Categoría: Jornada Mundial de la Paz

Mensaje del Papa Francisco para la LII Jornada Mundial de la Paz 2019

MENSAJE
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA 
LII JORNADA MUNDIAL DE LA PAZ
[1 de enero de 2019]

La buena política está al servicio de la paz

1. “Paz a esta casa”

Jesús, al enviar a sus discípulos en misión, les dijo: «Cuando entréis en una casa, decid primero: “Paz a esta casa”. Y si allí hay gente de paz, descansará sobre ellos vuestra paz; si no, volverá a vosotros» (Lc 10, 5-6).

Dar la paz está en el centro de la misión de los discípulos de Cristo. Y este ofrecimiento está dirigido a todos los hombres y mujeres que esperan la paz en medio de las tragedias y la violencia de la historia humana[1]. La “casa” mencionada por Jesús es cada familia, cada comunidad, cada país, cada continente, con sus características propias y con su historia; es sobre todo cada persona, sin distinción ni discriminación. También es nuestra “casa común”: el planeta en el que Dios nos ha colocado para vivir y al que estamos llamados a cuidar con interés.

Por tanto, este es también mi deseo al comienzo del nuevo año: “Paz a esta casa”.

2. El desafío de una buena política

La paz es como la esperanza de la que habla el poeta Charles Péguy[2]; es como una flor frágil que trata de florecer entre las piedras de la violencia. Sabemos bien que la búsqueda de poder a cualquier precio lleva al abuso y a la injusticia. La política es un vehículo fundamental para edificar la ciudadanía y la actividad del hombre, pero cuando aquellos que se dedican a ella no la viven como un servicio a la comunidad humana, puede convertirse en un instrumento de opresión, marginación e incluso de destrucción.

Dice Jesús: «Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos» (Mc 9, 35). Como subrayaba el Papa san Pablo VI: «Tomar en serio la política en sus diversos niveles ―local, regional, nacional y mundial― es afirmar el deber de cada persona, de toda persona, de conocer cuál es el contenido y el valor de la opción que se le presenta y según la cual se busca realizar colectivamente el bien de la ciudad, de la nación, de la humanidad»[3].

En efecto, la función y la responsabilidad política constituyen un desafío permanente para todos los que reciben el mandato de servir a su país, de proteger a cuantos viven en él y de trabajar a fin de crear las condiciones para un futuro digno y justo. La política, si se lleva a cabo en el respeto fundamental de la vida, la libertad y la dignidad de las personas, puede convertirse verdaderamente en una forma eminente de la caridad.

3. Caridad y virtudes humanas para una política al servicio de los derechos humanos y de la paz

El Papa Benedicto XVI recordaba que «todo cristiano está llamado a esta caridad, según su vocación y sus posibilidades de incidir en la pólis. […] El compromiso por el bien común, cuando está inspirado por la caridad, tiene una valencia superior al compromiso meramente secular y político. […] La acción del hombre sobre la tierra, cuando está inspirada y sustentada por la caridad, contribuye a la edificación de esa ciudad de Dios universal hacia la cual avanza la historia de la familia humana»[4]. Es un programa con el que pueden estar de acuerdo todos los políticos, de cualquier procedencia cultural o religiosa que deseen trabajar juntos por el bien de la familia humana, practicando aquellas virtudes humanas que son la base de una buena acción política: la justicia, la equidad, el respeto mutuo, la sinceridad, la honestidad, la fidelidad.

A este respecto, merece la pena recordar las “bienaventuranzas del político”, propuestas por el cardenal vietnamita François-Xavier Nguyễn Vãn Thuận, fallecido en el año 2002, y que fue un fiel testigo del Evangelio:

Bienaventurado el político que tiene una alta consideración y una profunda conciencia de su papel.
Bienaventurado el político cuya persona refleja credibilidad.
Bienaventurado el político que trabaja por el bien común y no por su propio interés.
Bienaventurado el político que permanece fielmente coherente.
Bienaventurado el político que realiza la unidad.
Bienaventurado el político que está comprometido en llevar a cabo un cambio radical.
Bienaventurado el político que sabe escuchar.
Bienaventurado el político que no tiene miedo[5].

Cada renovación de las funciones electivas, cada cita electoral, cada etapa de la vida pública es una oportunidad para volver a la fuente y a los puntos de referencia que inspiran la justicia y el derecho. Estamos convencidos de que la buena política está al servicio de la paz; respeta y promueve los derechos humanos fundamentales, que son igualmente deberes recíprocos, de modo que se cree entre las generaciones presentes y futuras un vínculo de confianza y gratitud.

4. Los vicios de la política

En la política, desgraciadamente, junto a las virtudes no faltan los vicios, debidos tanto a la ineptitud personal como a distorsiones en el ambiente y en las instituciones. Es evidente para todos que los vicios de la vida política restan credibilidad a los sistemas en los que ella se ejercita, así como a la autoridad, a las decisiones y a las acciones de las personas que se dedican a ella. Estos vicios, que socavan el ideal de una democracia auténtica, son la vergüenza de la vida pública y ponen en peligro la paz social: la corrupción —en sus múltiples formas de apropiación indebida de bienes públicos o de aprovechamiento de las personas—, la negación del derecho, el incumplimiento de las normas comunitarias, el enriquecimiento ilegal, la justificación del poder mediante la fuerza o con el pretexto arbitrario de la “razón de Estado”, la tendencia a perpetuarse en el poder, la xenofobia y el racismo, el rechazo al cuidado de la Tierra, la explotación ilimitada de los recursos naturales por un beneficio inmediato, el desprecio de los que se han visto obligados a ir al exilio.

5. La buena política promueve la participación de los jóvenes y la confianza en el otro

Cuando el ejercicio del poder político apunta únicamente a proteger los intereses de ciertos individuos privilegiados, el futuro está en peligro y los jóvenes pueden sentirse tentados por la desconfianza, porque se ven condenados a quedar al margen de la sociedad, sin la posibilidad de participar en un proyecto para el futuro. En cambio, cuando la política se traduce, concretamente, en un estímulo de los jóvenes talentos y de las vocaciones que quieren realizarse, la paz se propaga en las conciencias y sobre los rostros. Se llega a una confianza dinámica, que significa “yo confío en ti y creo contigo” en la posibilidad de trabajar juntos por el bien común. La política favorece la paz si se realiza, por lo tanto, reconociendo los carismas y las capacidades de cada persona. «¿Hay acaso algo más bello que una mano tendida? Esta ha sido querida por Dios para dar y recibir. Dios no la ha querido para que mate (cf. Gn 4, 1ss) o haga sufrir, sino para que cuide y ayude a vivir. Junto con el corazón y la mente, también la mano puede hacerse un instrumento de diálogo»[6].

Cada uno puede aportar su propia piedra para la construcción de la casa común. La auténtica vida política, fundada en el derecho y en un diálogo leal entre los protagonistas, se renueva con la convicción de que cada mujer, cada hombre y cada generación encierran en sí mismos una promesa que puede liberar nuevas energías relacionales, intelectuales, culturales y espirituales. Una confianza de ese tipo nunca es fácil de realizar porque las relaciones humanas son complejas. En particular, vivimos en estos tiempos en un clima de desconfianza que echa sus raíces en el miedo al otro o al extraño, en la ansiedad de perder beneficios personales y, lamentablemente, se manifiesta también a nivel político, a través de actitudes de clausura o nacionalismos que ponen en cuestión la fraternidad que tanto necesita nuestro mundo globalizado. Hoy más que nunca, nuestras sociedades necesitan “artesanos de la paz” que puedan ser auténticos mensajeros y testigos de Dios Padre que quiere el bien y la felicidad de la familia humana.

6. No a la guerra ni a la estrategia del miedo

Cien años después del fin de la Primera Guerra Mundial, y con el recuerdo de los jóvenes caídos durante aquellos combates y las poblaciones civiles devastadas, conocemos mejor que nunca la terrible enseñanza de las guerras fratricidas, es decir que la paz jamás puede reducirse al simple equilibrio de la fuerza y el miedo. Mantener al otro bajo amenaza significa reducirlo al estado de objeto y negarle la dignidad. Es la razón por la que reafirmamos que el incremento de la intimidación, así como la proliferación incontrolada de las armas son contrarios a la moral y a la búsqueda de una verdadera concordia. El terror ejercido sobre las personas más vulnerables contribuye al exilio de poblaciones enteras en busca de una tierra de paz. No son aceptables los discursos políticos que tienden a culpabilizar a los migrantes de todos los males y a privar a los pobres de la esperanza. En cambio, cabe subrayar que la paz se basa en el respeto de cada persona, independientemente de su historia, en el respeto del derecho y del bien común, de la creación que nos ha sido confiada y de la riqueza moral transmitida por las generaciones pasadas.

Asimismo, nuestro pensamiento se dirige de modo particular a los niños que viven en las zonas de conflicto, y a todos los que se esfuerzan para que sus vidas y sus derechos sean protegidos. En el mundo, uno de cada seis niños sufre a causa de la violencia de la guerra y de sus consecuencias, e incluso es reclutado para convertirse en soldado o rehén de grupos armados. El testimonio de cuantos se comprometen en la defensa de la dignidad y el respeto de los niños es sumamente precioso para el futuro de la humanidad.

7. Un gran proyecto de paz

Celebramos en estos días los setenta años de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que fue adoptada después del segundo conflicto mundial. Recordamos a este respecto la observación del Papa san Juan XXIII: «Cuando en un hombre surge la conciencia de los propios derechos, es necesario que aflore también la de las propias obligaciones; de forma que aquel que posee determinados derechos tiene asimismo, como expresión de su dignidad, la obligación de exigirlos, mientras los demás tienen el deber de reconocerlos y respetarlos»[7].

La paz, en efecto, es fruto de un gran proyecto político que se funda en la responsabilidad recíproca y la interdependencia de los seres humanos, pero es también un desafío que exige ser acogido día tras día. La paz es una conversión del corazón y del alma, y es fácil reconocer tres dimensiones inseparables de esta paz interior y comunitaria:

 la paz con nosotros mismos, rechazando la intransigencia, la ira, la impaciencia y ―como aconsejaba san Francisco de Sales― teniendo “un poco de dulzura consigo mismo”, para ofrecer “un poco de dulzura a los demás”;

 la paz con el otro: el familiar, el amigo, el extranjero, el pobre, el que sufre…; atreviéndose al encuentro y escuchando el mensaje que lleva consigo;

 la paz con la creación, redescubriendo la grandeza del don de Dios y la parte de responsabilidad que corresponde a cada uno de nosotros, como habitantes del mundo, ciudadanos y artífices del futuro.

La política de la paz ―que conoce bien y se hace cargo de las fragilidades humanas― puede recurrir siempre al espíritu del Magníficat que María, Madre de Cristo salvador y Reina de la paz, canta en nombre de todos los hombres: «Su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes; […] acordándose de la misericordia como lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre» (Lc 1, 50-55).

Vaticano, 8 de diciembre de 2018

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[1] Cf. Lc 2,14: «Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad».

[2] Cf. Le Porche du mystère de la deuxième vertu, París 1986.

[3] Carta ap. Octogesima adveniens (14 mayo 1971), 46.

[4] Carta enc. Caritas in veritate (29 junio 2009), 7.

[5] Cf. Discurso en la exposición-congreso “Civitas” de Padua: “30giorni” (2002), 5.

[6] BENEDICTO XVI, Discurso a las Autoridades de Benín (Cotonou, 19 noviembre 2011).

[7] Carta enc. Pacem in terris (11 abril 1963), 44.

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51ª Jornada Mundial de la Paz: Migrantes y refugiados, en busca de la paz

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Mensaje del Papa Francisco

 1. Un deseo de paz

Paz a todas las personas y a todas las naciones de la tierra. La paz, que los ángeles anunciaron a los pastores en la noche de Navidad, es una aspiración profunda de todas las personas y de todos los pueblos, especialmente de aquellos que más sufren por su ausencia, y a los que tengo presentes en mi recuerdo y en mi oración. De entre ellos quisiera recordar a los más de 250 millones de migrantes en el mundo, de los que 22 millones y medio son refugiados. Estos últimos, como afirmó mi querido predecesor Benedicto XVI, «son hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos que buscan un lugar donde vivir en paz». Para encontrarlo, muchos de ellos están dispuestos a arriesgar sus vidas a través de un viaje que, en la mayoría de los casos, es largo y peligroso; están dispuestos a soportar el cansancio y el sufrimiento, a afrontar las alambradas y los muros que se alzan para alejarlos de su destino. Sigue leyendo “51ª Jornada Mundial de la Paz: Migrantes y refugiados, en busca de la paz”

Mensaje del Papa Francisco  para la Jornada de la Paz: Migrantes y refugiados, en busca de la paz

Mensaje del Papa Francisco

 1. Un deseo de paz

Paz a todas las personas y a todas las naciones de la tierra. La paz, que los ángeles anunciaron a los pastores en la noche de Navidad, es una aspiración profunda de todas las personas y de todos los pueblos, especialmente de aquellos que más sufren por su ausencia, y a los que tengo presentes en mi recuerdo y en mi oración. De entre ellos quisiera recordar a los más de 250 millones de migrantes en el mundo, de los que 22 millones y medio son refugiados. Estos últimos, como afirmó mi querido predecesor Benedicto XVI, «son hombres y mujeres, niños, jóvenes y ancianos que buscan un lugar donde vivir en paz». Para encontrarlo, muchos de ellos están dispuestos a arriesgar sus vidas a través de un viaje que, en la mayoría de los casos, es largo y peligroso; están dispuestos a soportar el cansancio y el sufrimiento, a afrontar las alambradas y los muros que se alzan para alejarlos de su destino. Sigue leyendo “Mensaje del Papa Francisco  para la Jornada de la Paz: Migrantes y refugiados, en busca de la paz”

Mensaje del Santo Padre Francisco para la 50 Jornada Mundial de la Paz (1 de enero de 2017)

francisco.jpeg12 de diciembre de 2016.- Ofrecemos a continuación el texto del Mensaje del Santo Padre Francisco para la 50 Jornada Mundial de la Paz, que se celebrará el 1 de enero de 2017 con el tema: La no violencia: un estilo de política para la paz.

TEXTO COMPLETO: Mensaje del Santo Padre Francisco para la L Jornada Mundial de la Paz 2017

Visita del Santo Padre Francisco a Asís para la Jornada mundial de oración por la Paz “Sed de paz, religiones y culturas en diálogo” (20 septiembre 2016) – Ceremonia de clausura

untitled1820 de septiembre de 2016.-

DISCURSO DEL PAPA FRANCISCO EN LA CEREMONIA DE CLAUSURA DE LA JORNADA

A las 17.15 horas, todos los representantes de las distintas religiones se han reunido en la Plaza de San Francisco en Asís para la ceremonia de clausura. El Santo Padre ha llegado al palco junto al rabino Abraham Skorka, rector del Seminario Rabínico Marshall T. Meyer (Argentina); al profesor Abbas Shuman, vicepresidente de la Universidad Al-Azhar (Egipto) y al muy venerable Gijun Sugitani, consejero supremo de la Escuela Budista Tendai (Japón).

La ceremonia a comentado con los saludos de S.E. Mons. Domenico Sorrentino, arzobispo-obispo de Asís-Nocera Umbra-Gualdo Tadino, y del P. Mauro Gambetti, Custodio del Sacro Convento de Asís. Tras la introdocción del profesor Andrea Riccardi, fundador de la comunidad de Sant’Egidio, ha narrado su testimonio una víctima de la guerra en Siria, la señora Tamar Mikalli, fugada de Alepo; han intervenido después el Patriarca Bartolomé I; el profesor David Brodman, Rabino de Israel; el muy venerable Koei Morikawa, Patriarca del Budismo Tendai (Japón) y el profesor Din Syamsuddin, presidente del Consejo de los Ulema (Indonesia).

Posteriormente, el Papa Francisco ha pronunciado el discurso que ofrecemos a continuación:

Discurso del Santo Padre:
[texto original: italiano – traducción oficial]

TEXTO COMPLETO: Discurso del Santo Padre Francsico en la ceremonia de clausura de la Jornada mundial de oración por la Paz

LECTURA Y FIRMA DE UN LLAMAMIENTO POR LA PAZ

Terminado el discurso del Santo Padre, todos los presentes en la Plaza de San Francisco en Asís han guardado un momento de silencio en memoria de las víctimas de las guerras y del terrorismo. Después se ha leído el Llamamiento por la Paz 2016 que los jefes religiosos han entregado a niños, los cuales lo llevaran a los representantes de las naciones. Encendidas unas velas, los representantes de las religiones han firmado el Llamamiento y se han intercambiado el signo de la paz.

Terminada la ceremonia, el Papa se ha subido al helicóptero en el campo deportivo  “Migaghelli” de Santa María de los Ángeles para regresar al Vaticano.

Llamamiento por la paz:

Hombres y mujeres de distintas religiones hemos venido, como peregrinos, a la ciudad de san Francisco. En 1986, hace 30 años, e invitados por el Papa Juan Pablo II, Representantes religiosos de todo el mundo se reunieron aquí —por primera vez de una manera tan solemne y tan numerosos—, para afirmar el vínculo indisoluble entre el gran bien de la paz y una actitud auténticamente religiosa. Aquel evento histórico dio lugar a un largo peregrinaje que, pasando por muchas ciudades del mundo, ha involucrado a muchos creyentes en el diálogo y en la oración por la paz; ha unido sin confundir, dando vida a sólidas amistades interreligiosas y contribuyendo a la solución de no pocos conflictos. Este es el espíritu que nos anima: realizar el encuentro a través del diálogo, oponerse a cualquier forma de violencia y de abuso de la religión para justificar la guerra y el terrorismo. Y aun así, en estos años trascurridos, hay muchos pueblos que han sido gravemente heridos por la guerra. No siempre se ha comprendido que la guerra empeora el mundo, dejando una herencia de dolor y de odio. Con la guerra, todos pierden, incluso los vencedores.

Hemos dirigido nuestra oración a Dios, para que conceda la paz al mundo. Reconocemos la necesidad de orar constantemente por la paz, porque la oración protege el mundo y lo ilumina. La paz es el nombre de Dios. Quien invoca el nombre de Dios para justificar el terrorismo, la violencia y la guerra, no sigue el camino de Dios: la guerra en nombre de la religión es una guerra contra la religión misma. Con total convicción, reafirmamos por tanto que la violencia y el terrorismo se oponen al verdadero espíritu religioso.

Hemos querido escuchar la voz de los pobres, de los niños, de las jóvenes generaciones, de las mujeres y de muchos hermanos y hermanas que sufren a causa de la guerra; con ellos, decimos con fuerza: No a la guerra. Que no quede sin respuesta el grito de dolor de tantos inocentes. Imploramos a los Responsables de las naciones para que se acabe con los motivos que inducen a la guerra: el ansia de poder y de dinero, la codicia de quienes comercian con las armas, los intereses partidistas, las venganzas por el pasado. Que crezca el compromiso concreto para remover las causas que subyacen en los conflictos: las situaciones de pobreza, injusticia y desigualdad, la explotación y el desprecio de la vida humana.

Que se abra en definitiva una nueva época, en la que el mundo globalizado llegue a ser una familia de pueblos. Que se actúe con responsabilidad para construir una paz verdadera, que se preocupe de las necesidades auténticas de las personas y los pueblos, que impida los conflictos con la colaboración, que venza los odios y supere las barreras con el encuentro y el diálogo. Nada se pierde, si se practica eficazmente el diálogo. Nada es imposible si nos dirigimos a Dios con nuestra oración. Todos podemos ser artesanos de la paz; desde Asís, con la ayuda de Dios, renovamos con convicción nuestro compromiso de serlo, junto a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.

Oración ecuménica por la paz – Meditación de Su Gracia Justin Welby, arzobispo Canterbury

untitled16Su Gracia Justin Welby
Arzobispo Canterbury
Primado de la Iglesia de Inglaterra

Assisi, Basilica Inferiore di S. Francesco, 20 Settembre 2016

(Texto en italiano, inglés y francés)

Italiano

Noi viviamo in un mondo che fatica a distinguere ciò che costa da ciò che vale. Questa tendenza è tanto forte che di fronte a Cristo tentiamo di attribuire un prezzo alla grazia. E lui ci risponde con infinito amore e misericordia, e con un comandamento che può sembrare inizialmente irrazionale: dice a noi, che crediamo di essere ricchi, di ricevere liberamente da lui.

Alla base di questa offerta è il fatto che, nell’economia di Dio, noi siamo i più poveri tra i poveri, più poveri che mai perché ci crediamo ricchi. Il nostro denaro, la nostra ricchezza sono come i soldi giocattolo per bambini: nelle nostre economie umane apparentemente così potenti potranno anche acquistare dei beni, ma nell’economia di Dio non valgono niente. Siamo davvero ricchi solo quando accettiamo la misericordia di Dio, attraverso Cristo nostro Salvatore.

La nostra economia immaginaria, che noi trattiamo come fosse reale, non solo ci inganna e ci fa spendere il nostro denaro senza valore per cose che non soddisfano, ma anche consuma le nostre energie facendoci correre dietro ad illusioni.

Guardiamoci intorno in Europa oggi e ascoltiamo la verità della parola che Dio rivolge a noi. La più grande ricchezza della storia europea è culminata nelle tragedie del debito e della schiavitù. Le nostre economie possono permettersi di spendere tanto, ma non sono altro che fondamenta di sabbia. Malgrado tutto, siamo comunque preda dell’insoddisfazione e della disperazione: nello sfascio delle famiglie; nella fame e nelle disuguaglianze; nel rivolgerci agli estremismi. Minata dalla paura, dal risentimento e dalla rabbia, la nostra ricerca si fa ancora più disperata, nella paura dello straniero, senza sapere dove trovare coraggio.

Eppure nella sua misericordia Dio ci chiama tutti, ciascuno di noi e tutti insieme. Ci offre una ricchezza vera, che dona soddisfazione. Ci chiama ad ascoltare, a mangiare, ad andargli incontro, a fidarci.

Dobbiamo ascoltare. Come ascoltare Dio? Spesso attraverso la voce dei più abbandonati e dei più poveri. Jean Vanier de L’Arche ci racconta che persone con gravi disabilità parlano con la potenza della speranza, della decisione e dell’amore a coloro che credono di essere forti.

Dio ci chiama anche a mangiare. E mangiamo anzitutto nell’Eucaristia, condividendo il corpo e il sangue di Cristo, facendo così festa. Mangiare con Dio significa avere più di quanto ci occorre per diventare uomini e donne generosi, di un’abbondanza sovrabbondante.

Ci chiama a venire. Uno dei nostri più grandi poeti, George Herbert, inizia una poesia sulla misericordia di Cristo con queste parole: “l’amore mi diede il benvenuto; ma la mia anima mi tirò indietro…”. Noi ci tiriamo indietro perché non crediamo che la misericordia, questo amore donato con tanta libertà, sia per noi. I nostri peccati gridano, ma Cristo grida più forte “venite…”.

E siamo chiamati alla fiducia. A fidarci che la misericordia di Dio in Cristo sia sufficiente. A confidare che quando ascoltiamo, mangiamo e veniamo, saremo nutriti come lui ci promette. È una chiamata che necessita di un rinnovamento continuo. Abbiamo bisogno che qualcuno ci ricordi ogni giorno della nostra povertà di spirito, di avere sete della ricchezza della misericordia di Dio. Tutti dobbiamo bere ogni giorno della misericordia, per vincere il nostro peccato e la nostra rabbia, per poter esprimere misericordia verso gli altri.
Isaia conclude questo passo con un grande affresco, di tutte le nazioni che vengono all’unica nazione, al popolo, alla chiesa, alle nazioni che hanno ascoltato, mangiato e che si sono fidate. Sono attratte perché l’illusione della ricchezza è sostituita dalla verità della pace e dell’amore. Perché quando riceviamo misericordia e pace diventiamo portatori di misericordia e di pace.

Così saremo alla fine, come quelli che portano la misericordia di Dio, attraverso Cristo, a tutti gli uomini, con azioni rivelatrici di misericordia. Il lavoro di Sant’Egidio in Mozambico e in tutto il mondo è un segno di ciò che è possibile quando la misericordia di Cristo scorre in noi. Noi dobbiamo essere coloro che permettono agli altri di essere misericordiosi con coloro con cui sono in conflitto. Siamo chiamati ad essere la voce di Cristo per i senza speranza, che lui chiama, “venite alle acque”, in un mondo di siccità e di disperazione, donando con magnifica generosità ciò che abbiamo ricevuto nella sua misericordia colma di grazia.

Inglés

We are those who live in a world which struggles to distinguish between what something costs and what it is worth. So powerful is this trend that we face Christ and seek to put a price on grace. He responds with infinite love and mercy and with a command that seems irrational when we first hear it. He says to us, who think ourselves rich, that we are to receive freely from him.

The reason for his offer is that, in God’s economy, we are the poorest of the poor, poorer than ever because we think ourselves rich. Our money and wealth is like the toy money in a children’s game: it may buy goods in our human economies which seem so powerful, but in the economy of God it is worthless. We are only truly rich when we accept mercy from God, through Christ our Saviour.

Our imaginary economy, which we treat as real,  not only deceives us into spending our worthless money on things that do not satisfy, but it drains our energies in the pursuit of illusions.

Look around us at Europe today and hear the truth of the words God speaks to us. The greatest wealth in European history has ended in the tragedies of debt and slavery. Our economies that can spend so much are merely sandy foundations. Despite it all, we find dissatisfaction and despair: in the breakdown of families; in hunger and inequality; in turning to extremists. Riddled with fear, resentment and anger, we seek ever more desperately, fearing the stranger, not knowing where to find courage.

Yet God calls to us in mercy, to each of us and all of us together. He offers wealth that is real and will bring satisfaction. He calls for us to listen, to eat, to come, to trust.

We are to listen. How do we hear God? So often in the mouths of the most helpless and the poorest. Jean Vanier of L’Arche tells us that those with great disabilities speak powerfully of hope, of purpose and of love to those who think they are strong.

He calls us to eat. We eat above all in the Eucharist, in sharing the body and blood of Christ, so that we feast. To eat with God is to have more than enough so that we become people of generosity, of abundance that overflows.

He calls us to come. One of our great poets, George Herbert starts a poem about the mercy of Christ, “love bade me welcome; yet my soul drew back …” We draw back because we do not believe that mercy, that love so freely given, is for us. Our sins cry out, but Christ cries louder “come …”

And we are called to trust. To trust that God’s mercy in Christ is enough. To trust that when we listen, eat and come we will be nourished as he promises. It is a calling constantly in need of renewal. We need to be reminded daily of our poverty in spirit, to thirst for the riches of God’s mercy. We are all to drink daily of that mercy in order to overcome our sin and anger, and to bear mercy to others.

Isaiah ends this passage with a great picture of all nations coming to the one, to the people, the church, the nations that have listened, eaten, come and trusted. They are drawn because the illusion of wealth is replaced by the reality of peace and love. Because when we receive mercy and peace we become the bearers of mercy peace.

That is where we end, as those who carry mercy from God through Christ to all humanity in actions that reveal mercy. Sant’Egidio’s work in Mozambique and around the world is a sign of what is possible when Christ’s mercy flows through us. We are to be those who enable others to be merciful to those with whom they are in conflict. We are called to be Christ’s voice to the hopeless, calling, “come, to the waters” in a world of drought and despair, giving away with lavish generosity what we have received in grace-filled mercy.

Francés

Nous vivons dans un monde qui a du mal à faire la distinction entre le prix de quelque chose et sa valeur. Cette tendance est tellement forte que face au Christ, nous essayons de déterminer le prix de la grâce. Et Lui nous répond avec un amour infini, avec miséricorde et avec un commandement qui peut sembler irrationnel à première vue: nous qui croyons être riches, recevons gratuitement de Lui.

À la base de cette proposition se trouve le fait que, dans l’économie de Dieu, nous sommes les plus pauvres parmi les pauvres, plus pauvres que jamais parce que nous croyons être riches. Notre argent et notre richesse sont comme l’argent factice avec lequel jouent les enfants: dans nos économies humaines qui ont l’air si puissantes, l’on peut acquérir des biens, mais ceux-ci ne valent rien dans l’économie de Dieu. Nous sommes vraiment riches, seulement si nous acceptons la miséricorde de Dieu, à travers le Christ notre Sauveur.

Notre économie imaginaire, que nous considérons comme réelle, non seulement nous trompe et nous fait dépenser notre argent sans valeur pour des choses qui ne nous rassasient pas, mais elle consomme également nos énergies en nous faisant pourchasser des illusions.

Regardons l’Europe d’aujourd’hui et écoutons la vérité de la parole que Dieu nous adresse. La plus grande richesse de l’histoire européenne mène à des tragédies comme l’endettement et l’esclavage. Nos économies peuvent se permettre de dépenser beaucoup d’argent, mais elles sont fondées sur le sable. Malgré tout, nous sommes toujours insatisfaits voire désespérés: la désagrégation des familles; la famine et l’inégalité; le recours aux extrémismes. Minés par la peur, le ressentiment et la rage, nous cherchons de plus en plus désespérément, et nous finissons par avoir peur de l’étranger et ne savons plus où trouver du courage.

Pourtant, Dieu nous appelle tous dans sa miséricorde, chacun d’entre nous et nous tous ensemble. Il nous offre une vraie richesse, qui nous comble. Il nous appelle à écouter, à manger, à venir à sa rencontre, à avoir confiance.

Nous devons écouter. Comment écouter Dieu? Souvent à travers la voix des laissés-pour-compte, des plus pauvres. Jean Vanier de l’Arche nous raconte que des personnes grièvement handicapées parlent avec conviction de l’espérance, de la détermination et de l’amour à ceux qui croient être forts.

Dieu nous appelle aussi à manger. Et nous mangeons avant tout dans l’Eucharistie, en partageant le corps et le sang du Christ, en faisant ainsi la fête. Manger avec Dieu signifie avoir plus du nécessaire pour devenir des hommes et des femmes généreux, d’une abondance débordante.

Il nous appelle à venir. Les premières paroles d’un poème sur la miséricorde du Christ de George Herbert, un de nos plus grands poètes, sont les suivantes: “l’amour m’a accueilli; mais mon âme s’est rétractée …”. Nous nous rétractons parce que nous ne croyons pas que la miséricorde, cet amour donné avec tant de liberté, soit vraiment pour nous. Nos péchés crient, mais le Christ crie plus fort “venez …”.

Nous sommes appelés à la confiance. À être confiants que la miséricorde de Dieu suffit. À être confiants que lorsque nous écoutons, mangeons et venons, nous serons tous nourris comme Il l’a promis. Cet appel requiert un renouvellement continu. Nous avons besoin qu’on nous rappelle chaque jour notre pauvreté d’esprit, d’avoir soif de la richesse de la miséricorde de Dieu. Nous devons tous boire chaque jour de la miséricorde, pour vaincre nos péchés et notre rage, pour être miséricordieux envers les autres.

Isaïe conclut ce passage avec une image magnifique, celle de toutes les nations qui affluent vers une seule nation, vers le peuple, l’Église, les nations qui ont écouté, mangé et qui ont osé faire confiance. Elles sont attirées parce que l’illusion de la richesse est remplacée par la vérité de la paix et de l’amour. Car, quand nous recevons de la miséricorde,  nous devenons à notre tour porteurs de miséricorde et de paix.

Ainsi nous finirons par devenir des personnes qui portent la miséricorde de Dieu, à travers le Christ, envers tous, par des gestes qui révèlent sa miséricorde. Le travail de Sant’Egidio au Mozambique et dans le monde entier est un signe de ce qui est possible quand  la miséricorde du Christ est à l’œuvre en nous. Soyons ceux qui permettent aux autres d’être miséricordieux envers ceux avec lesquels ils sont en conflit. Nous sommes appelés à être la voix du Christ pour ceux qui ont perdu tout espoir, qu’il appelle “venez, voici de l’eau”, dans un monde de sécheresse et de désespoir, en partageant généreusement ce que nous avons reçu dans sa miséricorde pleine de grâce.

Visita del Santo Padre Francisco a Asís para la Jornada mundial de oración por la Paz “Sed de paz, religiones y culturas en diálogo” (20 septiembre 2016) – Oración ecuménica de los cristianos

untitled1520 de septiembre de 2016.- Tras el almuerzo común en el Sacro Convento, el Santo Padre Francisco se ha reunido de forma privado con Su Santidad Bartolomé I, Patriarca Ecuménico de Constantinopla; con Su Santidad Ignacio Aphrem II, Patriarca Siro-Ortodoxo de Antioquía; con Su Gracia Justin Welby, arzobispo de Canterbury y Primado de la Iglesia de Inglaterra; con el profesor Zygmut Bauman, sociólogo y filósofo (Polonia); con el profesor Din Syamsuddin, presidente del Consejo de los Ulema, Indonesia; y con el Gran Rabino David Rosen (Israel).

A las 16 horas, los representantes de la distintas religiones han rezado por la paz en diferencies lugares de Asís.

Todos los cristianos se han reunido en la Basílica inferior de San Francisco para una oración ecuménica, durante la cual se han nombrado todos los países que se encuentran en guerra y se ha encendido una vela por cada uno de ellos. Durante la celebración, el Santo Padre ha pronunciado la siguiente meditación que ofrecemos a continuación:

Meditación del Santo Padre:
[texto original: italiano – traducción oficial]

TEXTO COMPLETO: Meditación del Santo Padre Francisco en la oación ecuménica por la paz