Ante el verano y las vacaciones todo cristiano ha de tener un plan de vida.

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El plan de vida, es un medio para alcanzar el fin

Procura atenerte a un plan de vida, con constancia: un rato de oración mental; la participación en la Santa Misa; acudir con frecuencia al Sacramento del Perdón; la visita a Jesús en el Sagrario; el rezo y la contemplación de los misterios del Santo Rosario, y tantas prácticas estupendas que tú conoces o puedes aprender.

Las normas del plan de vida no han de convertirse en normas rígidas, como compartimentos estancos; las normas señalan un itinerario flexible, acomodado a tu vida cotidiana, estudio, trabajo con los compañeros, relaciones sociales con tantas personas, vida de pastoral, etc., cosas todas estas que no has de descuidar, porque en esos quehaceres continúa tu encuentro con el Señor. Tu plan de vida ha de ser como ese guante que se adapta con perfección a la mano.

Lo importante no consiste en hacer muchas cosas; limítate con generosidad a las normas que puedas cumplir cada jornada, con ganas o sin ganas. Esas prácticas te llevarán, casi sin darte cuenta, a la oración contemplativa, pues brotarán de tu corazón más actos de amor al Señor, jaculatorias, acciones de gracias, actos de desagravio, comuniones espirituales. Y todo esto, mientras atiendes a tus obligaciones: al descolgar el teléfono, al ir a clase, al realizar una compra, al abrir o cerrar una puerta, al pasar ante una iglesia, al comenzar cualquier trabajo; al realizarlo y concluirlo; todo se lo ofrecerás al Señor.

La filiación divina consolida el plan de vida

Dios es un Padre lleno de ternura y de infinito amor al que hay que tratar con toda confianza. Tenemos un magnífico ejemplo en Santa Teresa de Liseux. Hay que afianzar el plan de vida por medio de la filiación divina, mediante las normas de piedad, que han de ser pocas, pero constantes.

La rutina es el sepulcro de la piedad

¿Son rutinarios unos verdaderos amigos? ¿lo son unos novios?…, en la vida interior hay épocas de sol y de cielos despejados, pero también aparece el crudo
invierno y noches oscuras, por este motivo, no podemos permitir que el trato con Jesucristo dependa de nuestro estado de ánimo, de nuestras ganas, de si tengo aridez o consolación, etc.

La vida de oración no se asienta en las ganas o en la sensiblería, sino en el amor, y se ama siempre, en los momentos de prueba y cuando todo marcha a las mil
maravillas. Por eso, en los momentos de nevada y de ventisca, unas prácticas de piedad sólidas serán nuestros puntos de apoyo para no desanimarnos. Nos estimularan a seguir en la tarea cotidiana, hasta que el Señor decida derretir los hielos de nuestra alma y la ilumine con el sol de su gracia.

Francisco Aurioles
(Iglesia en Jaca nº 1.323, 22 de julio 2012)

Extraído de http://www.iglesíaactualidad.wordpress.com

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