discurso

Discurso del Santo Padre Francisco en el Jubileo de los rectores de santuarios y responsables de peregrinaciones

fran21012016Aula Pablo VI, Vaticano
Jueves 21 de enero de 2016

Queridos hermanos y hermanas:

Os acojo cordialmente a todos, trabajadores de las peregrinaciones a los santuarios. Peregrinar a los santuarios es una de las expresiones más elocuentes de la fe del pueblo de Dios, y manifiesta la piedad de generaciones de personas, que con sencillez han creído y se han encomendado a la intercesión de la Virgen María y de los Santos. Esta religiosidad popular es una forma genuina de evangelización, que necesita ser siempre promovida y valorada, sin minimizar su importancia.

Es curioso: el beato Pablo VI en la Evangelii nuntiandi, habla de la religiosidad popular, pero dice que es mejor llamarla “piedad popular”. Y después, el episcopado Latinoamericano en el documento de Aparecida da un paso más y habla de “espiritualidad popular”. Los tres conceptos son válidos, pero juntos.

En los santuarios, de hecho, nuestra gente vive su profunda espiritualidad, esa piedad que desde hace siglos ha plasmado la fe con devociones sencillas, pero muy significativas. Pensemos la intensidad, en algunos de estos lugares, de la oración a Cristo Crucificado, o la del Rosario, o el Vía Crucis…

Sería un error pensar que quien peregrina vive una espiritualidad no personal sino “de masa”. En realidad, la peregrinación lleva consigo la propia historia, la propia fe, luces y sombras de la propia vida. Cada uno lleva en el corazón un deseo especial y una oración particular. Quien entra en el santuario se siente enseguida en casa, acogido, comprendido y sostenido. Me gusta mucho la figura bíblica de Ana, la madre del profeta Samuel. Ella, en el templo de Silo, con el corazón lleno de tristeza rezaba al Señor para tener un hijo. El sacerdote Elí pensaba que estaba borracha y quería echarla (cfr 1 Sam 1,12-14). Ana representa bien muchas cosas que se pueden encontrar en nuestros santuarios. Los ojos fijos en el Crucifijo o en la imagen de la Virgen, una oración hecha con las lágrimas en los ojos, llena de confianza. El santuario es realmente un espacio privilegiado para encontrar al Señor y tocar con la mano su misericordia. Confesar en un santuario, es hacer experimentar tocar con la mano la misericordia de Dios.

Por esto la palabra clave que deseo subrayar hoy con vosotros es acogida: acoger a los peregrinos. Con la acogida, por así decir, “nos lo jugamos todo”. Una acogida afectuosa, festiva, cordial y paciente. ¡También es necesaria paciencia! Los Evangelios nos presentan a Jesús siempre acogedor hacia los otros que se acercan a Él, especialmente los enfermos, los pecadores, los marginados. Y recordamos su expresión: “Quien os acoge a vosotros me acoge a mí, y quien me acoge a mí acoge al que me ha mandado” (Mt 10,40). Jesús ha hablado de la acogida pero sobre todo la ha practicado. Cuando se nos dice que los pecadores –por ejemplo Mateo y Zaqueo– acogían a Jesús en su casa y a su mesa, es porque sobre todo ellos se habían sentido acogidos por Jesús, y esto había cambiado su vida. Es interesante que el Libro de los Hechos de los Apóstoles se concluye con la escena de san Pablo que, aquí en Roma, “acogía a todos los que acudían a él” (Hch 28,30).  Su casa, donde habitaba como prisionero, era el lugar donde anunciaba el Evangelio. La acogida es realmente determinante para la evangelización. A veces, basta simplemente una palabra, una sonrisa, para hacer que una persona se sienta acogida y querida.

El peregrino que llega al santuario a menudo está cansado, hambriento, sediento… Y muchas veces esta condición física afecta también a la interior. Por eso, esta persona necesita ser bien acogida tanto en el plano material como en el espiritual. Es importante que el peregrino que cruza el umbral del santuario se sienta tratado más que como un huésped, como un familiar. Debe sentirse en su casa, esperado, amado y mirado con ojos de misericordia. Sea quien sea, joven o anciano, rico o pobre, enfermo y probado o turista curioso, puede encontrar la acogida requerida, porque en cada uno está el corazón que busca a Dios, a veces sin darse cuenta plenamente. Hagamos que cada peregrino tenga la alegría de sentirse finalmente comprendido y amado. De esta manera, volviendo a casa sentirá nostalgia por lo que ha experimentado y tendrá el deseo de volver, pero sobre todo querrá continuar el camino de fe en su vida ordinaria.

Una acogida del todo particular es la que ofrecen los ministros del perdón de Dios. El santuario es la casa del perdón, donde cada uno se encuentra con la ternura del Padre que tiene misericordia de todos, sin excluir a nadie. Quien se acerca al confesionario lo hace porque está arrepentido, está arrepentido de su pecado. Siente la necesidad de acercarse allí. Percibe claramente que Dios no lo condena, sino que lo acoge y lo abraza, como el padre del hijo pródigo, para devolverle la dignidad filial (cfr Lc 15,20-24). Los sacerdotes que desarrollan un ministerio en los santuarios deben tener el corazón impregnado de misericordia, su actitud debe ser la de un padre.

Queridos hermanos y hermana, vivamos con fe y con alegría este Jubileo: vivámoslo como una única gran peregrinación. Vosotros, de forma especial, vivís vuestro servicio como una obra de misericordia corporal y espiritual. Por eso os aseguro mi oración, por intercesión de María nuestra Madre. Y vosotros, por favor, con vuestra oración, acompañadme también a mí en mi peregrinación. Gracias.

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