Homilía de Mons. D. Braulio Rodríguez Plaza en la apertura del Jubileo de la Misericordia en la archidiócesis de Toledo

CWLkDPFXIAANLVjMons. D. Braulio RODRÍGUEZ PLAZA
Arzobispo de Toledo
Primado de España

S.I. Catedral Primada de la Asunción, Toledo
Domingo 13 de diciembre de 2015

Hermanos:

Os invito hoy a mirar a Jesucristo como miramos a Dios Padre. Pensando, ¿qué?  La liturgia en Adviento, ciertamente nos anuncia que Él es juez de vivos y muertos, sin duda; también lo afirma Jesús en el Evangelio. ¿Y nada más? No se nos ocurra estimar poco a Cristo; si así fuera, poco será también lo que esperamos recibir de Él en el Año de la Misericordia. Aquellos que, al escuchar sus promesas, creen (o creemos) que se trata de dones mediocres pecan, y nosotros pecamos también si desconocemos de dónde fuimos llamados, quién nos llamó y a qué fin nos ha destinado; y, además, despreciaríamos de este modo los sufrimiento que Cristo padeció por nosotros para librarnos de nuestra insensatez.

Somos el Pueblo de la Pascua del Señor, y en la justificación nos ha llenado Jesús con la nueva vida, por su misericordia. ¿Con qué pagaremos al Señor o qué fruto le ofreceremos que sea digno de lo que Él nos dio? ¿Cuántas son los dones y beneficios que le debemos? Sí, hermanos, conviene que cada uno se lo pregunte ahora, al inicio del Año de la Misericordia, para no ensoberbecernos. Él nos otorgó la luz, nos llama, ¡y de qué manera!, como lo hace un padre con el nombre de hijos; y, cuando estábamos o estamos a punto de perecer, nos salvó.

¿Cómo, pues, podremos alabarlo dignamente o cómo le pagaremos todos sus beneficios? Siempre me ha parecido que los cristianos no apreciamos suficientemente a Dios. Decía un autor cristiano del siglo II: “Nuestro espíritu estaba tan ciego <antes de ser cristianos> que adorábamos las piedras y los leños, el oro y la plata, el bronce  y todas las obras salidas de las manos de los hombres, nuestra vida entera no era otra cosa que una muerte. Envueltos, pues, y rodeados de oscuridad, nuestra vida estaba recubierta de tinieblas y Cristo quiso que nuestros ojos se abrieran de nuevo y así la nube que nos rodeaba se disipó” (De la homilía de un autor del siglo segundo, cap. 1, 1-2).

Así las cosas; así reconocidas por nosotros, no nos equivoquemos pensando: “Bien: ¿qué quiere el Obispo de nosotros? Aquí estamos. Vamos a asistir a esta ceremonia tan bonita con él; estamos dispuestos a hacer alguna obra de misericordia, como nos dice el Papa Francisco, y nos diremos: ¡Adelante con nuestra vida!”. ¡Bendito sea Dios, hermanos! Pero yo no me puedo callar que algo muy grande está en juego. El Papa Francisco lo apunta constantemente. Quiero explicarlo: Dios me dé sabiduría suficiente para ello. Estamos en 2015, en un momento crítico de la historia de la humanidad. Siento en mí que es preciso deciros que Jesucristo piensa que todavía no hemos entendido bien a Dios Padre; Él no necesita nada de nosotros; somos nosotros los que tenemos urgentemente que comprender bien qué significa que haya un Dios como el nuestro.

Dios quiso que su Hijo se hiciera uno como nosotros, para amarnos desde dentro, no como alguien que nos mira desde lejos. Pidió permiso a María, La Virgen para hacerse carne y así poder hablarnos por el Hijo. Este es Logos, Verbo, Palabra inteligente que explica y, desde su resurrección, nos habla también por medio de su carne, que es la Iglesia, pero siempre para que conozcamos el amor del Padre. Escuchad lo que el Verbo dice de Dios Trino:

“Pero tú todo lo has dispuesto con peso, número y medida. Tú siempre puedes desplegar tu gran poder. ¿Quién puede resistir la fuerza de tu brazo? Porque el mundo entero es ante ti como un grano en la balanza, como gota de rocío mañanero sobre la tierra. Pero te compadeces de todos, porque todo lo puedes y pasas por alto los pecados de los hombres para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste; pues, si odiaras algo, no lo habrías creado. ¿Cómo subsistiría algo, si Tú no lo quisieras?, o ¿cómo se conservaría, si Tú no lo hubieras llamado? Pero Tú eres indulgente con todas las cosas, porque son tuyas, Señor, amigo de la vida” (Sab 11, 20-26).

Pero hay más. El que habló por los profetas, el Espíritu de Jesús, nos alegra la vida con lo que dice: “Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel; alégrate y gózate de todo corazón, Jerusalén. El Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado a tus enemigos… No temas Sión, no desfallezcan tus manos. El Señor, tu Dios, en medio de ti… Él se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en días de fiesta” (2ª lectura). Hay que alejar de nosotros la imagen tan raquítica que tantas veces tenemos del Dios Trinidad. No seamos tan rácanos, tan romos, cuando pensamos, hablamos de Dios; Él se nos ha mostrado y nos dice que siempre es compasivo y misericordioso, que no se cansa de perdonarnos. Somos nosotros los que no pedimos perdón, los que abusamos de la libertad que Dios nos da, los que podemos rechazar su amor. Es la misericordia divina la que nos hace falta aceptar, como expresa el soneto famoso:

¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?/ ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,/ que a mi puerta cubierta de rocío/ pasas las noches del invierno oscuras// ¡Oh, cuántos fueron mis entrañas duras/ pues no te abrí! ¡Qué extraño/ si de mi ingratitud el hielo frío/ secó las llagas de tus plantas puras.// Cuántas veces el ángel me decía: “¡Alma, asómate agora a la ventana,/ verás con cuánto amor llamar porfía!// Y cuántas, Hermosura soberana:/ “Mañana le abriremos”, respondía,/ ¡para lo mismo responder mañana! (Lope de Vega). ¿Veis, hermanos? Dios nos está llamando casi con obstinación y terquedad; quiere entrar en nuestras casas, que es nuestra alma para concedernos el perdón misericordioso, pero respeta nuestra libertad; sólo si nosotros cedemos en nuestro desvarío puede Dios procurarnos su amistad y misericordia.

¿Qué hemos de hacer? Creer que Jesucristo es la misericordia del Padre. Esa es la palabra clave: misericordia que se “ha vuelto viva, visible y ha alcanzado su culmen en Jesús de Nazaret. En la plenitud de los tiempos Jesús nos dice que el Padre es “rico en misericordia” (Ef 2, 4), un “Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira, y pródigo en amor y fidelidad” (Ex 34, 6). El Padre envió a su Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. Quien ve a Jesús ve al Padre (cf. Jn 14, 9). Jesús de Nazaret con su palabra, con sus gestos y con toda su persona (cf. Vat. II, Dei Verbum, 4) revela la misericordia de Dios.

Os lo suplico, hermanos: dejaos amar por el Dios misericordioso. El Papa nos llama a un año en el que brille en nuestro rostro la alegría de personas perdonadas, acogidas, bendecidas y llegar así a “nuestro ser”.  Pero tengamos en cuenta, igualmente el otro  horizonte del  Año Santo: es Cristo el que dice: “No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”. Y esto significa que Jesucristo quiere salvar también a los que se pierden porque no conocen el amor misericordioso de Dios. Con frecuencia, nosotros creemos, como buenos fariseos, que no hay nada que hacer con algunas personas. Pero, hermanos, lo grande y admirable no es afianzar los edificios sólidos, sino los que amenazan ruina. De este modo, Cristo quiso ayudar a los que perecían y fue la salvación de muchos, pues vino a llamarnos cuando nosotros estábamos ya a punto de perecer. Salir, acoger, servir a los más pobres, llevar a cabo la misericordia con sus obras corporales y espirituales, mostrar a Dios que perdona, que muestra su misericordia para empezar de nuevo, son los hitos, los mojones del camino de este año.

La situación espiritual de los hombres y mujeres de nuestra sociedad deja al borde del camino mucha gente que ha de ser ayudada a continuar la marcha. Están los que han perdido sensibilidad personal y social hacia la acogida de una nueva vida. Algunos viven el drama del aborto con una conciencia superficial, casi sin darse cuenta el gravísimo mal que comporta un acto de este tipo. Otros muchos, en cambio, incluso viviendo ese momento como una derrota,  consideran no tener otro camino donde ir (Proyecto Mater). Pienso en las mujeres que recurren o pueden recurrir al aborto. Hay que conocer bien los condicionamientos que las condujeron a tal decisión; muchos de ellos son profundamente injustos. ¡Qué bien el Proyecto Mater! ¡Qué bien tantos proyectos de nuestra Iglesia, conocido o no, en favor de los que nada tienen y esperan poco. Gracias queridos hermanos diocesanos que cada vez queréis implicaros más en devolver la dignidad a todo ser humano.

Por eso, el drama existencial y moral que viven tantas personas nos ha de impulsar a acercarnos, salir a ellas y evitar que pierdan la esperanza. Es nuestra tarea. El perdón no se puede negar a todo el que se haya arrepentido, sobre todo cuando hay un deseo profundo de acercarse a la confesión para obtener la reconciliación con el Padre. ¡Cuánto puede ayudar a nuestros hermanos la acogida y la reflexión amorosa y adecuada a la hora de entrar en el corazón del penitente que nos habla de un pecado de aborto o de tantos otros pecados que muestran angustia y búsqueda profunda de recibir la misericordia del Misericordioso, Padre, Hijo y Espíritu Santo! Estad siempre dispuestos, queridos sacerdotes a la acogida y para el Sacramento de la Reconciliación.

Creo que nuestra actitud en este Año Santo de la Misericordia tiene que ver más con “recoger” al corazón, bajo la moción del Espíritu Santo, habitar la morada del Señor que somos nosotros mismos, despertar la fe para entrar en la presencia del Aquel que nos espera, hacer que caigan nuestras máscaras y volver nuestro corazón al Señor que nos ama, para ponernos en sus manos como una ofrenda que hay que purificar y transformar (cfr. Catecismo Iglesia Católica, n. 2711).

“La Iglesia siente la urgencia de anunciar la misericordia de Dios. Su vida es auténtica y creíble cuando con convicción hace de la misericordia su anuncio… Esta fuente <de la misericordia> nunca podrá apagarse… (Papa Francisco, M.V, 25). La dulzura de la mirada de la que es Madre de Misericordia nos acompañe en este Año Santo, para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios. Amén.

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