“¡Qué bueno, qué rematadamente bueno es Dios!


Isaías… por tierra: “¡Ay de mí, que estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de un pueblo de labios impuros…”. Pablo… por tierra, caído del orgulloso caballo desde el que blandía la espada contra los hijos de Dios: “como a un aborto, se me apareció también a mí. Porque yo soy el menor de los apóstoles, y no soy digno de llamarme apóstol…” Pedro… también por tierra: “se arrojó a los pies de Jesús diciendo: «Apártate de mí, Señor, que soy un pecador».
He preguntado a Dios muchas veces por el camino que lleva a la verdadera humildad. Desde luego, no es el que recorren los tontos, quebrándose la cabeza con pensamientos como: “soy soberbio, pero, como lo reconozco, un poco humilde seré; ahora, si me siento humilde, debo ya estar cayendo de nuevo en la soberbia…” Produce risa, pero, aunque se trate de una caricatura, tiene que ver con la realidad. Hay gente para todo. En todo caso, la verdadera humildad no se logra a base de insultarse a uno mismo, o de deprimirse repitiendo una y otra vez: “soy muy malo, muy malo, muy malo, muy malo, malísimo…” Podría acabar uno tirándose a un pozo o poniendo una tienda de “todo a un euro”. Aunque parezca mentira, ese tipo de pensamientos están llenos de soberbia; en su “maldad”, el hombre se hace protagonista de su oración.
Isaías no se levantó aquella mañana proponiéndose arrojarse al suelo a las cinco menos cuarto. Pero se encontró de sopetón con la gloria de Dios, y, fascinado, se sintió pequeño e impuro. Pablo no salió hacia Damasco pensando en merendar polvo a las siete y media. Pero Cristo resucitado le alcanzó, y fue tan radiante la luz que cayó por tierra y, ciego, se sintió todo él tinieblas. Pedro era un pescador bravucón y recio. Pero, ante el milagro que Jesús realiza en su propia barca, se estremece pensando que puede estar junto al Hijo de Dios y cae por tierra, sintiéndose pecador como nunca antes se había sentido… ¿Lo ves? Ninguno de los tres llegaron a arrodillarse a base de repetir: “¡qué malo soy!”. Más bien, descubrieron gozosamente lo enormemente bueno y limpio que es Dios, y entonces se sintieron, por contraste, sucios y pecadores. Pero sus ojos no estaban fijos en su miseria o su pecado, sino en la Luz, en la gloria de Dios.
.”«Maestro, nos hemos pasado la noche bregando y no hemos cogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes.»”… Fue necesaria aquella noche de pesca inútil; fueron necesarios el fracaso y el cansancio del pescador. Sólo así quedó patente que aquella pesca no fue obra de las redes, sino de la Palabra; no fue el fruto de la pericia, sino de la obediencia. La pesca milagrosa es una lección magistral: cuando todos los medios humanos han fracasado, la obediencia se revela como la única fuerza eficaz para redimir al mundo.
“Y, puestos a la obra, hicieron una redada de peces tan grande que reventaba la red”… ¿Qué más puede desear un pescador? El sueño de quien dedica su vida a la captura de peces es hacer “la pesca del siglo”, reventar las redes con una sola captura.
¡Ya lo tienes, Simón! Puestos a pedir, aún cabría esperar algo más: que se sepa, que los demás pecadores lo vean y admiren tu proeza, que te reconozcan como “el pescador del año”… ¡Pues también lo tienes!: “Hicieron señas a lo socios de la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Se acercaron ellos y llenaron las dos barcas, que casi se hundían”.
Yo no sé cómo se siente uno cuando alcanza la cumbre en su vida profesional y se siente destinado a morir de éxito. Sé que los hombres y mujeres de este mundo, cuando llegan allí, suelen aprovechar para dejar huella: le dan su nombre a un estadio de fútbol, a una calle, a un parque o a un bizcocho para niños; escriben sus memorias; se rodean de escoltas y reparten autógrafos mientras se quejan de que la prensa no los deja en paz… Pero no sé cómo se sienten, y tampoco estoy seguro de querer saberlo.
El Demonio, que regenta en la tierra una taberna de borrachos, juega muy bien con la prosperidad. A quienes no narcotiza con el placer, los embriaga de éxito. Confiados en sus fuerzas, creerán haber encontrado el secreto del triunfo, y en su ebriedad apenas se darán cuenta de que se han subido a un pedestal y se han rodeado de una corte de prosélitos. En un mundo de triunfadores, la palabra “obediencia” suena mal. El hombre se considera realizado cuando llega a esa posición de poder en la que ya no obedece a nadie y es obedecido por todos. Aún en nuestra Iglesia, que está compuesta de pecadores y no es impermeable a estos vientos del mundo, apenas se encuentran cristianos que se sometan a un director espiritual. Mientras tanto, se mide la calidad del apostolado y la santidad del apóstol en números enteros: tantas conversiones, tantos jóvenes en la parroquia, tantos fieles en la misa dominical…
Lo que me asombra es que Simón, cuando después de muchas noches en vela esperando la pesca del siglo la consigue al fin, en lugar de subir sobre la montaña de peces y pedir que le hiciesen una fotografía destinada a ilustrar el Guiness se postra a los pies de Jesús: “Apártate de mi, Señor, que soy un pecador”… Ni casa a su hija, ni reparte autógrafos, ni se deja tan siquiera felicitar. Al contrario, se proclama indigno y confiesa su pecado. Y, después, deja en tierra toda aquella montaña de peces para quien quisiera apropiarse de ella y segue a Jesús: “dejándolo todo, lo siguieron”. Quizá alguno de los ocupantes de esa “otra barca”, aprovechando la ocasión, se hizo la foto con los peces y se dejó nombrar “pescador del año” en su lugar…El Señor le concedió ver cumplidos tus sueños y, cuando tenía entre las manos más de lo que hubiera podido desear, recibió un regalo mayor: se diste cuenta de que todo eso no podía llenar su vida. Su corazón se ensanchó, rompió su pequeño horizonte y descubrió, en el Rostro de Jesús, un horizonte nuevo, inmenso… ¡Eterno! Aquella montaña de peces con que había soñado le pareció un granito de arena en comparación con el Tesoro que ahora se mostraba ante sus ojos… ¡Ya era libre! Y le liberó el hambre, no la saciedad.
Hubo en España un torero, llamado Antonio Bienvenida, que mientras salía a hombros por la puerta grande de Las Ventas repetía una y otra vez: “Tuyo es el Reino, tuyo el poder y la gloria por siempre, Señor”. Me basta con eso, aunque me temo que no sea un caso frecuente.
Mira: deja de repetir “¡qué malo soy!”, y, con los ojos muy abiertos hacia el rostro de Cristo resucitado, repite conmigo: “¡Qué bueno, qué rematadamente bueno es Dios!”… No pasará mucho tiempo hasta que encuentres que has “caído” de rodillas. Es la contemplación de las cosas grandes la que nos lleva a descubrirnos pequeños. Así le ocurrió a María, la “esclava del Señor”, y así debe ser también con nosotros: humildad gozosa, verdadera humildad

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