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Audiencia general 12-12-18: El Padre nuestro, una oración que pide con confianza

Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

Continuamos el camino de catequesis sobre el “Padre nuestro” que comenzó la semana pasada. Jesús pone en los labios de sus discípulos una oración breve, audaz, compuesta de siete peticiones: un número que en la Biblia no es accidental, indica plenitud. Digo audazmente porque, si Cristo no lo hubiera sugerido, probablemente ninguno de nosotros – todavía más, ninguno de los teólogos más famosos-  se atrevería a rezar a Dios de esta manera.

En efecto, Jesús invita a sus discípulos a acercarse a Dios y a dirigirle con confianza algunas peticiones: En primer lugar para Él y luego para nosotros. No hay preámbulos en el “Padre Nuestro”. Jesús no enseña fórmulas para “congraciarse” con el Señor; por el contrario, invita a rezarle, derrumbando  las barreras de la sujeción y el temor. No dice que hay que dirigirse a Dios llamándole “Todopoderoso”, “Altísimo” . “Tú que estás tan lejos de nosotros, yo soy un mísero”: no, no dice así” sino simplemente “Padre”, con toda simplicidad, como los niños hablan al papá. Y esta palabra, “Padre”, expresa la confianza y  la seguridad filial.

La oración del “Padre Nuestro” hunde sus raíces en la realidad concreta del hombre. Por ejemplo, nos hace pedir pan, el pan de cada día: solicitud simple pero esencial, que dice que la fe no es una cuestión “decorativa”, separada de la vida, que interviene cuando todas las demás necesidades están satisfechas. Si acaso, la oración comienza con la vida misma. La oración – nos enseña Jesús – no empieza en la existencia humana después de que el estómago esté lleno: más bien, se anida donde quiera que haya un hombre, cualquier hombre que tenga hambre, que llore, que luche, que sufra y se pregunte “por qué”. Nuestra primera oración, en cierto sentido, fue el vagido que acompañó el primer aliento. En ese llanto de recién nacido, se anunciaba el destino de toda nuestra vida: nuestra hambre continua, nuestra sed constante, nuestra búsqueda de la felicidad.

Jesús, en la oración, no quiere extinguir lo humano, no quiere anestesiarlo. No quiere que moderemos las solicitudes y las peticiones aprendiendo a soportar todo. En cambio, quiere que todo sufrimiento, toda  inquietud, se eleve hacia el cielo y se convierta en diálogo.

Tener fe, decía una persona, es acostumbrarse al grito.

Todos tendríamos que ser como el Bartimeo del Evangelio (cf. Mc10, 46-52), -recordemos ese pasaje del Evangelio, Bartimeo, el hijo de Timeo- ese ciego que mendigaba en Jericó. A su alrededor había tanta gente educada que le decían que se callara: “¡Pero, cállate! Pasa el Señor. Cállate. No molestes, El Maestro tiene tanto que hacer; no le molestes. Molestas con tus gritos. No molestes”. Pero él,  no escuchaba esos consejos: con santa insistencia,  pretendía  que su condición miserable pudiera encontrarse finalmente con Jesús. ¡Y gritaba más fuerte!. Y la gente educada: “Pero no, es el Maestro ¡por favor!. ¡Qué mal estas quedando!”. Y él gritaba porque quería ver, quería que le curase: “Jesús, ten piedad de mí!” (v. 47). Jesús le devuelve la vista y le dice: “Tu fe te ha salvado” (v. 52), casi como para explicar que lo decisivo para su recuperación había sido la oración, esa invocación gritada con fe, más fuerte que “el sentido común” de tantas personas que querían que se callara. La oración no solo precede a la salvación, sino que de alguna manera ya la contiene, porque nos libera de la desesperación de quien no cree que haya una salida para tantas situaciones insoportables.

Por supuesto, los creyentes también sienten la necesidad de alabar a Dios. Los Evangelios recogen la exclamación de alegría que brota del corazón de Jesús, lleno de asombro agradecido por el Padre (cf. Mt 11, 25-27). Los primeros cristianos sentían incluso la necesidad de agregar al texto del “Padre nuestro”  una doxología: “Porque tuyo es el poder y la gloria por los siglos de los siglos” (Didache, 8, 2).

Pero ninguno de nosotros tiene por qué abrazar la teoría propuesta en el pasado por algunos, es decir que  la oración de petición sea una forma débil de fe, mientras que la oración más auténtica sería la de alabanza pura, la que busca a Dios sin el peso de petición alguna. No, eso no es verdad. La oración de petición es auténtica, espontánea, es un acto de fe en  Dios que es el Padre, que es bueno, que es todopoderoso. Es un acto de fe en mí, que soy pequeño, pecador, necesitado. Y por eso la oración para pedir algo es muy noble. Dios es el Padre que tiene una compasión inmensa por nosotros y quiere que sus hijos le hablen sin miedo, llamándole directamente “Padre”; o en medio de las dificultades diciendo: “Pero, Señor, ¿qué me has hecho?”. Por eso podemos contarle todo, incluso las cosas que en nuestra vida siguen estando torcidas e incomprensibles. Y nos ha prometido  que estará con nosotros para siempre, hasta el último día que pasemos en esta tierra. Recemos el Padre nuestro empezando así, simplemente: “Padre” o “Papá”. Y Él nos entiende y nos ama tanto.

Síntesis y saludo en español

Queridos hermanos y hermanas:

Continuamos con nuestra reflexión sobre el Padrenuestro. Jesús enseña esta oración a sus discípulos, es una oración breve, con siete peticiones, número que en la Biblia significa plenitud. Es también una oración audaz, porque Jesús invita a sus discípulos a dejar atrás el miedo y a acercarse a Dios con confianza filial, llamándolo familiarmente «Padre».

El Padrenuestro hunde sus raíces en la realidad concreta del hombre. Nos hace pedir lo que es esencial, como el “pan de cada día”, porque como nos enseña Jesús, la oración no es algo separado de la vida, sino que comienza con el primer llanto de nuestra existencia humana. Está presente donde quiera que haya un hombre que tiene hambre, que llora, que lucha, que sufre y anhela una respuesta que le explique el destino.

Jesús no quiere que nuestra oración sea una evasión, sino un presentarle al Padre cada sufrimiento e inquietud. Que tengamos la osadía de convertirla en una invocación gritada con fe, a ejemplo del ciego Bartimeo que gracias a su llamado perseverante, «Jesús, ten compasión de mí» (Mc 10, 47), obtuvo del Señor el milagro de recobrar la vista. La oración no solo precede la salvación, sino que ya la contiene, porque libra de la desesperación de creer que las situaciones insoportables no se pueden resolver.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española venidos de España y Latinoamérica. De modo especial saludo a los latinoamericanos y a los mexicanos en este día de nuestra Patrona, la Madre de Guadalupe. Que el Señor Jesús nos dé la gracia de una total confianza en Dios, Padre compasivo que nos ama y permanece siempre a nuestro lado. Que Nuestra Señora de Guadalupe nos ayude a entregarnos al amor providente de Dios y a poner en Él toda nuestra esperanza. Muchas gracias.

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Un pensamiento particular para los jóvenes, los ancianos, los enfermos y los recién casados.

Hoy en la celebración litúrgica de la bienaventurada Virgen María de Guadalupe pidamos que Nuestra Señora nos acompañe en Navidad y reavive en nosotros el deseo de recibir con alegría la luz de su Hijo Jesús, para que resplandezca cada vez más en la noche del mundo.

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Audiencia general 05.12.18: Enséñanos a orar

Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

Hoy comenzamos un ciclo de catequesis sobre el “Padre nuestro”.

Los evangelios nos presentan retratos muy vívidos de Jesús como hombre de oración. Jesús rezaba. A pesar de la urgencia de su misión y el apremio de tantas personas que lo reclaman, Jesús siente la necesidad de apartarse en soledad y rezar. El Evangelio de Marcos nos cuenta este detalle desde la primera página del ministerio público de Jesús (cf. 1: 35). El día inaugural de Jesús en Cafarnaúm  terminó triunfalmente. Cuando baja el sol, una multitud de enfermos llega a la puerta donde mora Jesús: el Mesías predica y sana. Se cumplen las antiguas profecías y las expectativas de tantas personas que sufren: Jesús es el Dios cercano, el Dios que libera. Pero esa multitud es todavía pequeña en comparación con muchas otras multitudes que se reunirán alrededor del profeta de Nazaret; a veces se trata de reuniones oceánicas, y Jesús está en el centro de todo, el esperado por el pueblo, el resultado de la esperanza de Israel.

Y, sin embargo, Él se desvincula; no termina siendo rehén de las expectativas de quienes lo han elegido como líder. Hay un peligro para los líderes: apegarse demasiado a la gente, no mantener las distancias. Jesús se da cuenta y no termina siendo rehén de la gente. Desde la primera noche de Cafarnaúm, demuestra ser un Mesías original. En la última parte de la noche, cuando se anuncia el amanecer, los discípulos todavía lo buscan, pero no consiguen encontrarlo. ¿Dónde está? Hasta que, por fin, Pedro lo encuentra en un lugar aislado, completamente absorto en la oración y le dice: «Todo el mundo te busca» (Mc 1, 37). La exclamación parece ser la cláusula que sella el éxito de un plebiscito, la prueba del buen resultado de una misión.

Pero Jesús dice a los suyos que debe ir a otro lugar; que no son las personas las que lo buscan, sino que en primer lugar es Él el que busca los demás. Por lo tanto, no debe echar raíces, sino seguir siendo un peregrino por  los caminos de Galilea (vv. 38-39). Y también peregrino hacia el Padre, es decir: rezando. En camino de oración. Jesús reza.

Y todo sucede en una noche de oración.

En alguna página de las Escrituras parece ser la oración de Jesús, su intimidad con el Padre, la que gobierna todo. Lo será especialmente, por ejemplo, en la noche de Getsemaní. El último trecho del camino de Jesús (en absoluto, el más difícil de los que había recorrido hasta entonces) parece encontrar su significado en la escucha continua de Jesús hacia su Padre. Una oración ciertamente no fácil, de hecho, una verdadera “agonía”, en el sentido del agonismo de los atletas, y sin embargo, una oración capaz de sostener el camino de la cruz.

Aquí está el punto esencial: Allí, Jesús rezaba.

Jesús rezaba intensamente en los actos públicos, compartiendo la liturgia de su pueblo, pero también buscaba lugares apartados, separados del torbellino del mundo, lugares que permitieran descender al secreto de su alma: es el profeta que conoce las piedras del desierto y sube a lo alto de los montes. Las últimas palabras de Jesús, antes de expirar en la cruz, son palabras de los salmos, es decir de la oración, de la oración de los judíos: rezaba con las oraciones que su madre le había enseñado.

Jesús rezaba como reza cada hombre en el mundo. Y, sin embargo, en su manera de rezar, también había un misterio encerrado, algo que seguramente no había escapado a los ojos de sus discípulos  si encontramos en los evangelios esa simple e inmediata súplica: «Señor, enséñanos a orar» (Lc. 11, 1). Ellos veían que Jesús rezaba y tenían ganas de aprender a rezar: “Señor, enséñanos a orar”. Y Jesús no se niega, no está celoso de su intimidad con el Padre, sino que ha venido precisamente para introducirnos en esta relación con el Padre Y así se convierte en maestro de oración para sus discípulos, como ciertamente quiere serlo para todos nosotros. Nosotros también deberíamos decir: “Señor, enséñame a orar. Enséñame”.

¡Aunque hayamos rezando durante tantos años, siempre debemos aprender! La oración del hombre, este anhelo que nace de forma tan natural de su alma, es quizás uno de los misterios más densos del universo. Y ni siquiera sabemos si las oraciones que dirigimos a Dios sean en realidad aquellas que Él quiere escuchar. La Biblia también nos da testimonio de oraciones inoportunas, que al final son rechazadas por Dios: basta con recordar la parábola del fariseo y el publicano. Solo este último, el publicano,  regresa a casa del templo justificado, porque el fariseo era orgulloso y le gustaba que la gente le viera rezar y fingía rezar: su corazón estaba helado. Y dice Jesús: éste no está justificado «porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido» (Lc 18, 14). El primer paso para rezar es ser humildes, ir donde el Padre y decir: “Mírame, soy pecador, soy débil, soy malo”, cada uno sabe lo que tiene que decir. Pero se empieza siempre con la humildad, y el Señor escucha. La oración humilde es escuchada por el Señor.

Por eso, al comenzar este ciclo de catequesis sobre la oración de Jesús, lo más hermoso y justo que todos tenemos que hacer es repetir la invocación de los discípulos: “¡Maestro, enséñanos a rezar!”. Será hermoso, en este tiempo de Adviento, repetirlo: “Señor, enséñame a rezar”. Todos podemos ir algo más allá y rezar mejor; pero pedírselo al Señor. “Señor, enséñame a rezar”. Hagámoslo en este tiempo de Adviento y él ciertamente no dejará que nuestra invocación caiga en el vacío.

Síntesis y saludo en español

Queridos hermanos y hermanas:

Iniciamos hoy un nuevo ciclo de catequesis centradas en el “Padre nuestro”. Los evangelios nos presentan a Jesús como un hombre que rezaba. Si bien experimentaba la urgencia de predicar y de salir al encuentro de la multitud, buscaba momentos de soledad para rezar.

El Evangelio de san Marcos nos narra una jornada de Jesús, en la que pasó todo el día predicando y curando enfermos, sin embargo, la noche la dedicó a la oración. Para él, la oración era entrar en la intimidad con el Padre, que lo sostenía en su misión, como sucedió en Getsemaní, donde recibió la fuerza para emprender el camino de la cruz. Toda su vida estaba marcada por la oración, tanto privada como litúrgica de su pueblo. Esa actitud se ve también en sus últimas palabras en la cruz, que eran frases tomadas de los salmos.

Jesús rezaba como cualquier hombre, pero su modo de hacerlo estaba envuelto en el misterio. Esto impactó a sus discípulos y por eso le pidieron: «Señor, enséñanos a rezar». Jesús se convirtió así en maestro de oración para ellos, como quiere serlo también para nosotros.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española venidos de España y Latinoamérica. Los animo a pedir a Dios como hicieron los discípulos: «Señor, enséñanos a rezar», para que nuestra oración no sea ni rutinaria ni egoísta, sino encarnada en nuestra vida y que sea agradable a nuestro Padre del cielo.

Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

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Un pensamiento particular para los jóvenes, los ancianos, los enfermos y los recién casados.

El próximo sábado celebraremos la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la bienaventurada Virgen María. ¡Confiémonos a Nuestra Señora! Ella, como modelo de fe y de obediencia al Señor, nos ayude a preparar nuestros corazones para recibir al Niño Jesús en su Natividad. Gracias.

Audiencia general: El Bautismo, fundamento de la vida cristiana

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Catequesis del Papa Francisco

Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

Los cincuenta días del tiempo litúrgico pascual son propicios para reflexionar sobre la vida cristiana que, por su naturaleza, es la vida que proviene de Cristo mismo. De hecho, somos cristianos en la medida en que permitimos que Jesucristo viva en nosotros. Entonces, ¿desde dónde podemos comenzar a reavivar  esta conciencia si no desde el principio, desde el Sacramento que ha encendido la vida cristiana en nosotros? Este es el Bautismo. La Pascua de Cristo, con su carga de novedad, nos alcanza a través del Bautismo para transformarnos a su imagen: los bautizados son de Jesucristo, Él es el Señor de su existencia. El bautismo es el «fundamento de toda la vida cristiana» (Catecismo de la Iglesia Católica, 1213). Es el primero de los sacramentos, ya que es la puerta que permite a Cristo el Señor tomar morada en nuestra persona y a nosotros sumergirnos en su Misterio. Continue reading “Audiencia general: El Bautismo, fundamento de la vida cristiana”

Catequesis de los miércoles: La humildad es la condición necesaria para ser escuchados por Dios

francisco_audiencia (2)1 de junio de 2016.- La parábola del fariseo y el publicano, con la que Jesús nos enseña cómo se debe rezar para invocar la misericordia del Padre, ha sido el hilo conductor de la catequesis del Papa durante la audiencia general de los miércoles en la Plaza de San Pedro a la que han asistido más de 15.000 personas.

Los protagonista de la parábola suben al templo para rezar, pero actúan de maneras muy diferentes, obteniendo resultados opuestos. El fariseo reza “de pie” y usa muchas palabras. Aunque la suya parezca una oración de agradecimiento a Dios es en realidad un despliegue de sus propios méritos, con un sentido de superioridad sobre los demás a quienes tilda de ladrones, injustos, adúlteros, y señala entre ellos al publicano que está a su lado. “Precisamente aquí está el problema -explicó Francisco- el fariseo reza a Dios, pero en realidad se mira y se reza a sí mismo. En lugar de ponerse ante el Señor se pone ante un espejo. Aunque se encuentra en el templo, no siente la necesidad de inclinarse ante la grandeza de Dio: está de pie, se siente seguro, como si fuera el dueño del templo. Enumera sus buenas obras: es irreprochable, incluso observa la Ley más de lo debido, desayuna “dos veces por semana” y paga el “décimo” de todo lo que tiene.. En resumen, más que rezar el fariseo se complace en su observancia de los preceptos. Sin embargo, su actitud y sus palabras están lejos de la forma de actuar y de hablar de Dios, que ama a todas las personas y no desprecia a los pecadores. El fariseo, en cambio, desprecia a los pecadores, también cuando señala a “ese otro” que está alli. y, sintiéndose justo, deja de lado el mandamiento más importante: el amor a Dios y el amor al prójimo”.

Por lo tanto, “no es suficiente, preguntarnos cuánto rezamos, también hay que preguntarse cómo rezamos, o más bien, como es nuestro corazón: es importante examinarlo para evaluar los pensamientos, los sentimientos, y erradicar la arrogancia y la hipocresía. Y me pregunto ¿se puede rezar con arrogancia? No ¿Se puede rezar con hipocresía?No Tenemos que rezar poniéndonos ante Dios tal y como somos. No como el fariseo que rezaba con arrogancia y con hipocresía.Todos estamos atrapados en el frenesí del ritmo diario y a menudo a merced de las sensaciones, aturdidos y confusos. Hace falta aprender a encontrar el camino hacia nuestro corazón, recuperar el valor de la intimidad y del silencio, porque allí es donde Dios se encuentra con nosotros y nos habla. Sólo a partir de ahí podemos, a nuestra vez, conocer a los demás y hablar con ellos. El fariseo se ha encaminado hacia el templo, está seguro de sí, pero no se da cuenta de que ha perdido el camino hacia su corazón.”

En cambio, el publicano se presenta en el templo con un corazón humilde y contrito, no se atreve ni siquiera a levantar los ojos y se golpea el pecho. Su oración es brevísima, no tan larga como la del fariseo. “Oh Dios, ten piedad de mí que soy un pecador.” Nada más. Efectivamente los recaudadores de impuestos -llamados publicanos – eran considerados como personas impuras, sumisas a los gobernantes extranjeros, mal vistas por el pueblo y por lo general asociados con los pecadores. La parábola enseña que se es justo o pecador, no por la pertenencia social, sino por la forma de relacionarse con Dios y con los hermanos. Sus gestos de penitencia y sus palabras sencillas atestiguan que es consciente de su miserable condición. Su oración es esencial. Es humilde y está seguro solamente de ser un pecador necesitado de piedad. Si el fariseo no pedia nada porque ya lo tenía todo, el publicano sólo puede pedir misericordia de Dios.

“Presentándose con las “manos vacías”, con el corazón desnudo y reconociéndose pecador -señaló Francisco- el publicano nos enseña la condición necesaria para recibir el perdón del Señor. Al final, él, tan despreciado, se convierte en un icono del verdadero creyente”.

Jesús concluye la parábola con una frase: “Os digo que éste – es decir, el publicano – a diferencia del otro volvió a su casa justificado, porque cualquiera que se enaltece será humillado, pero el que se humilla será ensalzado”.

“¿De estos dos, quien es el corrupto? El fariseo -subrayó el Santo Padre-, el farisseo es el icono de la corrupción porque finge rezar cuando lo que hace es pavonearse. También en la vida el que se cree justo y juzga a los demás es un corrupto y un hipócrita. La soberbia pone en entredicho cualquier buena acción, vacía la oración, aleja de Dios y de los demás. Si Dios prefiere la humildad no es por menoscabarnos: la humildad es, más bien, la condición necesaria para que nos levante, para poder experimentar la misericordia que viene a llenar nuestros vacíos. Si la oración de los soberbios no llega al corazón de Dios, la humildad del miserable la abre de par en par. Dios tiene una debilidad por los humildes y ante un corazón humilde abre el suyo completamente”.

Esa humildad es la misma que la Virgen María expresa en el canto del Magnificat: “Ha visto la humillación de su esclava…de generación en generación su misericordia para los que le temen”, dijo al final de la catequesis Francisco, pidiendo la ayuda de María para rezar con un corazón humilde e invitando a los fieles presentes en la Plaza a repetir tres veces la breve plegaria del publicano: “Oh Dios, ten piedad de mí que soy un pecador.”

(VIS)

Catequesis de los Miércoles: Sin la oración la fe se tambalea

25 de mayo de 2016.- La necesidad de rezar siempre, sin desfallecer, porque la oración mantiene la fe y la relación con Dios, ha sido el tema de la catequesis del Santo Padre durante la audiencia general de los miércoles en la Plaza de San Pedro. Para explicarlo recurrió a la parábola de la viuda y el juez que narra el evangelio de san Lucas.

Las viudas, los huérfanos y los extranjeros eran los grupos más desvalidos de la sociedad; los derechos que la ley les otorgaba podían ser pisoteados fácilmente porque, siendo en general personas solas e indefensas, no contaban con nadie que hiciera valer sus razones. Los jueces, según la tradición bíblica, debían ser hombres temerosos de Dios, imparciales e incorruptibles. Pero el juez al que recurre la viuda de la parábola para tener justicia no lo era, “ni temía a Dios, ni respetaba a nadie”, dice el texto. La única arma de la mujer es su perseverancia, su importunar al alto personaje para que la escuche. Y lo consigue. Al final, el juez accede a sus peticiones, no porque esté movido por la misericordia, ni porque se lo dicte la conciencia; simplemente admite: “Como esta viuda me importuna constantemente, le haré justicia para que no me moleste más”.

“De esta parábola -dijo Francisco-Jesús saca una doble conclusión: si la viuda, con su insistencia consiguió obtener de un juez injusto lo que necesitaba, cuanto más Dios que es nuestro padre, bueno y justo, hará justicia a los que se lo pidan con perseverancia y además sin tardar. Por eso, Jesús nos exhorta a rezar “sin desfallecer”. Todos atravesamos por momentos de fatiga y desánimo, especialmente cuando nuestras oraciones parecen ineficaces. Pero Jesús nos asegura que a diferencia del juez injusto Dios responde con prontitud a sus hijos, aunque esto no quiere decir que lo haga en el tiempo y la forma que nos gustaría. ¡La oración no es una varita mágica! Ayuda a mantener la fe en Dios y confiar en Él, incluso cuando no entendemos su voluntad”.

Jesús mismo, que rezaba tanto, sirve de ejemplo. Como afirma san Pablo en la Carta a los Hebreos, durante su vida terrenal, suplicaba a Dios que podía salvarlo de la muerte y gracias a su abandono a la voluntad del Padre su súplica fue escuchada, aunque si esta afirmación, a primera vista, parece inverosímil, porque Jesús murió en la cruz. “Sin embargo, la Carta a los Hebreos no se equivoca -observó el Papa- Dios salvó a Jesús de la muerte, dándole la victoria total sobre ella, pero el camino para lograrlo pasó incluso a través de la muerte”. Jesús también suplicó al Padre la noche antes de su muerte en Getsemaní para que lo librase del amargo cáliz de la pasión, pero su oración estaba impregnada de confianza en la voluntad del Altísimo: “No como yo quiero, sino como quieres tú”. “El objeto de la oración pasa al segundo plano porque lo que importa por encima de todo es la relación con el Padre. Esto es lo que hace la oración: transforma el deseo y lo moldea según la voluntad de Dios, cualquiera que sea, porque quien reza aspira en primer lugar a la unión con Dios que es Amor Misericordioso”.

La parábola termina con una pregunta: “Cuando el Hijo del hombre venga, ¿encontrará fe en la tierra?”. “Y con esta preguntaestamos todos advertidos: no hay que desistir de la oración, incluso si no es correspondida. La oración mantiene la fe, sin ella la fe se tambalea -dijo el Papa al final de su catequesis- Pidamos al Señor una fe que se haga oración incesante, perseverante como la de la viuda de la parábola, una fe que se nutra del deseo de su venida. Y en la oración experimentamos la compasión de Dios, que como un padre sale al encuentro de sus hijos lleno de amor misericordioso”

(VIS)

Catequesis del Papa: Ignorar al pobre es despreciar a Dios

fran_audiencia18 de mayo de 2016.- La misericordia como responsabilidad con los pobres, explicada a través de la parábola del pobre Lázaro, tirado en el portal del hombre rico que se vestía de púrpura y lino y comía opíparamente sin dejar que el mendigo recogiera al menos las migajas, fue el tema de la catequesis del Santo Padre en la audiencia general de los miércoles en la Plaza de San Pedro.

“Las vidas de estas dos personas van en direcciones paralelas -dijo el Papa- no se encuentran nunca. La puerta del rico siempre está cerrada para el pobre que yace ahí fuera intentando comer algunas sobras de su mesa. El rico usa ropa de lujo, mientras Lázaro esta cubierto de llagas… y se muere de hambre…. Esta escena recuerda el duro reproche del Hijo del Hombre en el Juicio Final: “Tuve hambre y no me distéis de comer, tuve sed y no me distéis de beber, estaba […] desnudo y no me vestisteis”. Lázaro representa el grito silencioso de los pobres de todos los tiempos y la contradicción de un mundo donde inmensas riquezas y recursos están en pocas manos”.

Jesús cuenta que un día ese hombre rico murió y entonces rogó a Abraham, llamándole “padre”. Reivindicaba así que era hijo suyo, que pertenecía al pueblo de Dios. Y sin embargo, cuando estaba vivo no había tenido para nada en consideración a Dios, solamente a sí mismo, convirtiéndose en el centro de todo, encerrado en su mundo de lujo y derroche. Excluyendo a Lázaro, no había tenido en cuenta ni al Señor ni su ley. “¡Ignorar al pobre es despreciar a Dios! -afirmó Francisco- Tenemos que aprenderlo muy bien: Ignorar al pobre es despreciar a Dios”,reiteró, explicando que en la parábola hay que advertir un detalle: el rico no tiene nombre, mientras el del pobre, Lázaro, que significa “Dios ayuda”, se repite cinco veces. “Lázaro que yace en el portal es un llamado viviente al rico para que se acuerde de Dios, pero no lo percibe. Por lo tanto será condenado, no por su riqueza, sino por su incapacidad de compadecerse de Lázaro y socorrerlo”.

En la segunda parte de la parábola, nos encontramos con Lázaro y el hombre rico después de su muerte. La situación se ha invertido: a Lázaro los ángeles lo llevan al cielo de Abraham, mientras el rico precipita en sus tormentos. Entonces mira hacia arriba y ve al mendigo en el seno de Abraham. Es como si lo viera por primera vez, pero sus palabras le traicionan. “Padre Abraham – dice – ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y me refresque la lengua, porque me abrasan estas llamas”.

“Ahora el rico reconoce a Lázaro y pide ayuda, mientras que en vida fingía no verlo. ¡Cuántas veces, cuántas, tanta gente hace como si no viera a los pobres! Para ellos los pobres no existen -observó el Pontífice- Antes le negaba incluso las sobras de su mesa y ahora quiere que le lleve de beber. Todavía cree que puede reclamar derechos por su estado anterior. Pero Abraham, afirmando que es imposible satisfacer su petición, nos da la clave de toda la historia: explica que el bien y el mal han sido distribuidos para compensar la injusticia terrenal y la puerta que separaba a los ricos de los pobres en la vida, se ha convertido en “un gran abismo.” Mientras Lázaro estaba en su portal, el rico tenía una posibilidad de salvación: abrir de par en par la puerta, ayudar a Lázaro, pero ahora que ambos están muertos, la situación es irreparable. Dios no es llamado nunca directamente en causa pero la parábola advierte claramente: la misericordia de Dios hacia nosotros está vinculada con nuestra misericordia hacia el prójimo; cuando ésta falta, tampoco la otra encuentra espacio en nuestro corazón cerrado, no puede entrar. Si yo no abro la puerta de mi corazón al pobre, esa puerta permanece cerrada también para Dios y es terrible”.

Entonces el hombre rico piensa en sus hermanos, que pueden correr la misma suerte, y pide que Lázaro vuelva al mundo para advertirles. Pero Abraham responde: “Ya tienen a Moisés y a los profetas, que los escuchen”. “Para convertirnos no debemos esperar acontecimientos prodigiosos, sino abrir el corazón a la Palabra, que nos llama a amar a Dios y al prójimo -subrayó el Papa- La Palabra de Dios puede revivir un corazón endurecido y curarlo de su ceguera. El hombre rico conocía la Palabra de Dios, pero no la dejó entrar en su corazón, no la escuchó, por eso fue incapaz de abrir los ojos y compadecerse del pobre”.

“Ningún mensajero ni ningún mensaje reemplazarán a los pobres que nos encontremos en el camino, porque en ellos nos sale al encuentro Jesús mismo: “Cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos, a mí lo hicisteis”. Así, en el cambio de suerte que la parábola describe se esconde el misterio de nuestra salvación, en que Cristo une la pobreza a la misericordia. Al escuchar este Evangelio, todos nosotros, junto con los pobres de la tierra -terminó el Santo Padre- podemos cantar con María: “Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes; A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada”.

Después de la catequesis el Papa saludó “con afecto especial a los niños ucranianos, huérfanos y prófugos a causa del conflicto armado que continúa todavía en el este de ese país. Por intercesión de María Santísima -dijo- renuevo mi oración para que se llegue a una paz duradera, que alivie a la población sometida a pruebas tan duras y ofrezca un futuro sereno a las nuevas generaciones”.

“Hoy, día del nacimiento de san Juan Pablo II -añadió- saludo cordialmente a todos los polacos aquí presentes. Me uno espiritualmente al presidente de la República de Polonia, con los combatientes y los participantes en la santa misa en el cementerio polaco de Montecassino en recuerdo de los caídos, además de a los que se han reunido en Torún para la consagración del santuario de la Bienaventurada Virgen María Estrella de la Nueva Evangelización y de san Juan Pablo II. ¡Que estos acontecimientos tan importantes sean para vosotros una invitación a rezar por la paz, por la Iglesia en Polonia y por la prosperidad de vuestra patria!”.

En italiano el Papa dio la bienvenida a los sacerdotes de la Iglesia ortodoxa rusa, huéspedes del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, a los niños del departamento de oncología del hospital del Bambin Gesú y a los devotos de san Francisco de Paola, fundador de la Orden de los Mínimos y patrono de la región italiana de Calabria, de quien este año se celebra el sexto aniversario del nacimiento.

También saludó a los peregrinos de lengua francesa del seminario de Estrasburgo, a la delegación del santuario de Notre-Dame de La Salette y a la del Gran San Bernardo de Suiza. Entre los de habla portuguesa recordó a las Hermanas Franciscanas Hospitalarias de la Inmaculada Concepción y a los grupos parroquiales de Porto Nacional y de Póvoa de Varzim, deseándoles que la peregrinación a las tumbas de los santos apóstoles Pedro y Pablo reforzase en ellos “el sentir y el vivir en la Iglesia bajo la tierna mirada de la Virgen Madre”. Asimismo, saludó a los grupos parroquiales eslovacos, así como a los estudiantes y profesores de la Escuela Católica primaria de san Francisco de Asís en Vranov y entre los de habla alemana a los participantes en la peregrinación jubilar de la diócesis de Augsburg, a los monaguillos de la diócesis de Eichstatt, además de a los estudiantes y profesores de la Facultad Teológica de Paderborn.

(VIS)

Catequesis del Papa Francisco: Acoger la invitación de Jesús a participar en la fiesta de la misericordia

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11 de mayo de 2016.- La audiencia general de hoy, como señaló el Papa antes de dar inicio a la catequesis, se ha celebrado en dos lugares: en la Plaza de San Pedro, donde estaban reunidas 20.000 personas y en el Aula Pablo VI donde, debido al mal tiempo, se encontraban los enfermos que siguieron las palabras de Francisco gracias a las pantallas gigantes allí instaladas y fueron saludados por el Pontífice y por toda la Plaza al principio de la audiencia, dedicada a la parábola del hijo pródigo o, como la define Francisco “del Padre Misericordioso”.

“Comenzamos por el final -dijo el Papa- es decir, por la alegría del Padre, que dice: “Hagamos fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido hallado”. Son las palabras con que interrumpe a su hijo menor cuando estaba confesando su culpabilidad: “Ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo …”. Pero esa frase es insoportable para su padre, que en cambio se apresura a devolverle los signos de su dignidad: el vestido bueno, el anillo, las sandalias . Jesús no describe un padre ofendido y resentido, un padre que dice a su hijo : “Ahora me lo vas a pagar”… por el contrario, lo único que le importa es que este hijo esté delante de él sano y salvo….Por supuesto, el hijo reconoce su error: “He pecado … tratáme como a uno de tus jornaleros”. Sin embargo, estas palabras se disuelven frente al perdón del padre. El abrazo y el beso de su papá le hacen entender que siempre ha sido considerado hijo, a pesar de todo. Es importante esta enseñanza de Jesús: nuestra condición de hijos de Dios es fruto del amor del Padre: no depende de nuestros méritos o de nuestras acciones y, por lo tanto, nadie nos la puede quitar”.

La parábola nos anima a “no desesperar jamás. Pienso en las madres y los padres que ven que sus hijos se alejan tomando caminos peligrosos -observó Francisco- Pienso en los párrocos y catequistas que a veces se preguntan si su trabajo era en vano. Pero también pienso en los que están en la cárcel y sienten que su vida ha terminado; en los que han tomado decisiones equivocadas y no consiguen mirar al futuro; en todos los que tienen hambre de misericordia y de perdón y creen que no lo merecen … En cualquier situación de la vida, no tengo que olvidar que nunca dejaré de ser hijo de Dios, hijo de un Padre que me ama y espera mi regreso”.

Pero en la parábola hay otro hijo, el mayor, que también necesita descubrir la misericordia del Padre. “Ha estado siempre en casa, pero ¡es tan diferente de su padre! -observó el Pontífice- Sus palabras carecen de ternura: “Yo te he servido durante muchos años y nunca he desobedecido tus órdenes … pero ahora que ese hijo tuyo, ha vuelto …” Escuchamos su desprecio: nunca dice “padre”, nunca dice”hermano”, piensa solamente en sí mismo. Se vanagloria de que ha estado siempre con su padre y le ha servido; sin embargo, nunca ha vivido con alegría esta cercanía”.

El hijo mayor también necesita misericordia. “Los justos, los que se creen justos -subrayó Francisco- también necesitan misericordia. Ese hijo somos nosotros cuando nos preguntamos si vale la pena luchar tanto cuando no recibimos nada a cambio. Jesús nos recuerda que no se está en la casa del Padre para recibir un premio, sino porque se tiene la dignidad de hijos corresponsables. No se trata de “negociar” con Dios, sino de seguir a Jesús, que se entregó en la cruz sin medida”.

“Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo que es mío es tuyo, pero tenemos que hacer fiesta y regocijarnos” dice el padre al hijo mayor porque “su lógica es la de la misericordia El hijo menor pensaba que merecía un castigo por sus pecados, el hijo mayor esperaba una recompensa por sus servicios. Los dos hermanos no se hablan entre sí, viven historias diferentes, pero ambos piensan siguiendo una lógica ajena a Jesús: si te portas bien te dan un premio, si te portas mal, un castigo. Esta lógica es subvertida por las palabras del padre: “Teníamos que hacer fiesta y regocijarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y ha sido hallado”. El padre ha recuperado al hijo perdido, y ahora también puede devolvérselo a su hermano. Sin el menor, también el hijo mayor deja de ser un “hermano”. La mayor alegría para el padre es ver que sus hijos se reconocen como hermanos”.

“Los hijos -concluyó el Papa- pueden decidir si unirse a la felicidad del padre o rechazarlo. Deben cuestionar sus propios deseos y la visión que tienen de la vida. La parábola termina dejando el final suspendido; no sabemos cual habrá sido la decisión del hijo mayor. Y esto es un estímulo para nosotros. Este Evangelio nos enseña que todos necesitamos entrar en la casa del Padre y participar de su alegría, de su fiesta de la misericordia y de la fraternidad”.

En los saludos en diversos idiomas el Papa dio, entre otros, la bienvenida a la peregrinación de los alcaldes de la diócesis francesa de Chartres, así como al peregrinaje diocesano de Córcega. También saludó especialmente, entre los fieles de lengua árabe, a los procedentes de Siria y Líbano y recordó a los peregrinos alemanes que el Año Jubilar era una invitación a hacer una buena confesión para ser tocados por el amor misericordioso del Padre.

En italiano saludó a los sacerdotes asiáticos y africanos del Pontificio Colegio Misionero de San Pablo Apóstol , al Instituto Antoniano y a la Fundación de San Gotardo que celebra el XX aniversario de su fundación; entre los enfermos, a los huéspedes del Cottolengo de Trentola Ducenta y entre los recién casados a los pertenecientes al Movimiento de los Focolares.

“Queridos peregrinos brasileños pienso en vuestra amada nación -dijo también el Papa- En estos días, cuando nos preparamos a la fiesta de Pentecostés, pido al Señor que difunda con abundancia los dones de su Espíritu para que el país, en estos momentos de dificultad, proceda por los senderos de la armonía y de la paz, con la ayuda de la oración y del diálogo. ¡Que la cercanía de Nuestra Señora Aparecida, que como buena madre no abandona nunca a sus hijos, sea defensa y guía en el camino!

“El viernes es la memoria litúrgica de la Virgen de Fátima -recordó dirigiéndose a los peregrinos polacos- En esta aparición, María nos invita nuevamente a la oración, a la penitencia y a la conversión. Nos pide que no ultrajemos más a Dios. Advierte a la humanidad de la necesidad de abandonarse a Dios, fuente de amor y de misericordia. Siguiendo el ejemplo de san Juan Pablo II, gran devoto de la Virgen de Fátima, escuchemos con atención a la Madre de Dios e imploremos la paz para el mundo.

Por último, habló a los fieles eslovacos,en especial a los grupos de “La oración de las Madres” y, señalando que el próximo domingo se celebra la solemnidad de Pentecostés, invitó a todos a rezar a Dios Omnipotente para que difunda sobre nosotros el Espíritu Santo con sus dones y nos convirtamos así en testigos valientes de Cristo y de su Evangelio.

(VIS