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Discurso del Papa Francisco en el Encuentro con los Misioneros de la Misericordia

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Discurso del Papa Francisco

Queridos misioneros,

Bienvenidos, gracias, y espero que los que hayan sido nombrados obispos no hayan perdido la capacidad de “misericordiar”. Es importante.

Para mí es una alegría encontraros después de la hermosa experiencia del Jubileo de la Misericordia. Como sabéis, al final de ese Jubileo extraordinario vuestro ministerio debería haber terminado. Y, sin embargo, reflexionando sobre el gran servicio que habéis prestado a la Iglesia, y sobre cuánto bien habéis hecho  a muchos creyentes a través de vuestra predicación y especialmente con la celebración del sacramento de la Reconciliación, he pensado que era apropiado que vuestro mandato pudiera ser prolongado durante algún un tiempo. He recibido muchos testimonios de conversiones surgidas a través de vuestro servicio. Y sois testigos de ello. Debemos reconocer verdaderamente que la misericordia de Dios no conoce fronteras y con vuestro ministerio sois un signo concreto de que la Iglesia no puede, no debe y no quiere crear ninguna barrera o dificultad que impida el acceso al perdón del Padre. El “hijo pródigo” no tuvo que pasar por la aduana: fue acogido por el Padre, sin obstáculos. Continue reading “Discurso del Papa Francisco en el Encuentro con los Misioneros de la Misericordia”

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Mensaje del Santo Padre Francisco para la Jornada Mundial de las Misiones 2016

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Iglesia misionera, testigo de misericordia

Queridos hermanos y hermanas:

El Jubileo extraordinario de la Misericordia, que la Iglesia está celebrando, ilumina también de modo especial la Jornada Mundial de las Misiones 2016: nos invita a ver la misión ad gentes como una grande e inmensa obra de misericordia tanto espiritual como material. En efecto, en esta Jornada Mundial de las Misiones, todos estamos invitados a «salir», como discípulos misioneros, ofreciendo cada uno sus propios talentos, su creatividad, su sabiduría y experiencia en llevar el mensaje de la ternura y de la compasión de Dios a toda la familia humana. En virtud del mandato misionero, la Iglesia se interesa por los que no conocen el Evangelio, porque quiere que todos se salven y experimenten el amor del Señor. Ella «tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio» (Bula Misericordiae vultus, 12), y de proclamarla por todo el mundo, hasta que llegue a toda mujer, hombre, anciano, joven y niño.

La misericordia hace que el corazón del Padre sienta una profunda alegría cada vez que encuentra a una criatura humana; desde el principio, él se dirige también con amor a las más frágiles, porque su grandeza y su poder se ponen de manifiesto precisamente en su capacidad de identificarse con los pequeños, los descartados, los oprimidos (cf. Dt 4,31; Sal 86,15; 103,8; 111,4). Él es el Dios bondadoso, atento, fiel; se acerca a quien pasa necesidad para estar cerca de todos, especialmente de los pobres; se implica con ternura en la realidad humana del mismo modo que lo haría un padre y una madre con sus hijos (cf.Jr 31,20). El término usado por la Biblia para referirse a la misericordia remite al seno materno: es decir, al amor de una madre a sus hijos, esos hijos que siempre amará, en cualquier circunstancia y pase lo que pase, porque son el fruto de su vientre. Este es también un aspecto esencial del amor que Dios tiene a todos sus hijos, especialmente a los miembros del pueblo que ha engendrado y que quiere criar y educar: en sus entrañas, se conmueve y se estremece de compasión ante su fragilidad e infidelidad (cf. Os 11,8). Y, sin embargo, él es misericordioso con todos, ama a todos los pueblos y es cariñoso con todas las criaturas (cf. Sal 144.8-9).

La manifestación más alta y consumada de la misericordia se encuentra en el Verbo encarnado. Él revela el rostro del Padre rico en misericordia, «no sólo habla de ella y la explica usando semejanzas y parábolas, sino que además, y ante todo, él mismo la encarna y personifica» (Juan Pablo II, Enc. Dives in misericordia, 2). Con la acción del Espíritu Santo, aceptando y siguiendo a Jesús por medio del Evangelio y de los sacramentos, podemos llegar a ser misericordiosos como nuestro Padre celestial, aprendiendo a amar como él nos ama y haciendo que nuestra vida sea una ofrenda gratuita, un signo de su bondad (cf. Bula Misericordiae vultus, 3). La Iglesia es, en medio de la humanidad, la primera comunidad que vive de la misericordia de Cristo: siempre se siente mirada y elegida por él con amor misericordioso, y se inspira en este amor para el estilo de su mandato, vive de él y lo da a conocer a la gente en un diálogo respetuoso con todas las culturas y convicciones religiosas.

Muchos hombres y mujeres de toda edad y condición son testigos de este amor de misericordia, como al comienzo de la experiencia eclesial. La considerable y creciente presencia de la mujer en el mundo misionero, junto a la masculina, es un signo elocuente del amor materno de Dios. Las mujeres, laicas o religiosas, y en la actualidad también muchas familias, viven su vocación misionera de diversas maneras: desde el anuncio directo del Evangelio al servicio de caridad. Junto a la labor evangelizadora y sacramental de los misioneros, las mujeres y las familias comprenden mejor a menudo los problemas de la gente y saben afrontarlos de una manera adecuada y a veces inédita: en el cuidado de la vida, poniendo más interés en las personas que en las estructuras y empleando todos los recursos humanos y espirituales para favorecer la armonía, las relaciones, la paz, la solidaridad, el diálogo, la colaboración y la fraternidad, ya sea en el ámbito de las relaciones personales o en el más grande de la vida social y cultural; y de modo especial en la atención a los pobres.

En muchos lugares, la evangelización comienza con la actividad educativa, a la que el trabajo misionero le dedica esfuerzo y tiempo, como el viñador misericordioso del Evangelio (cf. Lc 13.7-9; Jn 15,1), con la paciencia de esperar el fruto después de años de lenta formación; se forman así personas capaces de evangelizar y de llevar el Evangelio a los lugares más insospechados. La Iglesia puede ser definida «madre», también por los que llegarán un día a la fe en Cristo. Espero, pues, que el pueblo santo de Dios realice el servicio materno de la misericordia, que tanto ayuda a que los pueblos que todavía no conocen al Señor lo encuentren y lo amen. En efecto, la fe es un don de Dios y no fruto del proselitismo; crece gracias a la fe y a la caridad de los evangelizadores que son testigos de Cristo. A los discípulos de Jesús, cuando van por los caminos del mundo, se les pide ese amor que no mide, sino que tiende más bien a tratar a todos con la misma medida del Señor; anunciamos el don más hermoso y más grande que él nos ha dado: su vida y su amor.

Todos los pueblos y culturas tienen el derecho a recibir el mensaje de salvación, que es don de Dios para todos. Esto es más necesario todavía si tenemos en cuenta la cantidad de injusticias, guerras, crisis humanitarias que esperan una solución. Los misioneros saben por experiencia que el Evangelio del perdón y de la misericordia puede traer alegría y reconciliación, justicia y paz. El mandato del Evangelio: «Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado» (Mt 28,19-20) no está agotado, es más, nos compromete a todos, en los escenarios y desafíos actuales, a sentirnos llamados a una nueva «salida» misionera, como he señalado también en la Exhortación apostólicaEvangelii gaudium: «Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio» (20).

En este Año jubilar se cumple precisamente el 90 aniversario de la Jornada Mundial de las Misiones, promovida por la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe y aprobada por el Papa Pío XI en 1926. Por lo tanto, considero oportuno volver a recordar la sabias indicaciones de mis predecesores, los cuales establecieron que fueran destinadas a esta Obra todas las ofertas que las diócesis, parroquias, comunidades religiosas, asociaciones y movimientos eclesiales de todo el mundo pudieran recibir para auxiliar a las comunidades cristianas necesitadas y para fortalecer el anuncio del Evangelio hasta los confines de la tierra. No dejemos de realizar también hoy este gesto de comunión eclesial misionera. No permitamos que nuestras preocupaciones particulares encojan nuestro corazón, sino que lo ensachemos para que abarque a toda la humanidad.

Que Santa María, icono sublime de la humanidad redimida, modelo misionero para la Iglesia, enseñe a todos, hombres, mujeres y familias, a generar y custodiar la presencia viva y misteriosa del Señor Resucitado, que renueva y colma de gozosa misericordia las relaciones entre las personas, las culturas y los pueblos

Vaticano, 15 de mayo de 2016
Solemnidad de Pentecostés

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Palabras del Santo Padre Francisco al rezo del Regina Coeli (28.03.2016)

francisco_angelusLunes 28 de marzo de 2016

LUNES DE LA OCTAVA DE PASCUA

Queridos hermanos y hermanas:

En este Lunes después de Pascua, llamado «Lunes del Ángel», nuestros corazones todavía están llenos de la alegría de la Pascua. Tras el tiempo de Cuaresma, tiempo de penitencia y de conversión, que la Iglesia ha vivido con particular intensidad en este Año Santo de la Misericordia, tras las atrayentes celebraciones del Santo Triduo; nos encontramos hoy ante la tumba vacía de Jesús, y meditamos con estupor y gratitud el gran misterio de la resurrección del Señor.

La vida ha vencido a la muerte. ¡La misericordia y el amor han vencido sobre el pecado! Existe la necesidad de la fe y la esperanza de abrir este nuevo horizonte maravilloso. Y nosotros sabemos que la fe y la esperanza son un don Dios, y debemos decirle: “Señor, dame fe y dame esperanza. ¡Tenemos tanta necesidad!”.  Dejémonos impregnar por las emociones que resuenan en la secuencia de Pascua: «Sabemos por tu gracia que estás resucitado». ¡El Señor está resucitado en medio de nosotros! Esta verdad marcó de modo indeleble la vida de los Apóstoles, que después de la resurrección, sintieron una vez más la necesidad de seguir a su Maestro y, recibido el Espíritu Santo, fueron sin miedo a anunciar a cada uno lo que habían visto con sus propios ojos y los que habían experimentado personalmente.

En este Año jubilar estamos llamados a redescubrir y a acoger con especial intensidad el consolador anuncio de la resurrección: «Resucitó de veras mi amor y mi esperanza». Si Cristo ha resucitado, podemos mirar con ojos y con corazón nuevos todo acontecimiento de nuestra vida, también los más negativos. Los momentos de oscuridad, de fracaso y de pecado pueden transformase y anunciar un camino nuevo. Cuando hemos tocado el fondo de nuestra miseria y de nuestra debilidad, Cristo resucitado nos da la fuerza para volvernos a levantar. Si nos encomendamos a Él, su gracia nos salva. El Señor crucificado y resucitado es la revelación plena de la misericordia, presente y activa en la historia. He aquí el mensaje pascual que resuena aún hoy y que resonará durante todo el tiempo de Pascua hasta Pentecostés.

Testimonio silencioso de los acontecimientos de la pasión y de la resurrección de Jesús fue María. Ella estaba de pie junto a la cruz: no se dobla frente al dolor, pero su fe se ha hecho más fuerte. En su corazón roto de madre siempre ha estado la llama de la esperanza. Le pedimos que nos ayude también a nosotros a acoger en plenitud el anuncio pascual de la resurrección, para encarnarlo en lo concreto de nuestra vida cotidiana.

Que la Virgen María nos otorgue la certeza de fe, para que cada paso sufrido de nuestro camino, iluminado por la luz de la Pascua, sea bendición y alegría para nosotros y para los demás, en especial para los que sufren a causa del egoísmo y de la indiferencia.

Invoquémosla, por lo tanto  con fe y devoción, con el Regina Caeli, la oración que sustituye al Ángelus durante todo el tiempo de Pascua.

Regina Caeli…


 

LLAMAMIENTO

Queridos hermanos y hermanas:

Ayer, en el centro de Pakistán, la Santa Pascua ha sido ensangrentada por un execrable atentado, que ha provocado una matanza de tantas personas inocentes, en su mayoría familias de la minoría  cristiana –especialmente mujeres y niños– reunidas en un parque público para trascurrir con alegría la festividad pascual. Deseo manifestar mi cercanía a cuantos han sido golpeados por este crimen vil e insensato, e invito a rezar al Señor por las numerosas víctimas y por sus seres queridos. Hago un llamamiento a las Autoridades civiles y a todos los componentes sociales de aquella nación, a fin de que realicen todos los esfuerzos para volver a dar seguridad y serenidad a la población y, de modo especial, a las minorías religiosas más vulnerables. Repito una vez más que la violencia y el odio homicida sólo conducen al dolor y a la destrucción; el respeto y la fraternidad son el único camino para llegar a la paz. Que la Pascua del Señor suscite en nosotros, de manera aún más fuerte, la oración a Dios a fin de que se detengan las manos de los violentos, que siembran terror y muerte, y para que en el mundo puedan reinar el amor, la justicia y la reconciliación. Oremos todos por los fallecidos en este atentado, por sus familiares, por las minorías cristianas y étnicas de aquella nación: Ave María…


SALUDOS

En esta prolongación del clima pascual, os saludo cordialmente a todos vosotros, peregrinos venidos de Italia y de diversas partes del mundo para participar en este momento de oración. Acordaos siempre de esa bella expresión de la Liturgia: “Resucitó de veras mi amor y mi esperanza”.

A cada uno os deseo que transcurra con alegría y serenidad esta Semana en la que se prolonga la alegría de la Resurrección de Cristo. Nos hará bien, para vivir más intensamente este período, leer cada día un pasaje del Evangelio en el que se habla del evento de la Resurrección. En cinco minutos, no más, se puede leer un pasaje del Evangelio. ¡Recordad esto!

¡Feliz y Santa Pascua a todos! Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Buon pranzo e arrivederci!


Traducción de Iglesiaactualidad a partir del texto original en italiano distribuido por la Oficina de Prensa de la Santa Sede.

Mensaje ‘Urbi et Orbi’ del Santo Padre Francisco para la Pascua 2016

fran27032016Domingo 27 de marzo de 2016

«Dad gracias al Señor porque es bueno
porque es eterna su misericordia» (Sal 135, 1)

Queridos hermanos y hermanas, ¡Feliz Pascua!

Jesucristo, encarnación de la misericordia de Dios, ha muerto en cruz por amor, y por amor ha resucitado. Por eso hoy proclamamos: ¡Jesús es el Señor!

Su resurrección cumple plenamente la profecía del Salmo: «La misericordia de Dios es eterna», su amor es para siempre, nunca muere. Podemos confiar totalmente en él, y le damos gracias porque ha descendido por nosotros hasta el fondo del abismo.

Ante las simas espirituales y morales de la humanidad, ante al vacío que se crea en el corazón y que provoca odio y muerte, solamente una infinita misericordia puede darnos la salvación. Sólo Dios puede llenar con su amor este vacío, estas fosas, y hacer que no nos hundamos, y que podamos seguir avanzando juntos hacia la tierra de la libertad y de la vida.

El anuncio gozoso de la Pascua: Jesús, el crucificado, «no está aquí, ¡ha resucitado!» (Mt 28, 6), nos ofrece la certeza consoladora de que se ha salvado el abismo de la muerte y, con ello, ha quedado derrotado el luto, el llanto y la angustia (cf. Ap 21,4). El Señor, que sufrió el abandono de sus discípulos, el peso de una condena injusta y la vergüenza de una muerte infame, nos hace ahora partícipes de su vida inmortal, y nos concede su mirada de ternura y compasión hacia los hambrientos y sedientos, los extranjeros y los encarcelados, los marginados y descartados, las víctimas del abuso y la violencia. El mundo está lleno de personas que sufren en el cuerpo y en el espíritu, mientras que las crónicas diarias están repletas de informes sobre delitos brutales, que a menudo se cometen en el ámbito doméstico, y de conflictos armados a gran escala que someten a poblaciones enteras a pruebas indecibles.

Cristo resucitado indica caminos de esperanza a la querida Siria, un país desgarrado por un largo conflicto, con su triste rastro de destrucción, muerte, desprecio por el derecho humanitario y la desintegración de la convivencia civil. Encomendamos al poder del Señor resucitado las conversaciones en curso, para que, con la buena voluntad y la cooperación de todos, se puedan recoger frutos de paz y emprender la construcción una sociedad fraterna, respetuosa de la dignidad y los derechos de todos los ciudadanos. Que el mensaje de vida, proclamado por el ángel junto a la piedra removida del sepulcro, aleje la dureza de nuestro corazón y promueva un intercambio fecundo entre pueblos y culturas en las zonas de la cuenca del Mediterráneo y de Medio Oriente, en particular en Irak, Yemen y Libia. Que la imagen del hombre nuevo, que resplandece en el rostro de Cristo, fomente la convivencia entre israelíes y palestinos en Tierra Santa, así como la disponibilidad paciente y el compromiso cotidiano de trabajar en la construcción de los cimientos de una paz justa y duradera a través de negociaciones directas y sinceras. Que el Señor de la vida acompañe los esfuerzos para alcanzar una solución definitiva de la guerra en Ucrania, inspirando y apoyando también las iniciativas de ayuda humanitaria, incluida la de liberar a las personas detenidas.

Que el Señor Jesús, nuestra paz (cf. Ef 2, 14), que con su resurrección ha vencido el mal y el pecado, avive en esta fiesta de Pascua nuestra cercanía a las víctimas del terrorismo, esa forma ciega y brutal de violencia que no cesa de derramar sangre inocente en diferentes partes del mundo, como ha ocurrido en los recientes atentados en Bélgica, Turquía, Nigeria, Chad, Camerún y Costa de Marfil; que lleve a buen término el fermento de esperanza y las perspectivas de paz en África; pienso, en particular, en Burundi, Mozambique, la República Democrática del Congo y en el Sudán del Sur, lacerados por tensiones políticas y sociales.

Dios ha vencido el egoísmo y la muerte con las armas del amor; su Hijo, Jesús, es la puerta de la misericordia, abierta de par en par para todos. Que su mensaje pascual se proyecte cada vez más sobre el pueblo venezolano, en las difíciles condiciones en las que vive, así como sobre los que tienen en sus manos el destino del país, para que se trabaje en pos del bien común, buscando formas de diálogo y colaboración entre todos. Y que se promueva en todo lugar la cultura del encuentro, la justicia y el respeto recíproco, lo único que puede asegurar el bienestar espiritual y material de los ciudadanos.

El Cristo resucitado, anuncio de vida para toda la humanidad que reverbera a través de los siglos, nos invita a no olvidar a los hombres y las mujeres en camino para buscar un futuro mejor. Son una muchedumbre cada vez más grande de emigrantes y refugiados —incluyendo muchos niños— que huyen de la guerra, el hambre, la pobreza y la injusticia social. Estos hermanos y hermanas nuestros, encuentran demasiado a menudo en su recorrido la muerte o, en todo caso, el rechazo de quien podrían ofrecerlos hospitalidad y ayuda. Que la cita de la próxima Cumbre Mundial Humanitaria no deje de poner en el centro a la persona humana, con su dignidad, y desarrollar políticas capaces de asistir y proteger a las víctimas de conflictos y otras situaciones de emergencia, especialmente a los más vulnerables y los que son perseguidos por motivos étnicos y religiosos.

Que, en este día glorioso, «goce también la tierra, inundada de tanta claridad» (Pregón pascual), aunque sea tan maltratada y vilipendiada por una explotación ávida de ganancias, que altera el equilibrio de la naturaleza. Pienso en particular a las zonas afectadas por los efectos del cambio climático, que en ocasiones provoca sequía o inundaciones, con las consiguientes crisis alimentarias en diferentes partes del planeta.

Con nuestros hermanos y hermanas perseguidos por la fe y por su fidelidad al nombre de Cristo, y ante el mal que parece prevalecer en la vida de tantas personas, volvamos a escuchar las palabras consoladoras del Señor: «No tengáis miedo. ¡Yo he vencido al mundo!» (Jn 16, 33). Hoy es el día brillante de esta victoria, porque Cristo ha derrotado a la muerte y su resurrección ha hecho resplandecer la vida y la inmortalidad (cf. 2 Tm 1, 10). «Nos sacó de la esclavitud a la libertad, de la tristeza a la alegría, del luto a la celebración, de la oscuridad a la luz, de la servidumbre a la redención. Por eso decimos ante él: ¡Aleluya!» (Melitón de Sardes, Homilía Pascual).

A quienes en nuestras sociedades han perdido toda esperanza y el gusto de vivir, a los ancianos abrumados que en la soledad sienten perder vigor, a los jóvenes a quienes parece faltarles el futuro, a todos dirijo una vez más las palabras del Señor resucitado: «Mira, hago nuevas todas las cosas… al que tenga sed yo le daré de la fuente del agua de la vida gratuitamente» (Ap 21, 5-6). Que este mensaje consolador de Jesús nos ayude a todos nosotros a reanudar con mayor vigor la construcción de caminos de reconciliación con Dios y con los hermanos.

Mensaje del Papa Francisco para la Jornada Mundial de las Misiones 2015

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Queridos hermanos y hermanas:

La Jornada Mundial de las Misiones 2015 tiene lugar en el contexto del Año de la Vida Consagrada, y recibe de ello un estímulo para la oración y la reflexión. De hecho, si todo bautizado está llamado a dar testimonio del Señor Jesús proclamando la fe que ha recibido como un don, esto es particularmente válido para la persona consagrada, porque entre la vida consagrada y la misiónsubsiste un fuerte vínculo. El seguimiento de Jesús, que ha dado lugar a la aparición de la vida consagrada en la Iglesia, responde a la llamada a tomar la cruz e ir tras él, a imitar su dedicación al Padre y sus gestos de servicio y de amor, a perder la vida para encontrarla. Y dado que toda la existencia de Cristo tiene un carácter misionero, los hombres y las mujeres que le siguen más de cerca asumen plenamente este mismo carácter.

La dimensión misionera, al pertenecer a la naturaleza misma de la Iglesia, estambién intrínseca a toda forma de vida consagrada, y no puede ser descuidada sin que deje un vacío que desfigure el carisma. La misión no es proselitismo o mera estrategia; la misión es parte de la “gramática” de la fe, es algo imprescindible para aquellos que escuchan la voz del Espíritu que susurra “ven” y “ve”. Quién sigue a Cristo se convierte necesariamente en misionero, y sabe que Jesús «camina con él, habla con él, respira con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 266).

La misión es una pasión por Jesús pero, al mismo tiempo, es una pasión por su pueblo. Cuando nos detenemos ante Jesús crucificado, reconocemos todo su amor que nos dignifica y nos sostiene; y en ese mismo momento percibimos que ese amor, que nace de su corazón traspasado, se extiende a todo el pueblo de Dios y a la humanidad entera; Así redescubrimos que él nos quiere tomar como instrumentos para llegar cada vez más cerca de su pueblo amado (cf. ibid., 268) y de todos aquellos que lo buscan con corazón sincero. En el mandato de Jesús: “id” están presentes los escenarios y los desafíos siempre nuevos de la misión evangelizadora de la Iglesia. En ella todos están llamados a anunciar el Evangelio a través del testimonio de la vida; y de forma  especial se pide a los consagrados que escuchen la voz del Espíritu, que los llama a ir a las grandes periferias de la misión, entre las personas a las que aún no ha llegado todavía el Evangelio.

El quincuagésimo aniversario del Decreto conciliar Ad gentes nos invita a releer y meditar este documento que suscitó un fuerte impulso misionero en los Institutos de Vida Consagrada. En las comunidades contemplativas retomó luz y elocuencia la figura de santa Teresa del Niño Jesús, patrona de las misiones, como inspiradora del vínculo íntimo de la vida contemplativa con la misión. Para muchas congregaciones religiosas de vida activa el anhelo misionero que surgió del Concilio Vaticano II se puso en marcha con una apertura extraordinaria a la misión ad gentes, a menudo acompañada por la acogida de hermanos y hermanas provenientes de tierras y culturas encontradas durante la evangelización, por lo que hoy en día se puede hablar de una interculturalidad generalizada en la vida consagrada. Precisamente por esta razón, es urgente volver a proponer el ideal de la misión en su centro: Jesucristo, y en su exigencia: la donación total de sí mismo a la proclamación del Evangelio. No puede haber ninguna concesión sobre esto: quién, por la gracia de Dios, recibe la misión, está llamado a vivir la misión. Para estas personas, el anuncio de Cristo, en las diversas periferias del mundo, se convierte en la manera de vivir el seguimiento de él y recompensa los muchos esfuerzos  y privaciones. Cualquier tendencia a desviarse de esta vocación, aunque sea acompañada por nobles motivos relacionados con la muchas necesidades pastorales, eclesiales o humanitarias, no está en consonancia con el llamamiento personal del Señor al servicio del Evangelio. En los Institutos misioneros los formadores están llamados tanto a indicar clara y honestamente esta perspectiva de vida y de acción como a actuar con autoridad en el discernimiento de las vocaciones misioneras auténticas. Me dirijo especialmentea los jóvenes, que siguen siendo capaces de dar testimonios valientes y de realizar hazañas generosas a veces contra corriente: no dejéis que os roben el sueño de una misión auténtica, de un seguimiento de Jesús que implique la donación total de sí mismo. En el secreto de vuestra conciencia, preguntaos cuál es la razón por la que habéis elegido la vida religiosa misionera y medid la disposición a aceptarla por lo que es: un don de amor al servicio del anuncio del Evangelio, recordando que, antes de ser una necesidad para aquellos que no lo conocen, el anuncio del Evangelio es una necesidad para los que aman al Maestro.

Hoy, la misión se enfrenta al reto de respetar la necesidad de todos los pueblos de partir de sus propias raíces y de salvaguardar los valores de las respectivas culturas. Se trata de conocer y respetar otras tradiciones y sistemas filosóficos, y reconocer a cada pueblo y cultura el derecho de hacerse ayudar por su propia tradición en la inteligencia del misterio de Dios y en la acogida del Evangelio de Jesús, que es luz para las culturas y fuerza transformadora de las mismas.

Dentro de esta compleja dinámica, nos preguntamos: “¿Quiénes son los destinatarios privilegiados del anuncio evangélico?” La respuesta es clara y la encontramos en el mismo Evangelio:  los pobres, los pequeños, los enfermos, aquellos que a menudo son despreciados y olvidados, aquellos que no tienen como pagarte (cf. Lc 14,13-14). La evangelización, dirigida preferentemente a ellos, es signo del Reino que Jesús ha venido a traer: «Existe un vínculo inseparable entre nuestra fe y los pobres. Nunca los dejemos solos» (Exhort. ap.Evangelii gaudium, 48). Esto debe estar claro especialmente para las personas que abrazan la vida consagrada misionera: con el voto de pobreza se escoge seguir a Cristo en esta preferencia suya, no ideológicamente, sino comoél, identificándose con los pobres, viviendo como ellos en la precariedad de la vida cotidiana y en la renuncia de todo poder para convertirse en hermanos y hermanas de los últimos, llevándoles el testimonio de la alegría del Evangelio y la expresión de la caridad de Dios.

Para vivir el testimonio cristiano y los signos del amor del Padre entre los pequeños y los pobres, las personas consagradas están llamadas a promover, en el servicio de la misión, la presencia de los fieles laicos. Ya  el Concilio Ecuménico Vaticano II afirmaba: «Los laicos cooperan a la obra de evangelización de la Iglesia y participan de su misión salvífica a la vez como testigos y como instrumentos vivos» (Ad gentes, 41). Es necesario que los misioneros consagrados se abran cada vez con mayor valentía a aquellos que están dispuestos a colaborar con ellos, aunque sea por un tiempo limitado, para una experiencia sobre el terreno. Son hermanos y hermanas que quieren compartir la vocación misionera inherente al Bautismo. Las casas y las estructuras de las misiones son lugares naturales para su acogida y su apoyo humano, espiritual y apostólico.

Las Instituciones y Obras misioneras de la Iglesia están totalmente al servicio de los que no conocen el Evangelio de Jesús. Para lograr eficazmente este objetivo, estas necesitan los carismas y el compromiso misionero de los consagrados, pero también, los consagrados, necesitan una estructura de servicio, expresión de la preocupación del Obispo de Roma para asegurar la koinonía, de forma que la colaboración y la sinergia sean una parte integral del testimonio misionero. Jesús ha puesto la unidad de los discípulos, como condición para que el mundo crea (cf.Jn 17,21). Esta convergencia no equivale a una sumisión jurídico-organizativa a organizaciones institucionales, o a una mortificación de la fantasía del Espíritu que suscita la diversidad, sino que significa dar más eficacia al mensaje del Evangelio y promover aquella unidad de propósito que es también  fruto del Espíritu.

La Obra Misionera del Sucesor de Pedro tiene un horizonte apostólico universal. Por ello también necesita de los múltiples carismas de la vida consagrada, para abordar al vasto horizonte de la evangelización y para poder garantizar una adecuada presencia en las fronteras y territorios alcanzados.

Queridos hermanos y hermanas, la pasión del misionero es el Evangelio. San Pablo podía afirmar: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1 Cor 9,16). El Evangelio es fuente de alegría, de liberación y de salvación para todos los hombres. La Iglesia es consciente de este don, por lo tanto, no se cansa de proclamar sin cesar a todos «lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos» (1 Jn 1,1). La misión de los servidores de la Palabra – obispos, sacerdotes, religiosos y laicos – es la de poner a todos, sin excepción, en una relación personal con Cristo. En el inmenso campo de la acción misionera de la Iglesia, todo bautizado está llamado a vivir lo mejor posible su compromiso, según su situación personal. Una respuesta generosa a esta vocación universal la pueden ofrecer los consagrados y las consagradas, a través de una intensa vida de oración y de unión con el Señor y con su sacrificio redentor.

Mientras encomiendo a María, Madre de la Iglesia y modelo misionero, a todos aquellos que, ad gentes o en su propio territorio, en todos los estados de vida cooperan al  anuncio del Evangelio, os envío de todo corazón mi Bendición Apostólica.

Vaticano, 24 de mayo de 2015
Solemnidad de Pentecostés

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El Guardia Suizo es un cristiano con una fe genuina

fran04052015_guardiasuizaAudiencia del Papa a la Guardia Suiza Pontificia

4 de mayo de 2015.- ”Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por sus amigos”. En la historia de la Iglesia, muchos hombres y mujeres han aceptado la llamada de este gran amor. Los Guardias Suizos que lucharon durante el saqueo de Roma y dieron su vida por la defensa de la Papa, siguieron esta llamada. Y responder con dedicación a esta llamada significa seguir a Cristo”, ha dicho el Santo Padre Francisco recibiendo esta mañana a los nuevos reclutas de la Guardia Suiza Pontificia que jurarán bandera pasado mañana, 6 de mayo.

”En los Ejercicios Espirituales San Ignacio de Loyola, que en su juventud había sido un soldado -relató Francisco- habla de la ”llamada del Rey”, es decir de Cristo, que quiere construir su reino y elige a sus colaboradores. El Señor quiere construir su Reino con la ayuda de los hombres. Y necesita personas decididas y valientes…Al mismo tiempo, Ignacio compara el mundo a dos campamentos militares, uno con el estandarte de Cristo y el otro con el estandarte de Satanás. Sólo hay estos dos campos. Para el cristiano, la elección está clara: sigue el estandarte de Cristo”.

”Cristo es el verdadero Rey. Él va adelante, y sus amigos lo siguen. Un soldado de Cristo participa en la vida de su Señor. Esta es también vuestra llamada: asumir las preocupaciones de Cristo, ser sus compañeros -subrayó el Pontífice- Así aprendéis día a día a ”sentir” con Cristo y con la Iglesia. Un Guardia Suizo es una persona que verdaderamente quiere seguir al Señor Jesús y que ama especialmente a la Iglesia; es un cristiano con una fe genuina. Todo esto, queridos jóvenes, como todos los cristianos, lo podéis vivir gracias a los sacramentos de la Iglesia, con la participación asidua en la misa y la confesión frecuente. Podéis vivirlo leyendo todos los días el Evangelio. Os digo también a vosotros lo que digo a todos: tened siempre a mano un pequeño Evangelio, para leerlo apenas tengáis un momento de tranquilidad. También os ayuda vuestra oración personal, especialmente el Rosario, durante las ”guardias de honor.” Y os ayuda el servicio a los pobres, a los enfermos, a los que necesitan una palabra buena”.

El Papa recordó que cuando los Guardias Suizos encuentran a la gente, a los peregrinos, les transmiten ”con su amabilidad y competencia este “gran amor” que viene de la amistad con Cristo. De hecho -exclamó- vosotros, los Guardias Suizos sois ¡un “cartel” de la Santa Sede! Os doy las gracias y os aliento a seguir siendo así”.

”Sé que vuestro servicio es arduo- concluyó- . Cuando hay tareas adicionales, siempre podemos contar con la Guardia Suiza. Os doy las gracias con afecto y os expreso mi gran aprecio por todo lo que hacéis por la Iglesia y por mí, como Sucesor de Pedro”.

(VIS)

Dante es un profeta de la esperanza, heraldo de la posibilidad del rescate, de la liberación

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Mensaje del Papa en el 750 aniversario del nacimiento de Dante

4 de mayo de 2015.- Se han abierto esta mañana, con la conmemoración en el Senado italiano, las manifestaciones que en todo el país celebrarán el 750 aniversario del nacimiento de Dante Alighieri (Florencia 1265- Rávena 1321), autor de ”La Divina Comedia”. El Santo Padre Francisco se ha unido con un mensaje -enviado al cardenal Gianfranco Ravasi, Presidente del Pontificio Consejo para la Cultura, también presente en el Aula- a la ceremonia presidida por el Presidente del Senado, Piero Grasso, en presencia del Presidente de la República, Sergio Mattarella, del ministro de Bienes Culturales, Dario Franceschini y durante la cual el actor Roberto Benigni ha leído el Canto XXXIII del Paraíso.

”Con este mensaje -escribe el Papa- me gustaría unirme al coro de los que consideran a Dante Alighieri un artista del valor universal más alto, que todavía tiene mucho que decir y que dar, a través de sus obras inmortales, a cuantos desean recorrer la senda del verdadero conocimiento, del auténtico descubrimiento de sí, del mundo, del sentido profundo y trascendente de la existencia”.

El Pontífice destaca que muchos de sus predecesores han celebrado los aniversarios de Dante con documentos de gran importancia, en que su figura se presentaba en toda su actualidad y su grandeza no sólo artistica, sino también teológica y cultural. Y cita entre ellos a Benedicto XV que le dedicó en el sexto centenario de la muerte, la encíclica ”En praeclara Summorum” (1921) en la que evidencia “la unión íntima de Dante con la Cátedra de Pedro”. Por su parte el beato Pablo VI dedicó a Dante, en la clausura del Concilio Vaticano II la Carta Apostólica ”Altissimi cantus”, donde afirmaba: ”¡Nuestro es Dante! Nuestro, queremos decir, de la fe católica”. También San Juan Pablo II y Benedicto XVI se han referido a menudo a las obras del gran poeta y lo han mencionado en repetidas ocasiones. Y el Papa Francisco afirma que en su primera encíclica ”Lumen Fidei”, se sirvió del ”inmenso patrimonio de imágenes, de símbolos, y valores que constituye la obra de Dante”.

En vísperas del Jubileo extraordinario de la Misericordia, el Santo Padre espera que a lo largo de este año la figura de Dante y su obra acompañen también este recorrido personal y comunitario. ”De hecho -señala- la Comedia se puede leer, como un gran itinerario, más aún como una verdadera peregrinación, sea personal que interior, tanto comunitaria,como eclesial, social o histórica. Es el paradigma de todo auténtico viaje en que la humanidad está llamada a salir de lo que Dante llama ”el parterre que nos vuelve tan feroces” para llegar a una nueva condición, marcada por la armonía, por la paz, la felicidad. Este es el horizonte de todo verdadero humanismo”.

”Dante es, por lo tanto, un profeta de la esperanza, heraldo de la posibilidad del rescate, de la liberación, del cambios profundo de cada hombre y mujer, de toda la humanidad. Nos invita una vez más a recuperar el sentido perdido u ofuscado de nuestro viaje humano y a esperar en volver a ver el horizonte luminoso donde brilla la dignidad plena de la persona humana. Honrando a Dante Alighieri, como Pablo VI nos invitó a hacer, nos enriqueceremos con su experiencia de cruzar las muchas selvas oscuras todavía diseminadas en nuestra tierra y cumplir felizmente nuestra peregrinación en la historia para alcanzar la meta soñada y deseada por todos los hombres: “el amor que mueve el sol y las demás estrellas”.

(VIS)