Etiqueta: Jubileo extraordinario de la Misericordia

Homilía del Papa Francisco en la Santa Misa con motivo del Jubileo de los diáconos

fran29052016Plaza de San Pedro, Vaticano
Domingo 29 de mayo de 2016

IX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (C)

«Servidor de Cristo» (Ga 1,10). Hemos escuchado esta expresión, con la que el apóstol Pablo se define cuando escribe a los Gálatas. Al comienzo de la carta, se había presentado como «apóstol» por voluntad del Señor Jesús (cf. Ga 1,1). Ambos términos, apóstol y servidor, están unidos, no pueden separarse jamás; son como dos caras de una misma moneda: quien anuncia a Jesús está llamado a servir y el que sirve anuncia a Jesús.

El Señor ha sido el primero que nos lo ha mostrado: él, la Palabra del Padre; él, que nos ha traído la buena noticia (Is 61,1); él, que es en sí mismo la buena noticia (cf. Lc 4,18), se ha hecho nuestro siervo (Flp 2,7), «no ha venido para ser servido, sino para servir» (Mc 10,45). «Se ha hecho diácono de todos», escribía un Padre de la Iglesia (San Policarpo, Ad Phil. V,2). Como ha hecho él, del mismo modo están llamados a actuar sus anunciadores, «llenos de misericordia, celantes, caminando según la caridad del Señor que se hizo siervo de todos» (ibíd.). El discípulo de Jesús no puede caminar por una vía diferente a la del Maestro, sino que, si quiere anunciar, debe imitarlo, como hizo Pablo: aspirar a ser un servidor. Dicho de otro modo, si evangelizar es la misión asignada a cada cristiano en el bautismo, servir es el estilo mediante el cual se vive la misión, el único modo de ser discípulo de Jesús. Su testigo es el que hace como él: el que sirve a los hermanos y a las hermanas, sin cansarse de Cristo humilde, sin cansarse de la vida cristiana que es vida de servicio.

¿Por dónde se empieza para ser «siervos buenos y fieles» (cf. Mt 25,21)? Como primer paso, estamos invitados a vivir ladisponibilidad. El siervo aprende cada día a renunciar a disponer todo para sí y a disponer de sí como quiere. Si se ejercita cada mañana en dar la vida, en pensar que todos sus días no serán suyos, sino que serán para vivirlos como una entrega de sí. En efecto, quien sirve no es un guardián celoso de su propio tiempo, sino más bien renuncia a ser el dueño de la propia jornada. Sabe que el tiempo que vive no le pertenece, sino que es un don recibido de Dios para a su vez ofrecerlo: sólo así dará verdaderamente fruto. El que sirve no es esclavo de la agenda que establece, sino que, dócil de corazón, está disponible a lo no programado: solícito para el hermano y abierto a lo imprevisto, que nunca falta y a menudo es la sorpresa cotidiana de Dios. El siervo está abierto a la sorpresa, a las sorpresas cotidianas de Dios. El siervo sabe abrir las puertas de su tiempo y de sus espacios a los que están cerca y también a los que llaman fuera de horario, a costo de interrumpir algo que le gusta o el descanso que se merece. El siervo rebasa los horarios. A mí me parte el corazón cuando veo un horario en las parroquias: «de tal hora a tal otra». Y después, la puerta está cerrada, no está el sacerdote, no está el diácono, no está el laico que recibe a la gente… Esto hace mal. Ir más allá de los horarios: hay que tener la valentía de rebasar los horarios. Así, queridos diáconos, viviendo en la disponibilidad, vuestro servicio estará exento de cualquier tipo de provecho y será evangélicamente fecundo.

También el Evangelio de hoy nos habla de servicio, mostrándonos dos siervos, de los que podemos sacar enseñanzas preciosas: el siervo del centurión, que regresa curado por Jesús, y el centurión mismo, al servicio del emperador. Las palabras que este manda decir a Jesús, para que no venga hasta su casa, son sorprendentes y, a menudo, son el contrario de nuestras oraciones: «Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo» (Lc 7,6); «por eso tampoco me creí digno de venir personalmente» (v.7); «porque yo también vivo en condición de subordinado» (v. 8). Ante estas palabras, Jesús se queda admirado. Le asombra la gran humildad del centurión, su mansedumbre. Y la mansedumbre es una de las virtudes de los diáconos. Cuando el diácono es manso, es siervo y no juega a «imitar» al sacerdote, es manso. Él, ante el problema que lo afligía, habría podido agitarse y pretender ser atendido imponiendo su autoridad; habría podido convencer con insistencia, hasta forzar a Jesús a ir a su casa. En cambio se hace pequeño, discreto, manso, no alza la voz y no quiere molestar. Se comporta, quizás sin saberlo, según el estilo de Dios, que es «manso y humilde de corazón» (Mt 11, 29). En efecto, Dios, que es amor, llega incluso a servirnos por amor: con nosotros es paciente, comprensivo, siempre solícito y bien dispuesto, sufre por nuestros errores y busca el modo para ayudarnos y hacernos mejores. Estos son también los rasgos de mansedumbre y humildad del servicio cristiano, que esimitar a Dios en el servicio a los demás: acogerlos con amor paciente, comprenderlos sin cansarnos, hacerlos sentir acogidos, a casa, en la comunidad eclesial, donde no es más grande quien manda, sino el que sirve (cf. Lc 22,26). Y jamás reprender, jamás. Así, queridos diáconos, en la mansedumbre, madurará vuestra vocación de ministros de la caridad.

Además del apóstol Pablo y el centurión, en las lecturas de hoy hay un tercer siervo, aquel que es curado por Jesús. En el relato se dice que era muy querido por su dueño y que estaba enfermo, pero no se sabe cuál era su grave enfermedad (v.2). De alguna manera, podemos reconocernos también nosotros en ese siervo. Cada uno de nosotros es muy querido por Dios, amado y elegido por él, y está llamado a servir, pero tiene sobre todo necesidad de ser sanado interiormente. Para ser capaces del servicio, se necesita la salud del corazón: un corazón restaurado por Dios, que se sienta perdonado y no sea ni cerrado ni duro. Nos hará bien rezar con confianza cada día por esto, pedir que seamos sanados por Jesús, asemejarnos a él, que «no nos llama más siervos, sino amigos» (cf. Jn 15,15). Queridos diáconos, podéis pedir cada día esta gracia en la oración, en una oración donde se presenten las fatigas, los imprevistos, los cansancios y las esperanzas: una oración verdadera, que lleve la vida al Señor y el Señor a la vida. Y cuando sirváis en la celebración eucarística, allí encontraréis la presencia de Jesús, que se os entrega, para que vosotros os deis a los demás.

Así, disponibles en la vida, mansos de corazón y en constante diálogo con Jesús, no tendréis temor de ser servidores de Cristo, de encontrar y acariciar la carne del Señor en los pobres de hoy.

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Audiencia Jubilar: Apiadarse de los que sufren

francisco_audiencia14 de mayo de 2016.- El Santo Padre Francisco dedicó la audiencia jubilar de este sábado a la piedad, entendida como un apiadarse de los que sufren. Más de 15.000 personas escucharon la catequesis del Santo Padre en la Plaza de San Pedro, a pesar de la lluvia y Francisco se lo agradeció, invitándolas como el pasado miércoles a saludar a los enfermos que, debido al mal tiempo, se hallaban en el Aula Pablo VI y participaban en la audiencia a través de las pantallas gigantes. “Os propongo darles la bienvenida con un aplauso -dijo- aunque sé que es difícil aplaudir con el paraguas en la mano”.

“Entre los aspectos de la misericordia -explicó, dando inicio a la catequesis- hay uno que consiste en sentir piedad o apiadarse de los que sufren. La piedad es un concepto que, en el mundo greco-romano indicaba… la devoción debida a los dioses así como el respeto de los hijos a sus padres, especialmente a los ancianos. Hoy, sin embargo, hay que tener cuidado de no confundir la piedad con ese pietismo, bastante generalizado, que es sólo una emoción superficial y ofende la dignidad del otro. Del mismo modo, la piedad no debe confundirse con la compasión que sentimos por los animales, que exagera el interés hacia ellos mientras deja indiferente ante el sufrimiento de los hermanos”.

La piedad de la que hablamos es, en cambio, “una manifestación de la misericordia de Dios. Es uno de los siete dones del Espíritu Santo que el Señor da a sus discípulos para que sean dóciles para obedecer las inspiraciones divinas”. “Muchas veces en los Evangelios -ejemplificó Francisco- encontramos el grito espontáneo que las personas enfermas, endomoniadas, pobres o afligidas dirigían a Jesús: “Ten piedad”. Y El respondía a todos con la mirada de la misericordia y el consuelo de su presencia. En esos gritos de auxilio, o peticiones de piedad, cada uno expresaba también su fe en Jesús llamándole “Maestro”, “Hijo de David” y “Señor”. Intuían que en El había algo extraordinario que podría ayudarles a salir de la triste condición en que se encontraban. Percibían en Él el amor de Dios mismo. Y aunque la multitud se agolpase, Jesús era consciente de esas invocaciones de piedad y se compadecía, especialmente cuando veía a personas que sufrían y heridas en su dignidad, como en el caso de la hemorroísa. Los llamaba a tener fe en El y en su Palabra. Para Jesús, apiadarse equivalía a compartir la tristeza de los que encontraba, pero al mismo tiempo a actuar en primera persona para transformarla en alegría”.

“También nosotros -subrayó el Pontífice al final de la catequesis- estamos llamados a apiadarnos ante tantas situaciones de la vida, sacudiéndonos la indiferencia que nos impide reconocer las necesidades de los hermanos que nos rodean y liberándonos de la esclavitud del bienestar material.Miremos el ejemplo de la Virgen María que se preocupa por cada uno de sus hijos y para nosotros los creyentes, es el icono de la piedad. Dante Alighieri lo expresa en la oración a la Virgen al final del Paraíso. “En ti misericordia, en ti piedad,… en ti se aduna cuanto en la criatura hay de bondad”.

(VIS)

Síntesis y saludo en español de la catequesis del Papa Francisco (30.04.2016)

fran20022016Sábado 30 de abril de 2016

Queridos hermanos y hermanas:

Uno de los aspectos importantes de la misericordia es la reconciliación. Dios nunca nos deja de ofrecer su perdón; no son nuestros pecados los que nos alejan del Señor, sino que nosotros somos, pecando, quienes nos alejamos. Al pecar «le damos la espalda» y crece así la distancia entre él y nosotros. Jesús, como Buen Pastor no se alegra hasta que no encuentra a la oveja perdida. Él reconstruye el puente que nos reconduce al Padre y nos permite reencontrar la dignidad de hijos.

Este Jubileo de la Misericordia es para todos un tiempo favorable para descubrir la necesidad de la ternura y cercanía del Padre y retornar a él con todo el corazón.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los Ordinarios y Delegados Militares, asistentes espirituales y miembros de las fuerzas armadas y de policía, con sus familias, provenientes de Argentina, Bolivia, Colombia, Ecuador, España, Guatemala, Perú, México y República Dominicana.

Invito a todos a que en cada uno de los diversos ambientes en los que se mueven, sean instrumentos de reconciliación y sembradores de paz; y continúen por el camino de la fe abriendo el corazón a Dios Padre misericordioso que no se cansa nunca de perdonar. Ante los retos de cada día, hagan resplandecer la esperanza cristiana, que es certeza de la victoria de amor ante el odio y de la paz ante la guerra. Muchas gracias.

Videomensaje del Santo Padre Francisco con ocasión del Jubileo de los adolescentes

francisco_mensajeSábado 23 de abril de 2016

Queridos muchachos y muchachas:

Estáis reunidos para un momento de fiesta y de alegría. No he logrado poder ir y lo lamento. Y he decidido saludaros con este vídeo. Me hubiera gustado tanto poder ir al Estadio pero no lo he logrado…

Os agradezco haber acogido la invitación para venir a celebrar el Jubileo aquí, en Roma. Esta mañana habéis transformado la Plaza de San Pedro en un gran confesionario y después habéis cruzado la Puerta Santa. No os olvidéis que la Puerta indica el encuentro con Cristo, que nos introduce en el amor del Padre y nos pide que nos volvamos misericordiosos, como Él es misericordioso.

Mañana, además, rezaremos juntos en la Misa. Era justo que hubiera un espacio para estar juntos con alegría y escuchar algunos testimonios importantes, que os pueden ayudar a crecer en la fe y en la vida.

Se que tenéis un pañuelo con las obras de misericordia corporal escritas: hay que meterse en la cabeza estas obras porque son el estilo de vida cristiana. Como sabéis las Obras de misericordia son gestos simples, que pertenecen a la vida de todos los días, permitiendo reconocer el rostro de Jesús en el rostro de tantas personas. ¡También en jóvenes! Jóvenes como vosotros que tienen hambre, sed; que son refugiados o forasteros o enfermos y que solicitan vuestra ayuda, nuestra amistad.

Ser misericordiosos quiere decir ser capaces de perdonar. ¡Y esto no es fácil! Puede suceder que, a veces, en la familia, en la escuela, en la parroquia, en el deporte o en los lugares de diversión alguno pueda hacernos mal y nos sentimos ofendidos; o aún en algún momento de nerviosismo nosotros podemos ofender a los otros. ¡No nos quedemos con el rencor o el deseo de venganza! No sirve para nada: es una polilla que nos come el alma y no nos permite ser felices. ¡Perdonemos Perdonemos y olvidemos el mal recibido, así podremos comprender la enseñanza de Jesús y ser sus discípulos y testigos de misericordia.

Muchachos, cuántas veces me sucede que debo llamar por teléfono a mis amigos, pero no lo logro porque no hay cobertura. Estoy seguro que muchas veces os sucede también a vosotros, que el móvil en algunos lugares no funciona… Bien, acordaros que en vuestra vida si no está Jesús es como si no hubiera cobertura en el móvil. No se logra hablar y uno se cierra en sí mismo. ¡Pongámonos donde siempre hay cobertura! La familia, la parroquia, la escuela, porque en este mundo siempre tenemos alguna cosa buena y verdadera para decir.

Ahora os saludo a todos, os deseo vivir con alegría este momento y os espero a todos mañana a la Plaza de San Pedro. ¡Ciao!

Audiencia Jubilar (9 Abril): La limosna, aspecto esencial de la misericordia

fran_audiencia9 de abril de 2016.- En la audiencia jubilar de este mes el Papa Francisco habló de un aspecto esencial de la misericordia, la limosna, un gesto que no se puede vacíar del gran contenido que posee y que como la misericordia tiene muchos modos de manifestarse.

Francisco recordó a las cuarenta mil personas presentes en la Plaza de San Pedro que el deber de la limosna es tan antiguo como la Biblia y que, junto con el sacrifcio eran dos preceptos a los que debían atenerse las personas religiosas.“Hay páginas importantes en el Antiguo Testamento -dijo- donde Dios exige una atención especial para los pobres que, de vez en vez, son los que no tienen nada, los extranjeros, los huérfanos y las viudas.Y en la Biblia son una constante: el necesitado, la viuda, el extranjero, el forastero, el huérfano, porque Dios quiere que su pueblo mire a estos hermanos nuestros; mas aun, diría que están en el centro del mensaje: alabar a Dios con el sacrificio, alabar a Dios con la limosna. Junto con la obligación de acordarse de ellos, se da también una indicación valiosa: “Da con generosidad y , mientras lo haces, que no se entristezca tu corazón”. Esto significa que la caridad requiere, en primer lugar, una actitud de alegría interior. Ofrecer misericordia no puede ser un peso o una molestia de la que nos tenemos que liberar cuanto antes”. Y cuanta gente -observó el Obispo de Roma- se justifica para no dar limosna diciendo: “¿Cómo será este al que se la doy? A lo mejor va a comprarse vino para emborracharse?. ¡Pero si emborracha es porque no tiene otro camino!… Y tú ¿que haces…cuando no te ven los demás? ¿Eres el juez de ese pobre hombre que te pide una moneda para un vaso de vino?”.

El Papa citó después la sabia lección que, en el Antiguo Testamento, da el anciano Tobías sobre el valor de la limosna, después de recibir una gran suma de dinero: “No apartes tu rostro de ningún pobre, porque así no apartará de tí su rostro el Señor”. Y en el Nuevo Testamento, Jesús, nos da una enseñanza insustituible al respecto. En primer lugar nos pide que no demos limosna para ser alabados por nuestra generosidad. “No cuentan las apariencias -explicó el Pontífice- lo que cuenta es la capacidad de mirar a la cara a la persona que nos pide auxilio. Cada uno de nosotros puede preguntarse: ¿Soy capaz de detenerme y mirar a la cara, mirar a los ojos, a la persona, que me pide ayuda? Por lo tanto no hay que identificar, la limosnas con la moneda dada rápidamente sin mirar a la persona y sin detenerse a hablar con ella para entender lo que realmente necesita. Pero al mismo tiempo -advirtió- hay que distinguir entre los pobres y las diversas formas de mendicidad que no renden un buen servicio a los verdaderos pobres”.

En resumen, la limosna es un gesto sincero de amor y de atención “ante quien nos encontramos y nos pide ayuda hecho en secreto, donde sólo Dios ve y entiende el valor del acto realizado”. Pero dar limosna debe ser también un sacrificio y, para involucrarse con los pobres, hay que dar de lo que es nuestro. “Yo me privo de algo mío para dártelo a tí, concluyó el Papa, citando como colofón las palabras de san Pablo: “En todo os he enseñado que es así, trabajando como se debe socorrer a los débiles y que hay que tener presentes las palabras del Señor Jesús que dijo. “Mayor felicidad hay en dar que en recibir”.

Finalizada la catequesis en italiano, el Papa saludó a los fieles de diversas nacionalidades presentes en la Plaza de San Pedro, entre ellos a los peregrinos de la arquidiócesis de Dublín, a los grupos de Pontal y del Colegio San Benito de Rio de Janeiro, a los llegados de diversas diócesis italianas y a las peregrinaciones de la Universidad Católica del Sagrado Corazón, de la Caritas de Casale Monferrato y de la Federación Italiana de los Semanarios Católicos que celebran el 50 aniversario de su fundación, así como a los chicos de la Profesión de Fe de Tívoli y a los enfermos asistidos por la Unitalsi de Lombardía y de Campania.

(VIS)

Jesús es la Misericordia de Dios hecha carne

francisco_audiencia6 de abril de 2016.- Después de reflexionar en las catequesis de la audiencia general de los miércoles sobre la misericordia de Dios en el Antiguo Testamento, el Papa ha comenzado esta mañana en la Plaza de San Pedro su reflexión sobre cómo en Jesús alcanzó su plenitud. “Jesús -dijo- hace visible, un amor abierto a todos, sin límites. Un amor puro, gratuito y absoluto que llega a su punto culminante en el sacrificio de la cruz. El Evangelio es efectivamente el “Evangelio de la Misericordia”, porque Jesús es la misericordia”.

Los cuatro evangelios atestiguan que Jesús, antes de comenzar su ministerio quiso recibir el bautismo de san Juan Bautista, un evento que imprime “una orientación decisiva a toda la misión de Cristo, que se presentó al mundo en el esplendor del templo y podía haberlo hecho, no se anunció al son de trompetas… ni vino en veste de juez”. Después de treinta años de vida escondida en Nazaret, Jesús fue al río Jordán, con tanta gente de su pueblo, y se puso en fila con los pecadores, para ser bautizado. Por lo tanto, “desde el comienzo de su ministerio, se manifestó como el Mesías que asume la condición humana, movido por la solidaridad y la compasión”.

En la sinagoga de Nazaret Jesús reafirmó que todo lo que haría sería cumplir ese programa inicial de llevar consuelo, salud y perdón a los que acudían a El :”Llevar a todos el amor de Dios que salva -explicó el Papa- El Hijo enviado por el Padre es realmente el comienzo del tiempo de misericordia para toda la humanidad”. Los que estaban presentes en la orilla del Jordán no entendieron de inmediato el alcance del gesto de Jesús, solo el Padre que declara: “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. “De esa forma -subrayó Francisco- el Padre confirma el camino que el Hijo ha emprendido como Mesías, mientras desciende sobre él en forma de paloma, el Espíritu Santo. Así el corazón de Jesús late, por decirlo así, al unísono con el corazón del Padre y del Espíritu, mostrando a todos los hombres que la salvación es el fruto de la misericordia de Dios”.

En la Cruz contemplamos todavía con más claridad ese misterio de amor. En ella el inocente muere por nosotros, los pecadores, mientras suplica al Padre: “Perdónalos, porque no saben lo que hacen”. “En la cruz Jesús presenta a la misericordia de Dios el pecado del mundo, y con él todos nuestros pecados son borrados... Nada ni nadie está excluido de esta oración sacrificial de Jesús -reiteró el Santo Padre- Esto significa que no debemos tener miedo a reconocernos y confesarnos pecadores porque cada pecado ha sido llevado a la Cruz por el Hijo. Y cuando lo confesamos arrepentido, confiándonos a Él, estamos seguros de ser perdonados. El sacramento de la Reconciliación actualiza para cada uno de nosotros el poder del perdón que brota de la Cruz y renueva en nuestras vidas la gracia de la misericordia que Jesús adquirió para nosotros. No debemos temer nuestras miserias: el poder del amor del Crucificado no conoce obstáculos y nunca se acaba.Y esta misericordia borra nuestras miserias”.

En este Año Jubilar, concluyó, “pidamos a Dios la gracia de experimentar la potencia del Evangelio: el Evangelio de la misericordia que transforma, que hace entrar en el corazón de Dios, que nos hace capaces de perdonar y mirar al mundo, con más bondad. Si acogemos el Evangelio de Cristo crucificado y resucitado, toda nuestra vida estará determinada por la fuerza de su amor que renueva”.

(VIS)

10 puntos claves para vivir el Año Santo

Según las recomendaciones del Papa Francisco en la bula “Misericordiae Vultus”

puertasantaEl próximo 8 de diciembre, festividad de la Inmaculada Concepción, el papa Francisco abrirá la Puerta Santa en la Basílica de San Pedro de Roma, al tiempo que se abrirán después las puertas santas en todas las diócesis del mundo, con el fin de poder ganar el Jubileo. Damos a continuación las diez pautas sobre cómo vivir el Año Santo, de acuerdo con la bula Misericordiae Vultus (MV) con la que el Papa convocó este Jubileo.

1. ¿Qué es un Año Santo o Jubileo extraordinario?

En la tradición católica, el Jubileo es el año que proclama la Iglesia para que los hombres se conviertan en su interior y se reconcilien con Dios, a través de la penitencia, la oración, la caridad, los sacramentos y la peregrinación, “porque la vida es una peregrinación y el hombre es un peregrino” (MV 14).

En todos los años santos se ganan indulgencias, gracias especiales, que la Iglesia concede y que pueden aplicarse a la remisión de los propios pecados y sus penas o también para los difuntos que no gozan de la gloria eterna todavía.

El lema del año santo es “Misericordiosos como el Padre”. Jesús es el “rostro de la misericordia del Padre”, porque “eterna es su misericordia”, porque “Dios es amor” (MV, 6). La principal intercesora del Jubileo es laVirgen de Guadalupe, Madre de Misericordia.

Un Año Santo es “un momento extraordinario de gracia” (MV, 3). El Papa pide que seamos misericordiosos con todo el mundo: “bienaventurados –dice el Evangelio- los misericordiosos porque obtendrán misericordia”.

La Iglesia celebra cada 25 años –el próximo será el año 2025—un Año Santo ordinario. Fuera de estos años la celebración del Año Santo es “extraordinaria”.

2. ¿Por qué este año santo es el de la misericordia?

El papa Francisco dispuso que el próximo año santo sea el de la Misericordia, para unirnos más al rostro de Cristo, pues como dice el Evangelio en él se refleja la Misericordia del Padre, que siempre es “rico en Misericordia” (MV, 1), pues “la ira de Dios dura un instante, mientras que su misericordia dura eternamente” (MV 21).

La Misericordia es superior a la justicia. Dios es justo, pero “va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón”. Esta “no anula la justicia, al contrario, al que peca deberá expiar la pena”, pero la justicia es el “inicio de la conversión, porque experimenta la ternura del perdón”. Dios no rechaza la justicia, sino que la engloba en su amor que es la base de la justicia” (MV, 21).

La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia, pues esta es “la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia” (MV, 10).

3. ¿Cuándo empieza y cuándo termina el año santo?

El Año Santo comienza el 8 de diciembre, en que se celebra el 50 aniversario del final del Concilio Vaticano II, y termina en la fiesta de Cristo Rey, el 20 de noviembre de 2016, el último día del Año Litúrgico.

4. ¿Qué nos pide el papa que hagamos?

El papa Francisco insiste en la iniciativa “24 horas para el Señor, que deseo que se celebre en toda la Iglesia” el viernes y sábado antes del cuarto domingo de Cuaresma porque “es expresión de esta necesidad de la oración”.

Asimismo, aconseja practicar “las obras de misericordia” y además vivir intensamente la oración, el ayuno y la caridad en la Cuaresma (MV 17), así como el sacramento de la confesión,para que, arrepentidos, podamos mejor recibir las gracias del Año Jubilar.

También pide que cada uno realice una peregrinación “de acuerdo con sus propias fuerzas” (n. 14), y atraviese la “Puerta Santa”.

5. ¿Es necesario ir a Roma y cruzar la Puerta Santa, para ganar las indulgencias?

No es necesario ir a Roma, pues se puede peregrinar a la catedral de la propia diócesis o en las iglesias y basílicas señaladas para ello. En cada diócesis se abrirá la Puerta Santa, y cruzándola se ganarán las indulgencias del Año Santo.

Las indulgencias son gracias que por medio de la Iglesia se conceden a los fieles cuando se confiesan y comulgan esos días, hacen un acto de fe (un Credo) y rezan por el Papa.

6. ¿Qué son las obras de misericordia que propone vivir el Papa?

El Papa dice que “es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo de despertar nuestra conciencia” (MV, 15).

Las obras de misericordia son 14: 7 espirituales y 7 corporales.

Las espirituales son: aconsejar a quien lo necesita; corregir al que yerra; enseñar al que no sabe; perdonar las injurias; consolar al que está triste; sufrir con paciencia los defectos del prójimo, y rezar por los vivos y difuntos.

Las corporales son: visitar y cuidar a los enfermos; dar de comer al hambriento; dar de beber al sediento; dar posada al peregrino (o al refugiado); vestir al desnudo; redimir al cautivo, y enterrar a los muertos.

7. ¿Quiénes son y qué hacen los “misioneros de la misericordia”?

El papa Francisco ha anunciado que enviará a sacerdotes en todas las diócesis llamados “Misioneros de la Misericordia”, los cuales pueden celebrar “misiones” predicadas en parroquias y despertar el llamamiento que hace la Iglesia a la Misericordia de Dios en este Año Santo.

Además podrán perdonar pecados muy grandes, como los crímenes mafiosos, los que se matan a causa del enriquecimiento, o también los gravísimos pecados de la corrupción, que es “una llaga putrefacta” en la sociedad (MV, 18-20).

8.- ¿Es necesario confesarse durante el Año Santo?

En el Año Santo el ejercicio de la reconciliación con Dios, se vive a través del sacramento de la confesión o penitencia, muy unido al de la Eucaristía.Es aconsejable confesarse varias veces, con el fin de celebrar y experimentar más la misericordia de Dios.

“De nuevo ponemos en el centro el sacramento de la reconciliación”, que será “para cada penitente fuente de verdadera paz interior” (MV, 15).

Dice el papa Francisco que los sacerdotes deben ser confesores “misericordiosos”, deben sentirse como el padre del Hijo Pródigo que perdona a su hijo. Los que se confiesan deben percibir la alegría del perdón.

9. ¿Qué importancia tiene el Año Santo en el pontificado del papa Francisco?

El Papa eligió como lema de su pontificado las palabras que pronunció Jesús cuando eligió al apóstol Mateo Miserando atque Eligendo (Eligiéndolo en la Misericordia).

Es decir que el papa Francisco tiene en el centro de su pontificado la Misericordia de Dios, y por lo tanto este Año Santo será la culminación de su pontificado.

10. ¿Qué importancia tiene el Año Santo para las otras religiones?

La misericordia “sobrepasa los confines de la Iglesia” (MV 23). Nos relaciona con el judaísmo, como se ve en las páginas del Antiguo Testamento, “entretejidas” de la Misericordia de Dios.

También nos relaciona con el islam, que atribuye al Creador, los nombres de “Misericordioso y Clemente”. Los fieles musulmanes “piden la misericordia de Dios, para sostener su debilidad” (MV 23), y creen que “nadie puede limitar la misericordia divina, porque sus puertas están siempre abiertas”.

El papa Francisco pide el “diálogo” con todas las “nobles tradiciones religiosas” del mundo.