Papa Francisco en la Solemnidad de la Bienaventurada Virgen de Fátima con el Rito de Canonización de los beatos Francisco Marto y Jacinta Marto”

HOMILÍA DEL PAPA FRANCISCO EN LA CANONIZACIÓN DE LA BEATA MADRE TERESA DE CALCUTA

SANTA MISA Y CANONIZACIÓN DE LA BEATA
MADRE TERESA DE CALCUTA

JUBILEO DE LOS OPERADORES Y DE LOS VOLUNTARIOS DE LA MISERICORDIA

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

Plaza de San Pedro
Domingo 4 de septiembre de 2016

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«¿Quién comprende lo que Dios quiere?» (Sb 9,13). Este interrogante del libro de la Sabiduría, que hemos escuchado en la primera lectura, nos presenta nuestra vida como un misterio, cuya clave de interpretación no poseemos. Los protagonistas de la historia son siempre dos: por un lado, Dios, y por otro, los hombres. Nuestra tarea es la de escuchar la llamada de Dios y luego aceptar su voluntad. Pero para cumplirla sin vacilación debemos ponernos esta pregunta. ¿Cuál es la voluntad de Dios?

La respuesta la encontramos en el mismo texto sapiencial: «Los hombres aprendieron lo que te agrada» (v. 18). Para reconocer la llamada de Dios, debemos preguntarnos y comprender qué es lo que le gusta. En muchas ocasiones, los profetas anunciaron lo que le agrada al Señor. Su mensaje encuentra una síntesis admirable en la expresión: «Misericordia quiero y no sacrificios» (Os6,6; Mt 9,13). A Dios le agrada toda obra de misericordia, porque en el hermano que ayudamos reconocemos el rostro de Dios que nadie puede ver (cf. Jn 1,18). Cada vez que nos hemos inclinado ante las necesidades de los hermanos, hemos dado de comer y de beber a Jesús; hemos vestido, ayudado y visitado al Hijo de Dios (cf. Mt 25,40). En definitiva, hemos tocado la carne de Cristo

Estamos llamados a concretar en la realidad lo que invocamos en la oración y profesamos en la fe. No hay alternativa a la caridad: quienes se ponen al servicio de los hermanos, aunque no lo sepan, son quienes aman a Dios (cf. 1 Jn 3,16-18; St 2,14-18). Sin embargo, la vida cristiana no es una simple ayuda que se presta en un momento de necesidad. Si fuera así, sería sin duda un hermoso sentimiento de humana solidaridad que produce un beneficio inmediato, pero sería estéril porque no tiene raíz. Por el contrario, el compromiso que el Señor pide es el de una vocación a la caridad con la que cada discípulo de Cristo lo sirve con su propia vida, para crecer cada día en el amor.

Hemos escuchado en el Evangelio que «mucha gente acompañaba a Jesús» (Lc 14,25). Hoy aquella «gente» está representada por el amplio mundo del voluntariado, presente aquí con ocasión del Jubileo de la Misericordia. Vosotros sois esa gente que sigue al Maestro y que hace visible su amor concreto hacia cada persona. Os repito las palabras del apóstol Pablo: «He experimentado gran gozo y consuelo por tu amor, ya que, gracias a ti, los corazones de los creyentes han encontrado alivio» (Flm 1,7). Cuántos corazones confortan los voluntarios. Cuántas manos sostienen; cuántas lágrimas secan; cuánto amor derramo en el servicio escondido, humilde y desinteresado. Este loable servicio da voz a la fe -da voz a la fe- y expresa la misericordia del Padre que está cerca de quien pasa necesidad.

El seguimiento de Jesús es un compromiso serio y al mismo tiempo gozoso; requiere radicalidad y esfuerzo para reconocer al divino Maestro en los más pobres y descartado de la vida y ponerse a su servicio. Por esto, los voluntarios que sirven a los últimos y a los necesitados por amor a Jesús no esperan ningún agradecimiento ni gratificación, sino que renuncian a todo esto porque han descubierto el verdadero amor  y cada uno de puede decir: «Igual que el Señor ha venido a mi encuentro y se ha inclinado sobre mí en el momento de necesidad, así también yo salgo al encuentro de él y me inclino sobre quienes han perdido la fe o viven como si Dios no existiera, sobre los jóvenes sin valores e ideales, sobre las familias en crisis, sobre los enfermos y los encarcelados, sobre los refugiados e inmigrantes, sobre los débiles e indefensos en el cuerpo y en el espíritu, sobre los menores abandonados a sí mismos, como también sobre los ancianos dejados solos. Dondequiera que haya una mano extendida que pide ayuda para ponerse en pie, allí debe estar nuestra presencia y la presencia de la Iglesia que sostiene y da esperanza». Y, esto, hacerlo con la viva memoria de la mano extendida del Señor sobre mí cuando estaba por tierra.

Madre Teresa, a lo largo de toda su existencia, ha sido una generosa dispensadora de la misericordia divina, poniéndose a disposición de todos por medio de la acogida y la defensa de la vida humana, tanto la no nacida como la abandonada y descartada. Se ha comprometido en la defensa de la vida proclamando incesantemente que «el no nacido es el más débil, el más pequeño, el más pobre». Se ha inclinado sobre las personas desfallecidas, que mueren abandonadas al borde de las calles, reconociendo la dignidad que Dios les había dado; ha hecho sentir su voz a los poderosos de la tierra, para que reconocieran sus culpas ante los crímenes -ante los crímenes- de la pobreza creada por ellos mismos. La misericordia ha sido para ella la «sal» que daba sabor a cada obra suya, y la «luz» que iluminaba las tinieblas de los que no tenían ni siquiera lágrimas para llorar su pobreza y sufrimiento.

Su misión en las periferias de las ciudades y en las periferias existenciales permanece en nuestros días como testimonio elocuente de la cercanía de Dios hacia los más pobres entre los pobres. Hoy entrego esta emblemática figura de mujer y de consagrada a todo el mundo del voluntariado: que ella sea vuestro modelo de santidad. Pienso, quizás, que tendremos un poco de dificultad en llamarla Santa Teresa. Su santidad es tan cercana a nosotros, tan tierna y fecunda que espontáneamente continuaremos a decirle «Madre Teresa».

Esta incansable trabajadora de la misericordia nos ayude a comprender cada vez más que nuestro único criterio de acción es el amor gratuito, libre de toda ideología y de todo vínculo y derramado sobre todos sin distinción de lengua, cultura, raza o religión. Madre Teresa amaba decir: «Tal vez no hablo su idioma, pero puedo sonreír». Llevemos en el corazón su sonrisa y entreguémosla a todos los que encontremos en nuestro camino, especialmente a los que sufren. Abriremos así horizontes de alegría y esperanza a toda esa humanidad desanimada y necesitada de comprensión y ternura.

 


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Presentado el logo con motivo de la Canonización de la Madre Teresa de Calcuta

logo-canonizacion-teresa-calcuta.jpgEs Karen Vaswani nee D’Lima, católica de la periferia de Mumbai, quien realizó el logo oficial de la canonización de la Madre Teresa, que tendrá lugar el próximo 4 de septiembre. Con una carrera de veinte años como diseñadora, la mujer está casada y tiene una hija adolescente que se llama Kimaya, que sánscrito significa «divina». 

Si bien nunca tuvo un encuentro personal con la Madre Teresa, explicó sin ocultar su entusiasmo, «la archidiócesis de Calcuta me pidió diseñar el logo para las celebraciones en India. A la hermana Mary Prema, superiora general de las Misioneras de la Caridad, y al padre Brian Kolodiejchuk, postulador, les gustó y es así como decidieron adoptarlo también a nivel internacional».

En el logo ha trabajado tres días. El mensaje que había que comunicar, destacó, era el de ser «portadores del amor tierno y misericordioso de Dios». Es así como la mujer eligió «trabajar a partir de una pose clásica de la Madre Teresa», representada precisamente mientras «tiene con ternura a un niño entre los brazos».

Un trabajo, precisó, realizado con «un estilo muy sencillo de gráfica y sólo dos colores», de modo que se facilite la utilización en todos los niveles. La congregación de las Misioneras de la Caridad hizo público también el programa de las iniciativas promovidas en Roma con ocasión de la canonización.

Entre el 1 y el 8 de septiembre se sucederán celebraciones, encuentros y momentos de oración. Ser podrá venerar las reliquias de la Madre Teresa en la basílica de San Juan de Letrán y también visitar su habitación en el convento de San Gregorio en el Celio. En especial, el lunes 5 de septiembre, a las 10, el cardenal secretario de Estado Pietro Parolin celebrará la misa de acción de gracias en la plaza de San Pedro.

(L’Osservatore Romano)