Audiencia general: Evangelio y homilía

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Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

Seguimos con las catequesis sobre la santa misa. Habíamos llegado a las lecturas.

El diálogo entre Dios y su pueblo, desarrollado en la Liturgia de la Palabra en la misa, llega al culmen en la proclamación del Evangelio. Lo precede el canto del Aleluya – o, en Cuaresma, otra aclamación – con el cual “la asamblea de los fieles acoge y saluda al Señor quién le hablará en el Evangelio”[1]. Como los misterios de Cristo iluminan toda la revelación bíblica, así, en la Liturgia de la Palabra, el Evangelio es la luz para entender el significado de los textos bíblicos que lo preceden, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. Efectivamente “Cristo es el centro y plenitud de toda la Escritura, y también de toda celebración litúrgica”[2]. Jesucristo está siempre en el centro, siempre.

Por lo tanto, la misma liturgia distingue el Evangelio de las otras lecturas y lo rodea de un honor y una veneración particular[3]. En efecto, sólo el ministro ordenado puede leerlo y cuando termina besa el libro; hay que ponerse en pie para escucharlo y hacemos la señal de la cruz sobre la frente, la boca y el pecho; las velas y el incienso honran a Cristo que, mediante la lectura evangélica, hace resonar su palabra eficaz. A través de estos signos, la asamblea reconoce la presencia de Cristo que le anuncia la “buena noticia” que convierte y transforma. Es un diálogo directo, como atestiguan las aclamaciones con las que se responde a la proclamación, “Gloria a Ti, Señor”, o “Alabado seas, Cristo”. Nos levantamos para escuchar el Evangelio: es Cristo que nos habla, allí. Y por eso prestamos atención, porque es un coloquio directo. Es el Señor el que nos habla.

Así,  en la misa no leemos el Evangelio para  saber cómo han ido las cosas, sino  que escuchamos el Evangelio para tomar  conciencia  de  que lo que Jesús hizo y dijo  una vez; y esa Palabra está viva, la Palabra de Jesús que está en el Evangelio está viva y llega a mi corazón.  Por eso escuchar el Evangelio es tan importante, con el corazón abierto, porque es Palabra viva.  San Agustín escribe que “la boca de Cristo es el Evangelio”.[4] Él reina en el cielo, pero no deja de hablar en la tierra “. Si es verdad que en la liturgia “Cristo sigue anunciando el Evangelio”[5], se deduce que, al participar en la misa, debemos darle una respuesta. Nosotros escuchamos el Evangelio y tenemos que responder con nuestra vida.

Para que su mensaje llegue, Cristo también se sirve de  la palabra del sacerdote que, después del Evangelio, pronuncia la homilía[6]. Vivamente recomendada por el Concilio Vaticano II como parte de la misma liturgia[7], la homilía no es un discurso de circunstancias,  – ni tampoco una catequesis como la que estoy haciendo ahora- ni una conferencia, ni tampoco  una lección: la homilía es otra cosa. ¿Qué es la homilía? Es “un retomar ese diálogo que ya está entablado entre el Señor y su pueblo”,[8] para que encuentre su cumplimiento en la vida. ¡La auténtica exégesis del Evangelio es nuestra vida santa! La palabra del Señor termina su carrera haciéndose carne en nosotros, traduciéndose en obras, como sucedió en María y en los santos. Acordaos de lo que dije la última vez, la Palabra del Señor entra por los oídos, llega al corazón y va a las manos, a las buenas obras. Y también la homilía sigue a la Palabra del Señor y hace este recorrido para ayudarnos a que la Palabra del Señor llegue a las manos pasando por el corazón.

Ya he tratado el tema de la homilía  en la Exhortación Evangelii gaudium, donde recordé que el contexto litúrgico ” exige que la predicación oriente a la asamblea, y también al predicador, a una comunión con Cristo en la Eucaristía que transforme la vida. “[9]

El que pronuncia  la homilía deben cumplir bien su ministerio – el que predica, el sacerdote, el diácono o el obispo- ofreciendo un verdadero servicio a todos los que participan en la misa, pero también quienes lo escuchan deben hacer su parte. En primer lugar, prestando la debida atención, es decir, asumiendo la justa disposición interior,  sin pretensiones subjetivas, sabiendo que cada predicador tiene  sus méritos y sus límites. Si a veces hay motivos para aburrirse por la homilía larga, no centrada o incomprensible, otras veces es el prejuicio el que constituye un obstáculo. Y el que pronuncia la homilía debe ser consciente de que no está diciendo algo suyo, está  predicando, dando voz a Jesús, está predicando la Palabra de Jesús. Y la homilía tiene que estar bien preparada, tiene que ser breve ¡breve!. Me decía un sacerdote que una vez había ido a otra ciudad donde vivían sus padres y su papá le había dicho: “¿Sabes? Estoy contento porque mis amigos y yo hemos encontrado una iglesia donde si dice misa sin homilía”. Y cuántas veces vemos que durante la homilía algunos se duermen, otros charlan o salen a fumarse un cigarrillo…Por eso, por favor, que la homilía sea breve,  pero esté bien preparada. Y ¿cómo se prepara una homilía, queridos sacerdotes, diáconos, obispos? ¿Cómo se prepara? Con la oración, con el estudio de la Palabra de Dios y haciendo una síntesis clara y breve; no tiene que durar más de diez minutos, por favor.

En conclusión, podemos decir que en la Liturgia de la Palabra, a través del Evangelio y la homilía, Dios dialoga con  su pueblo, que lo escucha con atención y veneración y, al mismo tiempo, lo  reconoce presente y activo. Si, por lo tanto, escuchamos la “buena noticia”, ella nos convertirá  y transformará  y así podremos cambiarnos a nosotros mismos y al mundo. ¿Por qué? Porque la Buena Noticia, la Palabra de Dios entra por los oídos, va al corazón y llega a las manos para hacer buenas obras.

___________________

[1] Instrucción General del Misal Romano, 62.

[2] Introducción al Leccionario, 5.

[3] Cfr Instrucción General del Misal Romano 60 e 134.

[4] Sermón  85, 1: PL 38, 520; cf. anche Tratado sobre el Evangelio de San Juan XXX, I: PL 35, 632; CCL 36, 289

[5] Conc. Ecum. Vat. II, Cost. Sacrosanctum Concilium, 33.

[6] Cfr Instrucción General del Misal Romano, 65-66; Introducción al Leccionario, 24-27.

[7] Cfr Conc. Ecum. Vat. II, Cost. Sacrosanctum Concilium, 52.

[8] Exhort. ap. Evangelii gaudium, 137

[9] Ibid., 138.

Síntesis y saludo en español

Queridos hermanos:

Con la proclamación del Evangelio se llega al culmen de ese diálogo entre Dios y su pueblo que es la liturgia de la Palabra en la Misa. Del Evangelio viene la luz para comprender el sentido de los textos bíblicos que se han leído antes. Por eso, la liturgia rodea al Evangelio de una veneración particular. En efecto, sólo el ministro ordenado puede leerlo y cuando termina besa el libro; hay que ponerse en pie para escucharlo y hacemos la señal de la cruz sobre la frente, la boca y el pecho. La asamblea reconoce así la presencia de Cristo que le anuncia la buena noticia que convierte y transforma, y responde con la aclamación: «Gloria a ti, Señor Jesús». En la lectura del Evangelio tomamos conciencia de que Jesús sigue hablando y actuando en nuestros días.

A continuación viene la homilía. Como parte de la misma liturgia, no es un discurso o una conferencia, sino que retoma ese diálogo entre Dios y su pueblo. La predicación debe orientar a todos, también al predicador, hacia una comunión con Cristo en la Eucaristía que transforme la vida. Para ello, no sólo es importante que quien predica cumpla bien su ministerio, sino que también los que escuchan han de procurar hacerlo con las mejores disposiciones interiores.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en modo particular a los grupos provenientes de España y América Latina. Contemplando a la Virgen María, esforcémonos como Ella para escuchar la Palabra del Señor con un corazón dócil y sencillo, y así poder hacerla carne en nosotros traduciéndola en obras de amor y de santidad. Que el Señor los bendiga. Muchas gracias.

* * *

Un pensamiento especial para los jóvenes, los enfermos y los recién casados. El próximo domingo será la memoria de la Santísima Virgen María de Lourdes,  día en que se celebra la Jornada Mundial del Enfermo. Queridos jóvenes, preparaos  para ser providencia con aquellos que sufren; queridos enfermos, sentíos siempre sostenidos por la oración de la Iglesia; y vosotros, queridos recién casados, amad la vida que siempre es sagrada, incluso cuando está marcada por la fragilidad y la enfermedad.

Llamamiento con motivo de la Jornada Mundial de Oración y Reflexión contra la trata de personas

Mañana, 8 de febrero, memoria  litúrgica de Santa Josefina Bakhita, es la Jornada Mundial de Oración y Reflexión contra la Trata. El tema de este año es “Migración sin trata”. ¡Sí a la libertad! ¡No a la trata! “. Al tener pocas posibilidades de canales regulares, muchos migrantes deciden aventurarse por otros caminos, donde a menudo les esperan abusos de todo tipo, explotación y esclavitud. Las organizaciones criminales, dedicadas a la trata de personas, utilizan estas rutas migratorias para esconder a sus víctimas entre los migrantes y refugiados. Por lo tanto, invito a todos, ciudadanos e instituciones, a unir sus fuerzas para prevenir la trata y garantizar protección y asistencia a las víctimas. Recemos todos para que el Señor convierta los corazones de los traficantes -¡que fea es esta palabra, traficantes de personas!- y dé la esperanza de recuperar la libertad a cuantos sufren por esta plaga vergonzosa.

Llamamiento con motivo de los Juegos Olímpicos de Invierno de Pyonyang

Los XXIII Juegos Olímpicos de Invierno se abrirán el viernes 9 de febrero, en la ciudad de Pyonyang, Corea del Sur, con la participación de 92 países.

Este año la tregua olímpica tradicional se vuelve especialmente importante: las delegaciones de las dos Coreas marcharán juntas bajo una sola bandera y competirán como un solo equipo. Este hecho alimenta la esperanza en un mundo donde  los conflictos se resuelvan pacíficamente a través del diálogo y el respeto mutuo, como también enseña el deporte.

Saludo al Comité Olímpico Internacional, a los atletas y las atletas que participan en los Juegos de Pyonyang, a las Autoridades y al pueblo de la Península de Corea. A todos acompaño con mi oración, mientras renuevo el compromiso de la Santa Sede de apoyar toda iniciativa útil a favor de la paz y del encuentro entre los pueblos. ¡Que estos Juegos Olímpicos sean una gran fiesta de amistad y deporte! ¡Que Dios os bendiga y os guarde!

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