Reflexión para la Solemnidad de la Inmaculada Concepción

Gracias, Madre, por haber sido una mujer libre y liberada

Lunes 8 de diciembre de 2014

570ea-brauliorodriguez03María, la Virgen Inmaculada, no es un ser suprahumano, es la elegida para ser morada del Verbo, y ha sido preservada de aquel acto desastroso de Adán y Eva –pecado original lo llamamos- “en previsión de los méritos de Cristo Redentor” –como reza la definición del dogma- en razón de su propia vocación, de la llamada que Dios la dirigió y a la que respondió como nadie lo hizo. Más pura que Ella sólo Dios.

Por María llega a cumplimiento el plan del que nos ha “predestinado a ser su hijos adoptivos”. Se trata de una expresión paulina, que recoge una buena noticia: la vida del hombre y la mujer no ha sido abandonada a su suerte, ni está destinada a la nada; tiene un sentido: es vida de comunión con Dios, vida de plena libertad, en el amor, en la alabanza, en el amor.

Leyendo el evangelio de esta solemnidad de la Purísima, merecen particular atención dos expresiones del saludo del ángel Gabriel a María. Entrando en su presencia, la llama: “Llena de gracia”. El término griego de san Lucas literalmente significa “la agraciada”, la “llenada de gracia”, aunque ésta no sea expresión castellana, pero es que María está colmada de gracia. Lo cual quiere decir que  María es la criatura humana redimida por Dios de modo más radical, perfecto. Por eso es la más libre y la más feliz. Su inmaculada concepción es obra de la gracia del Redentor, que en Ella ofrece a todos, hombres y mujeres, la imagen y modelo de vocación de la humanidad.

Luego el ángel dice a María: “El Señor está contigo”. ¡Nada menos! Es una expresión del AT para decir que Dios ha estado siempre con su Pueblo en su caminar, aunque el Pueblo no siempre ha estado con su Dios. Frecuentemente se alejó, dudó, se sintió abandonado, llegando a preguntar: “¿Está Dios con nosotros, o no? (Ex 17,7b). Lo que dice el ángel a María es que Ella está siempre con el Señor, unida a Él en la medida que es posible a una criatura. No se trata de un momento, de gracia particular que luego se debilita; no, es una unión que se va haciendo más y más íntima.

A las palabras del ángel –indica el evangelista- María “se turbó”. Pero no es el temor que tuvo Adán, consciente de su pecado; se trata del sagrado temor ante la misteriosa realidad de Dios. ¿Y quién no? Es el sentimiento que invade tanto más a la criatura cuanto más pura es. Los que tenemos pecado casi no nos turbamos; nos hemos acostumbrado a Dios y nos asombramos de sus obras y de su amor. María comprende, en su perfecta humildad, la grandeza de la misión recibida, la gratuidad del don, la desproporción entre Dios y su criatura.

El sí que María da como respuesta resuena como la alabanza perfecta de la criatura, eco fiel del “aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad” (Sal 39, 8) con que el mismo Jesús se adhiere a la voluntad salvífica de Dios. En estas dos obediencias, la del Hijo y la de su Madre, se cumple el plan de salvación que parecía que iba a estropear el primer pecado.

En esta fiesta de la Inmaculada, queridos hermanos, quiera Dios que sintamos el deseo de acercarnos a nuestra Señora para que nos introduzca en el misterio de la virginidad, que es un misterio de silencio; en el misterio de su inocencia absoluta, que es un misterio de gozo. Justo lo que nosotros, cristianos de hoy, necesitamos.

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