Audiencias de los miercoles

Mensajeros de paz para un mundo que tiene hambre y sed de justicia

francisco_audiencia
14 de diciembre de 2016.-
La audiencia general de esta mañana se ha celebrado a las 9.40 horas en el Aula Pablo VI donde el Santo Padre Francisco se ha reunido con peregrinos y fieles provenientes de Italia y de todas las partes del mundo.

En el discurso en italiano el Papa, continuando con el nuevo ciclo de catequesis sobre la esperanza cristiana, ha centrado su meditación sobre Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que proclama la paz… (cfr Is 52, 7.9-10).

Tras haber resumido su catequesis en distintos idiomas, el Santo Padre ha dirigido saludos particulares a los grupos de fieles presentes.

La audiencia general ha concluido con el canto del Pater Noster y la Bendición Apostólica.

Catequesis del Santo Padre
[texto original: italiano – traducción: Iglesiaactualidad]

Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

Nos estamos acercando a la Navidad, y el profeta Isaías nos ayuda a abrirnos a la esperanza acogiendo la Buena Noticia de la venida de la salvación.

El capítulo 52 de Isaías comienza con la invitación dirigida a Jerusalén para que se despierte, se quite de encima el polvo y las cadenas y se revista con los vestidos más bellos, porque el Señor ha venido a liberar a su pueblo (vv. 1-3). Y añade: «Mi pueblo reconocerá mi nombre. Un día sabrá que era yo quien decía “Estoy aquí”» (v. 6).

A este “Estoy aquí” dicho por Dios, que resume toda su voluntad de salvación y de acercarse a nosotros, responde el canto de gloria de Jerusalén, según la invitación del profeta. Es un momento histórico muy importante. Es el fin del exilio de Babilonia, es la posibilidad para Israel de volver a Dios y, en la fe encontrarse a sí mismo. El Señor está cerca, y el “pequeño resto”, es decir, el pequeño pueblo que en tras exilio ha resistido en la fe, que ha atravesado la crisis y ha continuado creyendo y esperando incluso en medio de la oscuridad, aquel “pequeño resto” podrá ver las maravillas de Dios.

En este punto, el profeta introduce un canto de júbilo:

«¡Qué hermosos son sobre los montes
los pies del mensajero que proclama la paz,
que anuncia la buena noticia,
que pregona la justicia,
que dice a Sión: «¡Tu Dios reina!».
[…]
Romped a cantar a coro,
ruinas de Jerusalén,
porque el Señor ha consolado a su pueblo,
ha rescatado a Jerusalén.
Ha descubierto el Señor su santo brazo
a los ojos de todas las naciones,
y verán los confines de la tierra
la salvación de nuestro Dios» (Is 52,7.9-10).

Estas palabras de Isaías, sobre las cuales queremos detenernos un poco, hacen referencia al milagro de la paz, y lo hacen de un modo particular, poniendo la mirada no sobre el mensajero, sino sobre sus pies que corren veloces: «Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero…».

Parece el esposo del Cantar de los Cantares que corre hacia su amada: «Aquí llega, saltando por los montes, brincando por las colinas» (Cant 2,8). También así, el mensajero de la paz corre, llevando la buena noticia de liberación, de salvación, y proclamando que Dios reina.

Dios no ha abandonado a su pueblo y no se ha dejado derrotar por el mal, porque Él es fiel, y su gracia es más grande que el pecado. Esto debemos aprenderlo, porque nosotros somos testarudos y no lo aprendemos. Pero yo hago esta pregunta: ¿quién es más grande, Dios o el pecado? Dios. Y, ¿quién vence al final? ¿Dios o el pecado? Dios. Él es capaz de vencer el pecado más grave, más vergonzoso, más terrible, el peor de los pecados. ¿Con qué armas vence Dios al pecado? ¡Con el amor! Este es lo que quiere decir que “Dios reina”; son estas las palabras de la fe en un Señor cuya poder se inclina hacia la humanidad, se abaja, para ofrecer misericordia y liberar al hombre de lo que desfigura en él la imagen bella de Dios, porque cuando estamos en pecado la imagen de Dios se desfigura. Y el cumplimiento de tanto amor será justamente el Reino instaurado por Jesús, aquel Reino de perdón y de paz que nosotros celebramos con la Navidad y que se realiza definitivamente en la Pascua. Y la alegría más hermosa de la Navidad es aquella alegría interior de paz: el Señor ha cancelado mis pecados, el Señor me ha perdonado, el Señor ha tenido misericordia de mí, ha venido a salvarme. ¡Ésta es la alegría de la Navidad!

Estos son, hermanos y hermanas, los motivos de nuestra esperanza. Cuando todo parece acabado, cuando, frente a tanta realidad negativa, la fe se hace difícil y viene la tentación de decir que nada tiene sentido, aquí está en cambio la bella noticia traída por esos pies veloces: Dios está viniendo a realizar algo nuevo, a instaurar un reino de paz; Dios ha “desnudado su brazo” y viene a traer libertad y consolación. El mal no triunfará para siempre, existe un final para el dolor. La desesperación ha sido vencida porque Dios está entre nosotros.

Y también nosotros estamos llamados a despertarnos un poco, como Jerusalén, según la invitación que le dirige el profeta; estamos llamados a convertirnos en hombre y mujeres de esperanza, colaborando con la llegada de este Reino hecho de luz y destinado a todos, hombres y mujeres de esperanza. ¡Qué triste es cuando encontramos un cristiano que ha perdido la esperanza! “Yo no espero nada, todo ha terminado para mí”: así dice un cristiano que no es capaz de mirar el horizonte con esperanza y ante su corazón solo hay un muro. Pero Dios destruye estos muros con el perdón. Y, por esto, nuestra oración, para que Dios nos de cada día la esperanza y la dé a todos, aquella esperanza que nace cuando vemos a Dios en el pesebre en Belén. El mensaje de la Buena Noticia que se nos ha confiado es urgente, también nosotros tenemos que correr como el mensajero en las montañas, porque el mundo no puede esperar, la humanidad tiene hambre y sed de justicia, de verdad, de paz.

Y mirando al pequeño Niño de Belén, los pequeños del mundo sabrán que la promesa se ha cumplido; el mensaje se ha realizado. En un niño recién nacido, necesitado de todo, envuelto en pañales y acostado en un pesebre, está encerrado todo el poder del Dios que salva. Es necesario abrir el corazón a tanta pequeñez y a tanta maravilla. Es la maravilla de la Navidad, a la que nos estamos preparando, con esperanza, en este tiempo de Adviento. Es la sorpresa de un Dios niño, de un Dios pobre, de un Dios débil, de un Dios que abandona su grandeza para hacerse cercano a cada uno de nosotros.

Síntesis de la catequesis y saludo en español

Queridos hermanos y hermanas:

Con las palabras de Isaías nos preparamos a celebrar la fiesta de la Navidad. El Profeta nos ayuda a abrirnos a la esperanza y a acoger la Buena noticia de la Salvación con un canto de alegría, porque el Señor ya está cerca.

La presencia de Dios en medio de su pueblo, entre los pequeños, en las realidades adversas o cuando llega la tentación de pensar que ya nada tiene sentido, se convierte en esta presencia portadora de libertad y de paz. Por eso son hermosos los pies de aquel que corre a anunciar esto a sus hermanos, porque ha comprendido la urgencia de este anuncio para un mundo que necesita a Dios.

Del mismo modo, nosotros estamos llamados, ante el misterio del Niño Dios en Belén, a darnos cuenta de esta urgencia y a colaborar a la venida del Reino de Dios, que es luz y que debe llegar a todos. Como el mensajero sobre los montes, también nosotros tenemos que correr para llevar la buena noticia de la cercanía de Dios a una humanidad que no puede esperar, y que tiene sed de justicia, de verdad y de paz.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica. Los invito, en este tiempo de Adviento, a preparar el corazón, para acoger toda la pequeñez, toda la maravilla, toda la sorpresa de un Dios que abandona su grandeza, y se hace pobre y débil para estar cerca de cada uno de nosotros. Muchas gracias.

* * *

Dirijo un saludo a los jóvenes, a los enfermos ya los recién casados. Hoy la liturgia recuerda a san Juan de la Cruz, un celoso pastor y místico doctor de la Iglesia: queridos jóvenes, meritad la grandeza de Jesús que nació y murió por nosotros; queridos enfermos, aceptad dócilmente vuestra cruz en unión con Cristo por la conversión de los pecadores; y vosotros, queridos recién casados, dedicad más espacio dado a la oración, especialmente en este tiempo de Adviento, para que su vida se convierte en un camino de la perfección cristiana.

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