Archidiócesis de Toledo

Homilía y alocución ante el Santísimo de Mons. D. Braulio Rodríguez Plaza en la Solemnidad del Corpus et Sanguinis Christi en Rito Hispano-Mozárabe

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Mons. D. BRAULIO RODRÍGUEZ PLAZA
Arzobispo metropolitano de Toledo
Primado de España

HOMILÍA

S.I. Catedral Primada de la Asunción, Toledo
Jueves 4 de junio de 2014

Queridos hermanos:

Hemos recibido una tradición del Señor que nosotros, a la vez, hemos de transmitir. Tradición tiene que ver con transmisión, hecha como quien dice de mano en mano,  bien sea de un conocimiento, o de una práctica, o de los dos a la vez. Ya los rabinos del tiempo de Jesús tenían la idea muy clara de que la Palabra de Dios se transmite así en el Pueblo de Dios y por este Pueblo entero. Es verdad que Cristo ha criticado vivamente ciertas tradiciones de los “escribas y fariseos” (Cf. Mt 23) como opuestas a la Tradición auténtica; pero ha autentificado, haciéndolo válido para nosotros, el principio de la “Traditio”.

¿De qué Tradición hablamos? “Que Jesús, el Señor, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando la Acción de Gracias, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía”. Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía”.

He aquí, pues, que nosotros estamos haciendo y cumpliendo esta Tradición en memoria suya, de Jesucristo. Pero nuestra expresión litúrgica es la hispano-mozárabe, una Tradición que ha cristalizado en nuestra patria desde antiguo y, que los avatares de la historia no han podido sofocar, de modo que la Eucaristía que nos dejó el Señor es una hermosa realidad con la que hoy festejamos en el venerable Rito la fiesta del Corpus et sanguinis Christi. Pero no estamos haciendo ni arqueología litúrgica ni espectáculo religioso cultural; tampoco un lujo toledano en damasquino, tan hermoso y valioso arte, por otro lado.

Se nos ha invitado a encontrar la vida y a obtener el favor del Señor. Los criados de la Sabiduría –nuestro Dios- nos han invitado a venir, a comer de su pan y beber de su vino, que Él ha preparado. Es para que caminemos por las sendas de la inteligencia.

¿Tan importante es esta comida y bebida? La explicación de nuestros Padres, desde el inicio de la Iglesia nos dice que todos los que participamos de la carne sagrada de Cristo alcanzamos la unión corporal con Él, aprendiendo así a ofrecernos a nosotros mismos (cfr. SC, 48). En otras palabras: participando en la santísima Eucaristía, nutriéndonos con el Cuerpo y la Sangre de Cristo, somos hechos un cuerpo con Él y entre nosotros. No es cosa baladí. Al recibir un mismo Espíritu participamos de la vida del Dios Trinitario y nos unimos entre nosotros por el vínculo de una misma fe. Falta muchas veces esta unidad en nuestra sociedad y, aún más grave, falta entre nosotros los cristianos.

No todos los cristianos acogen el Sacramento de la Eucaristía y carecemos así de unidad. Y si somos unos para otros miembros de un mismo cuerpo en Cristo, ¿no lo debemos ser para Aquel que está en nosotros por su carne y sangre? ¿Por qué, entonces, no procuramos vivir plenamente esa unión que existe entre nosotros y Cristo? Muchas veces nos contentamos con un coexistir juntos. Pero esa falta de unidad y sintonía entre nosotros es causa de mucho dolor e injusticias. Siento en mi interior que, si para nosotros, la carne de Cristo fuera verdadera comida y su sangre verdadera bebida, no nos alejaríamos tanto de la Eucaristía del domingo, de modo que al no comer ni beber su sangre,  ya no tenemos vida pujante en nosotros.

Pero otra consecuencia se deriva de este no vivir de Cristo: olvidamos a los miembros más dolientes de su Cuerpo. Son los más pobres, los desheredados, los que tienen poco acceso a una vida digna de hijos de Dios. ¿No conocéis, hermanos, esas palabras de Cristo: “Tuve hambre y no me distéis de comer, tuve sed… fui forastero… desnudo y no me asististeis”? Son palabras serias de Jesús; y son, además, reales y verdaderas, no pasan: un test para el verdadero amor a Dios, que se ha hecho uno con cada uno de nosotros y, por ello, pobre con los pobres.

Todos somos llamados a este banquete, pero Cristo pone condiciones. “Tú te quedas con nosotros bajo la apariencia del pan con que robusteces los corazones, de manera que por la fuerza de este pan, durante los días dedicados a tu nombre, podamos ayunar sin impedimento del cuerpo y de la sangre, teniéndote a ti mismo como pan, porque sacias a los pobres con pan celestial” (Illatio de la Misa del Sacratísimo Cuerpo de Cristo).

Volvemos al inicio de nuestra celebración: agradecemos al Señor habernos invitado, pues “con flor de harina los alimentó, aleluya, y con miel silvestre los sació, aleluya”. Sólo los que saben de amor y conocen el amor de Cristo entienden en profundidad esta invitación y cantan: “con mil silvestre los sació, aleluya, aleluya. Gloria y honor al Padre y al Hijo, y al Espíritu Santo… Amén”.

ALOCUCIÓN DURANTE LA PROCESIÓN EUCARÍSTICA

Para la fe de los católicos, la Eucaristía es ciertamente un misterio de intimidad. Cuando, a partir del siglo IV, la Iglesia teme ser invadida por un mundo que ha cesado de serle hostil, pero carecía aún de verdadero espíritu cristiano, reserva únicamente a los fieles bautizados la exposición de los detalles del ritual cristiano sobre la Eucaristía. Algunos llamaron después a esta reserva “disciplina del arcano”. Jesús, en efecto, en la sala del Cenáculo rodeado de su nueva familia representada y, anticipada por los Doce Apóstoles, instituye la Eucaristía y nos manda celebrarla en memoria suya, sobre todo, cada domingo, día del Señor, cuando aconteció su resurrección de entre los muertos.

¿Qué hacemos, pues, en medio de calles y plazas, espacio público? ¿Por qué salimos con el Señor sacramentado más allá de las paredes de nuestros templos? Es que en este sacramento Jesús está siempre en camino hacia el mundo. Nada de lo que es y significa esta procesión del Corpus tendría verdadero sentido, si no fuera verdad que “el Verbo se hizo carne” y posibilita así que en sagrado alimento recibamos precisamente a este Hijo de Dios, hecho carne en las entrañas de María Virgen.

Esta es la fiesta del Corpus: presencia eucarística en la procesión de nuestra fiesta. Llevamos a Cristo, presente en la figura del Pan, por las calles de nuestras ciudades y pueblos. Encomendamos a estas calles y plazas donde se despliega nuestra vida diaria en el espacio público, esto es, de todos, a la bondad de Cristo. No imponemos nada a nadie que no quiera participar, porque es parte de nuestra cultura, de nuestra raíz como pueblo. Queremos, si ellos lo quieren, que nuestras calles sean calles para Jesús, y que nuestra vida esté impregnada de su presencia.

Este Cristo, que va en la custodia, no lo llevamos como gesto de triunfalismo o prepotencia. Cristo es siempre figura y gesto de acogida ante los ojos del sufrimiento de los enfermos, de la soledad de los jóvenes y también de los ancianos, de las tentaciones, los miedos y carencias de hombres y mujeres. Y la Procesión, quiere ser siempre una gran bendición para nuestra ciudad. Cristo en persona, no la Custodia de Enrique de Arfe, es la bendición divina para este mundo. Que su bendición descienda sobre nosotros, porque esta realidad es más grande que la idea y aquí la realidad es una Persona, el Verbo Encarnado, que acoge y tiene mirada de amor a los más pobres.

“El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumismo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente (…). Esa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es una vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado” (EG, 2).

También, pues, nuestro deseo es llevar la alegría del Evangelio, que llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús. Y, como nadie podrá quitarnos la dignidad que nos otorga el amor infinito e inquebrantable de Cristo, queremos que todos gocen de él, y servir a todos, sean quienes sean, tengan lo que tengan. Son los seres humanos, sobre todo los que no son tenidos en cuenta en una economía de exclusión en la idolatría del dinero, en la iniquidad que genera violencia.

Que este regalo del Evangelio viviente, Cristo Jesús, os bendiga. Cristo Jesús es el abrazo de Dios, alegría de los pequeños que se saben pobres.

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