Encuentro del Papa Francisco con los participantes en la 42ª Sesión del Consejo de Gobernadores del Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola

Discurso del Santo Padre al Consejo de los Gobernadores del FIDA

Señor Presidente del FIDA,
Señores Jefes de Estado,
Señor Presidente del Consejo de Ministros de Italia,
Señores Ministros,
Señores Delegados y Representantes Permanentes de los Estados miembros,
Señoras y señores:

He aceptado con gusto la invitación que usted me ha dirigido, señor Presidente, en nombre del Fondo Internacional para el Desarrollo Agrícola (FIDA), para esta ceremonia de apertura de la cuadragésima segunda sesión del Consejo de Gobernadores de esta Organización intergubernamental.

Mi presencia desea traer a esta Sede los anhelos y necesidades de la multitud de hermanos nuestros que sufren en el mundo. Me gustaría que pudiéramos mirar sus rostros sin sonrojarnos, porque finalmente su clamor ha sido escuchado y sus preocupaciones atendidas. Ellos viven situaciones precarias: el aire está viciado, los recursos naturales esquilmados, los ríos contaminados, los suelos acidificados; no tienen agua suficiente para ellos mismos ni para sus cultivos; sus infraestructuras sanitarias son muy deficientes, sus viviendas escasas y defectuosas.

Y estas realidades se prolongan en el tiempo cuando, por otra parte, nuestra sociedad ha alcanzado grandes logros en otros ámbitos del saber. Esto quiere decir que estamos ante una sociedad que es capaz de avanzar en sus propósitos de bien; y también vencerá la batalla contra el hambre y la miseria, si se lo plantea con seriedad. Estar decididos en esta lucha es primordial para que podamos escuchar —no como un eslogansino de verdad—: “El hambre no tiene presente ni futuro. Solo pasado”. Para esto, es necesario la ayuda de la comunidad internacional, de la sociedad civil y de cuantos poseen recursos. Las responsabilidades no se evaden, pasándolas de unos a otros, sino que se van asumiendo para ofrecer soluciones concretas y reales. Son éstas las soluciones concretas y reales las que debemos pasar de unos a otros.

La Santa Sede siempre ha alentado los esfuerzos desplegados por las agencias internacionales para afrontar la pobreza. Ya en diciembre de 1964 san Pablo VI, pidió en Bombay y posteriormente reiteró en otras circunstancias, la creación de un Fondo mundial para combatir la miseria y dar un impulso decisivo a la promoción integral de las zonas más depauperadas de la humanidad (cf. Discurso a los participantes en la Conferencia Mundial sobre la Alimentación, 9 noviembre 1974). Y desde entonces, sus sucesores no hemos cesado de animar e impulsar iniciativas semejantes, uno de cuyos ejemplos más notorios es el FIDA.

Esta 42 sesión del Consejo de Gobernadores del FIDA sigue en esta lógica y tiene ante ella un trabajo fascinante y crucial: crear posibilidades inéditas, despejar vacilaciones y poner a cada pueblo en condiciones de afrontar las necesidades que lo afligen. La comunidad internacional, que elaboró la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible, necesita dar pasos ulteriores para la consecución real de los 17 objetivos que la conforman. A este respecto, la aportación del FIDA resulta imprescindible para poder cumplir los dos primeros objetivos de la Agenda, los referidos a la erradicación de la pobreza, la lucha contra el hambre y la promoción de la soberanía alimentaria. Y nada de ello será posible sin lograr el desarrollo rural, un desarrollo del que viene hablándose desde hace tiempo pero que no termina de concretarse. Y resulta paradójico que buena parte de los más de 820 millones de personas que sufren hambre y malnutrición en el mundo viva en zonas rurales, estoes paradójico, y se dedique a la producción de alimentos y sea campesina. Además, el éxodo del campo a la ciudad es una tendencia global que no podemos obviar en nuestras consideraciones.

El desarrollo local, por lo tanto, tiene valor en sí mismo y no en función de otros objetivos. Se trata de lograr que cada persona y cada comunidad pueda desplegar sus propias capacidades de un modo pleno, viviendo así una vida humana digna de tal nombre. Ayudar a desplegar esto, pero no de arriba hacia abajo, sino con ellos y para ellos –“pour et avec”– dijo el Señor Presidente.

Exhorto a cuantos tienen responsabilidad en las naciones y en los organismos intergubernamentales, así como a quienes pueden contribuir desde el sector público y privado, a desarrollar los cauces necesarios para que puedan implementarse las medidas adecuadas en las regiones rurales de la tierra, para que puedan ser artífices responsables de su producción y progreso.

Los problemas que signan negativamente el destino de muchos hermanos nuestros en la hora presente no podrán resolverse en forma aislada, ocasional o efímera. Hoy más que nunca hemos de sumar esfuerzos, lograr consensos, estrechar vínculos. Los retos actuales son tan intrincados y complejos que no podemos seguir afrontándolos de forma ocasional, con resoluciones de emergencia. Habría que otorgar protagonismo directo a los propios afectados por la indigencia, sin considerarlos meros receptores de una ayuda que puede acabar generando dependencias. Y cuando un pueblo se acostumbra a depender, no se desarrolla. Se trata de afirmar siempre la centralidad de la persona humana, recordando que «los nuevos procesos que se van gestando no siempre pueden ser incorporados en esquemas establecidos desde afuera, sino que deben partir de la misma cultura local» (Carta enc. Laudato si’, 144), que es original siempre. Y en este sentido, y como viene ocurriendo en los últimos años, el FIDA ha conseguido mejores resultados a través de una mayor descentralización, impulsando la cooperación sur-sur, diversificando las fuentes de financiación y los modos de actuación, promoviendo una acción basada en las evidencias y que, a la vez, genera conocimiento. Los animo fraternalmente a continuar por este camino, que es humilde, pero es el justo. Un camino que debe redundar siempre en la mejora de las condiciones de vida de las personas más menesterosas.

Finalmente, compartocon ustedes unas reflexiones más específicas en torno a la temática “Innovaciones e iniciativas empresariales en el mundo rural”, que guía esta sesión del Consejo de Gobernadores del FIDA. Es necesario apostar por la innovación, la capacidad de emprendimiento, el protagonismo de los actores locales y la eficiencia de los procesos productivos para lograr la transformación rural con vistas a erradicar la desnutrición y a desarrollar de forma sostenible el medio campesino. Y en ese contexto, es necesario fomentar una “ciencia con conciencia” y poner la tecnología realmente al servicio de los pobres. Por otra parte, las nuevas tecnologías no deben contraponerse a las culturas locales y a los conocimientos tradicionales, sino complementarlos y actuar en sinergia con los mismos.

Los animo a todos ustedes, aquí presentes, y a los que trabajan de forma habitual en el Fondo Internacional para el Desarrollo Agrícola, para que sus trabajos, desvelos y deliberaciones sean en beneficio de los descartados –en esta cultura del descarte– en beneficio de las víctimas de la indiferencia y del egoísmo; y así podamos ver la derrota total del hambre y una copiosa cosecha de justicia y prosperidad. Muchas gracias.

Saludo del Santo Padre a un grupo de representantes de los pueblos indígenas

Estimadas amigas y amigos:

Agradezco a la señora Myrna Cunningham sus amables palabras y me alegra saludar a quienes, coincidiendo con las sesiones del Consejo de Gobernadores, han celebrado la cuarta reunión mundial del Foro de los pueblos indígenas, convocada por el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (FIDA). El tema de sus trabajos ha sido “fomentar los conocimientos y las innovaciones de los pueblos originarios en pro de la resiliencia al cambio climático y el desarrollo sostenible”.

La presencia de todos ustedes aquí muestra que las cuestiones ambientales son de extrema importancia y nos invita a dirigir nuevamente la mirada a nuestro planeta, herido en muchas regiones por la avidez humana, por conflictos bélicos que engendran un caudal de males y desgracias, así como por las catástrofes naturales que dejan a su paso penuria y devastación. No podemos seguir ignorando estos flagelos, respondiendo a ellos desde la indiferencia o la insolidaridad o posponiendo las medidas que eficazmente los tienen que afrontar. Por el contrario, solo un vigoroso sentido de fraternidad fortalecerá nuestras manos para socorrer hoy a quienes lo precisan y abrir la puerta del mañana a las generaciones que vienen detrás de nosotros.

Dios creó la tierra para beneficio de todos, para que fuera un espacio acogedor en el que nadie se sintiera excluido y todos pudiéramos encontrar un hogar. Nuestro planeta es rico en recursos naturales. Y los pueblos originarios, con su copiosa variedad de lenguas, culturas, tradiciones, conocimientos y métodos ancestrales, se convierten para todos en una llamada de atención que pone de relieve que el hombre no es el propietario de la naturaleza, sino solamente el gerente, aquel que tiene como vocación velar por ella con esmero, para que no se pierda su biodiversidad, y el agua pueda seguir siendo sana y cristalina, el aire puro, los bosques frondosos y el suelo fértil.

Los pueblos indígenas son un grito viviente a favor de la esperanza. Ellos nos recuerdan que los seres humanos tenemos una responsabilidad compartida en el cuidado de la “casa común”. Y si determinadas decisiones tomadas hasta ahora la han estropeado, nunca es demasiado tarde para aprender la lección y adquirir un nuevo estilo de vida. Se trata de adoptar una manera de proceder que, dejando atrás planteamientos superficiales y hábitos nocivos o explotadores, supere el individualismo atroz, el consumismo convulsivo y el frío egoísmo. La tierra sufre y los pueblos originarios saben del diálogo con la tierra, saben lo que es escuchar la tierra, ver la tierra, tocar la tierra. Saben el arte del bien vivir en armonía con la tierra. Y eso lo tenemos que aprender quienes quizás estemos tentados en una suerte de ilusión progresista a costillas de la tierra. No olvidemos nunca el dicho de nuestros abuelos: “Dios perdona siempre, los hombres perdonamos algunas veces, la naturaleza no perdona nunca”. Y lo estamos viendo, por el maltrato y la explotación. A ustedes, que saben dialogar con la tierra, se les confía el transmitirnos esta sabiduría ancestral.

Si unimos fuerzas y, en espíritu constructivo, entablamos un diálogo paciente y generoso, terminaremos tomando mayor conciencia de que tenemos necesidad los unos de los otros; de que una actuación dañina con el entorno que nos rodea repercute negativamente también en la serenidad y fluidez de la convivencia, que a veces no fue convivencia sino destrucción; de que los indigentes no pueden seguir padeciendo injusticias y los jóvenes tienen derecho a un mundo mejor que el nuestro y aguardan de nosotros respuestas convincentes.

Gracias a todos ustedes por el tesón con que afirman que la tierra no está únicamente para explotarla sin miramiento alguno, también para cantarle, cuidarla, acariciarla. Gracias por alzar su voz para aseverar que el respeto debido al medio ambiente debe ser siempre salvaguardado por encima de intereses exclusivamente económicos y financieros. La experiencia del FIDA, su competencia técnica, así como los medios de los que dispone, prestan un valioso servicio para roturar caminos que reconozcan que «un desarrollo tecnológico y económico que no deja un mundo mejor y una calidad de vida integralmente superior no puede considerarse progreso» (Carta enc. Laudato si’, 194).

Y, en el imaginario colectivo nuestro, también hay un peligro: los pueblos así llamados civilizados “somos de primera” y los pueblos así llamados originarios o indígenas “somos de segunda”. No. Es el gran error de un progreso desarraigado, desmadrado de la tierra. Es necesario que ambos pueblos dialoguen. Hoy urge un “mestizaje cultural” donde la sabiduría de los pueblos originarios pueda dialogar al mismo nivel con la sabiduría de los pueblos más desarrollados, sin anular. “Mestizaje cultural” sería la meta hacia la cual tenemos que seguir con la misma dignidad.

Mientras los animo a seguir adelante, suplico a Dios que no deje de acompañar con sus bendiciones a vuestras comunidades y a quienes en el FIDA trabajan por tutelar a cuantos viven en las zonas rurales y más pobres del planeta, pero más ricas en la sabiduría de convivir con la naturaleza.

Muchas gracias.

Saludos del Santo Padre al personal del FIDA

Señoras y señores,

Podría hablar en español, que es uno de los idiomas oficiales, pero prefiero usar el italiano, porque seguramente es mejor para todos vosotros.

Doy las gracias al Señor Presidente del FIDA por su atención, por su cortesía y me alegra poder encontrarme con ustedes, que trabajan todos los días para esta importante institución de las Naciones Unidas. Usted están al servicio de los más pobres de la tierra: personas que, en su mayoría, viven en zonas rurales, en regiones alejadas de las grandes ciudades, a menudo en condiciones difíciles y penosas. A todos los presentes, así como a sus colegas que no pudieron estar entre nosotros, – son tantos los que trabajan aquí- les saludo cordialmente.

Pensando en ustedes, me vienen a la mente dos simples palabras. La primera, que brota del corazón, es “gracias”. Agradezco a Dios su trabajo al servicio de una causa tan noble como la lucha contra el hambre y la miseria en el mundo. Gracias por ir a contracorriente: la tendencia actual ve una desaceleración en la reducción de la pobreza extrema y un aumento en la concentración de la riqueza en manos de unos pocos. Pocos tienen demasiado y demasiados tienen poco. Pocos tienen demasiado y demasiados tienen poco, esta es la lógica de hoy. Muchos no tienen comida y van a la deriva, mientras unos pocos se ahogan en lo superfluo. Esta corriente perversa de desigualdad es desastrosa para el futuro de la humanidad. Gracias, pues porque ustedes piensan y actúan a contracorriente. Y gracias también por su trabajo silencioso, a menudo escondido- algunas veces diría aburrido- escondido como las raíces de un árbol, no se ven, pero de ahí viene la savia que nutre a toda la planta. Tal vez no reciban muchos reconocimientos, ni condecoraciones pero Dios lo ve todo, conoce la abnegación y el profesionalismo, -subrayo la palabra profesionalismo- aprecia las horas que pasan puntualmente en la oficina y los sacrificios que esto conlleva. Dios, nunca olvida el bien  y sabe recompensar a los que son buenos y generosos.

De su trabajo se benefician muchas personas necesitadas y desfavorecidas  que sobreviven con tantos sufrimientos en las periferias del mundo. Para realizar bien este tipo de servicio, hay que unir a la competencia una sensibilidad humana particular. Por lo tanto, me gustaría aconsejarles que cultiven siempre la vida interior y los sentimientos que dilatan el corazón y ennoblecen a las personas y a los pueblos. Son tesoros que valen más que cualquier bien material. Dilatar el corazón. Gracias también a su contribución, se pueden realizar proyectos que ayudan a niños desfavorecidos –son tantos en el mundo, tantos- mujeres, familias enteras. Muchas iniciativas hermosas se llevan a cabo con su esfuerzo. Les agradezco este trabajo y también lo hago en nombre de tantos pobres a los que servís.

La segunda palabra que me gustaría decirles, después de “gracias”, es “¡adelante!”. Significa continuar su trabajo con un compromiso renovado, sin cansarse, sin perder la esperanza, sin rendirse a la resignación, pensando que se solo una gota en el mar. La Madre Teresa decía: “Sí, es una gota en el mar, pero con esa gota el mar es diferente”. El secreto está en mantener y alimentar elevadas motivaciones. De esta manera, se superan los peligros del pesimismo, de la mediocridad y de la rutina, y se puede  poner entusiasmo en lo que se hace día a día, incluso en las cosas pequeñas, las cosas que yo no veo como acabarán. La palabra “entusiasmo” es muy hermosa: también podemos entenderla como “poner a Dios en lo que se hace”  – vine de allí en-theos, entusiasmo, poner a Dios en lo que se hace.. Porque Dios nunca se cansa de hacer el bien, nunca se cansa de volver a empezar. Cada uno de nosotros tiene experiencia: ¡cuántas veces hemos vuelto a empezar en nuestra vida! Y es bello. Nunca se cansa de dar una esperanza. Él es la clave para no cansarse. Y rezar –para quien pueda rezar- ayuda a recargar las baterías con energía limpia. Nos hace bien pedirle al Señor que trabaje a nuestro lado. Y la persona que no puede rezar porque no es creyente debe dilatar el corazón y desear el bien. Como dicen los adolescentes: “mandar buenas ondas”, desear el bien de los demás. Es una forma de rezar para los que no tienen fe y no son creyentes, pero pueden hacer así.

Además, en cada documento que tratan, les sugiero que busquen un rostro. Esto es importante: detrás de cada uno de esos papeles hay un rostro, diez rostros, tantos rostrosBusquen un rostro:los rostros de las personas detrás de esos papeles. Ponerse en su lugar  para comprender mejor su situación … Es importante no quedarse en la superficie, sino tratar de llegar a la realidad para ver sus rostros y llegar al corazón de las personas. Están muy lejos, pero están transcritas aquí Entonces, el trabajo se convierte en un interesarse por los demás, las vivencias, las historias de todos.

Y algo más: recordemos lo que decía San Juan de la Cruz: “El alma que anda en amor ni cansa, ni se cansa” (Dichos de amor y luz, 96). Para avanzar necesitamos amar. La pregunta que plantearse no es “¿Cuánto me pesan estas cosas que tendré que hacer?”, sino “¿Cuánto amor pongo en estas cosas que hago ahora “? El que ama tienen imaginación para hallar soluciones donde otros solo ven problemas. El que ama ayuda al otro según sus necesidades y con creatividad, no según ideas preestablecidas o lugares comunes. Es un creador: el amor te lleva a crear, está siempre adelante,

Entusiasmo, buscar los rostros, amar: así se puede seguir adelante, y así  animo también a ustedes a seguir adelante, día a día.

Dios los bendiga, así como a sus seres queridos y al trabajo que realizan en el FIDA en beneficio de muchos, para vencer el gravísimo flagelo del hambre en el mundo. Y también yo pido algo. Les pido que no se olviden de rezar por mí, o al menos de enviarme buenos pensamientos. ¡Gracias!

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