.6º Domingo de Pascua. No tengamos miedo al amor.


MI ARTICULO DEL DOMINGO PARA LA TRIBUNA DE TOLEDO

No sé si el domingo es buen día para las matemáticas. Por adelantado pido perdón a quien no tenga muchas ganas de cábalas hoy. Pero recuerdo que, desde muy pequeño, cuando emborronaba los papeles con mis primeras cuentas, me enseñaron aquello de que “el orden de los factores no altera el producto”. Es decir, que tanto da 2×3 que 3×2, 2+3 que 3+2. Mi primer chasco tuvo lugar cuando intenté aplicar la bendita regla, que yo creía mágica, a las divisiones o las restas… No da igual 2/3 que 3/2, 2-3 que 3-2…¡Vaya lío para un domingo!
Tampoco funciona en el evangelio. Haz la prueba con la frase de Jesús que sirve de gozne a toda la liturgia de hoy: “si me amáis, guardaréis mis mandamientos”. Cambia el orden de los factores, y el resultado es: “si guardáis mis mandamientos, me amaréis”. Es decir: “primero pórtate bien conmigo, y después dime que me quieres”… Sí, ya sé que muchos lo entienden así; ya sé que para muchos el amor es un triunfo, un terreno que hay que conquistar con esfuerzo, objetivo que sólo se alcanza después de muchas renuncias. Ya sé que, para muchos, decir “te quiero” es virtud, y no está al alcance de cualquiera. Son los mismos cursis que han inventado esas “jaculatorias” retorcidas que suenan a artificio: “no te quiero, Señor, pero quiero quererte”. Francamente: si a mí alguien me dice “no te quiero, pero quiero quererte”, me sentiré muy ofendido… ¿Tan indeseable soy, que hay que hacer esfuerzos para amarme? Y, aunque sea verdad… ¡Ten la delicadeza de no decírmelo! En todo caso, pueden tener hasta razón; pero dicho a Jesús, me parece una irreverencia de tomo y lomo. Que me expliquen esos cursis cómo Pedro, después de haber negado por tres veces al Señor, pudo decirle: “Tú sabes que te amo”. Afortunadamente, Jesús no le respondió: “menos hablar, Simón; menos hablar y más martirio”.
“Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”, significa: “detente. Estás haciendo muchos esfuerzos por agradarme, pero apenas me conoces. Tus esfuerzos resultan frustrados, porque no encuentras un verdadero motivo para ellos. Muévete menos y mira más. Conóceme primero, enamórate de mí, y la misma fuerza del Amor te hará fuerte, porque los enamorados hacen milagros. No quiero tu esfuerzo, quiero tu corazón primero y tu esfuerzo después. Lee más el evangelio, busca mi rostro y te enamorarás de mí. Conforme te enamores, tu vida irá cambiando, y cuando estés completamente rendido al Amor, te sorprenderás mártir”.
¿Ves cómo el orden de los factores sí altera el producto? Yo, que mentiría si dijera que soy ejemplo de virtudes, sin embargo no tengo el menor rubor de decir que amo a Jesucristo con toda mi alma, y quiero gritar a quien me oiga esta buena noticia: es posible ser un pecador que ama a Jesucristo. Después, el Amor irá haciendo su milagro a pesar de mis debilidades.
Cuando todas las puertas del hombre se han abierto al Amor de Dios, cada paso, cada respiración, cada momento de la existencia cobra un sentido nuevo y luminoso, y el cristiano puede sentirse amado y amar a divina escala aún estando en medio de los mayores sufrimientos, aún rodeado de infinidad de ocupaciones, aún asediado por multitud de problemas. Los santos han sufrido mucho, han trabajado mucho, han visto como su vida se complicaba terriblemente… Y nunca han perdido la paz, porque todo tenía sentido, porque todo era Dios y de Dios.
Pero yo no soy todavía santo, y pierdo con frecuencia la paz. Os voy a poner dos ejemplos. Primer ejemplo. Comienzan las Primeras Comuniones y ya estamos con celebraciones de la Santa Misa en las que se llenan los templos y no contesta casi nadie aunque hablen mucho. A veces se consiguen momentos de silencio e incluso parece que la mayoría está pendiente de lo que sucede en el altar (excepto los de la cámara de video que parecen japoneses en viaje turístico). Durante el rezo del padrenuestro se ven caras de muchos que llegan por fin a “algo conocido” e intentan recordar la oración que aprendieron de pequeños. Pero ¡Ay!, se acerca la fatídica frase: “Daos fraternalmente la paz” y, como en la política internacional, para dar la paz se arma la guerra. Todos se ponen a hablar, se saludan como si hiciese años que no se veían (y llevan cuarenta minutos codo con codo), se mueven de sus asientos, saludan a los niños a gritos y mientras les retuercen la boca como los morros de un gorrino y dejan plantados dos marcas de carmín en la mejilla de la pobre criatura, le dicen a gritos: “Si parece un ángel, preciosísima.” Volver a conseguir la paz no es fácil, y que se retome la atención para contemplar el Cuerpo de Cristo partido por nosotros cuesta, en ocasiones, unos cuantos minutos. Segundo ejemplo. Casi siempre ocurre lo mismo, es un dato de experiencia fácilmente comprobable por cada uno de nosotros, fijaos este domingo.
Justo después de comulgar, muchos abandonan su asiento que celosamente han guardado durante toda la Misa y se dirigen, como deportistas de elite, hacia el lugar de salida. Tras la bendición resuena la voz del sacerdote: “Podéis” (acompañado por un ruido de pasos que se van agolpando en la puerta), “ir” (y el crujido de los goznes de la puerta no suficientemente engrasada acompaña esta palabra), “en” (como en la entrada de la plaza en los “San Fermines” se ha formado un tapón de personas que se empujan por ver la luz del sol en la puerta de la Iglesia), “paz” (a los que han tomado ventaja se unen los que por los ruidos precedentes se han puesto nerviosos y se forma espontáneamente la procesión de salida: el sacerdote, los monaguillos y todos los que se cruzan por en medio para llegar a la salida como si el último tuviese que fregar la Iglesia). Muchas veces pienso que se podría cambiar el final de la celebración de la Eucaristía y en vez de decir “podéis ir en paz” deberíamos decir “tonto el último.”
“La paz os dejo, mi paz os doy: no os la doy yo como la da el mundo.” A veces cuando llegamos a un lugar apartado, tranquilo, lejano del “mundanal ruido” decimos: “qué paz”, pero los cristianos –habitualmente-, tenemos que buscar la paz en medio del bullicio de cada día, de las preocupaciones laborales, familiares, personales. “Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde” conlleva esa serenidad del corazón, ese transmitir paz en medio del caos, ese llenar de diálogo silencioso con Dios en medio de la algarabía del mundo, y eso yo lo descubría en Juan Pablo II y en algunas otras personas (desgraciadamente pocas) que traslucen paz interior, la paz de Dios, a pesar de las circunstancias externas.
La paz y el valor caminan de la mano. La paz no es fruto del consenso o del no querer molestar. Hoy escuchamos cómo a San Pablo le quieren quitar la paz a pedradas pero “él se levantó y volvió a la ciudad” a continuar predicando a Jesucristo. La paz de corazón, la paz fruto del Espíritu Santo, no lleva a apartarnos de los problemas, del “Príncipe de este mundo” sino a tener la convicción de que, acompañado por Cristo en mi vida, “él no tiene poder sobre mí” y por lo tanto se hace lo que Dios quiere aunque el ambiente o las circunstancias sean contrarias y desfavorables.
Pedir la paz para el mundo y para los corazones es una tarea urgente. Transmitir la paz no es dar gritos en la Iglesia cuando llega ese momento de la liturgia, ni abrazos desmesurados en la Misa, es colocar a Cristo en el centro de tu vida, de la vida de los otros y en el centro de la historia del mundo, consiguiendo que el corazón “no tiemble ni se acobarde.”
Santa María, Reina de la paz, consíguenos ser “instrumentos de paz” en el mundo y a nuestro alrededor y haznos perder el miedo al Amor. Sólo el Amor nos hace buenos y nos llena de paz

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