Palabras del Santo Padre Francisco al rezo del Ángelus Domini, 27.05.2018

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Antes del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

Hoy, domingo después de Pentecostés, celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad. Una fiesta para contemplar y alabar el misterio del Dios de Jesucristo, que es Uno en la comunión de tres Personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Para celebrar con asombro siempre nuevo a Dios-Amor, que nos ofrece su vida gratuitamente y nos pide que la difundamos en el mundo.

Las lecturas bíblicas de hoy nos hacen comprender cómo Dios no quiera revelar tanto que Él existe, sino que es el “Dios con nosotros”, cerca de nosotros, que nos ama, que camina con nosotros, que está interesado en nuestra historia personal y se ocupa de todos, empezando por los pequeños y los necesitados. Él “es Dios allá arriba en los cielos” pero también “aquí abajo en la tierra” (cf. Dt 4, 39). Por lo tanto, nosotros no creemos en una entidad distante, ¡no! En una entidad indiferente, ¡no! Sino al contrario, en el Amor que creó el universo y generó un pueblo, se hizo carne, murió y resucitó por nosotros, y como Espíritu Santo, todo transforma y conduce a la plenitud.

San Pablo (cf. Rom 8, 14-17), que en primera persona experimentó esta transformación hecha por Dios-Amor, comunica su deseo de ser llamado Padre, o mejor dicho, “Papá” – Dios es “nuestro Papá” – con la total confianza de un niño que se abandona en los brazos de quien le dio la vida. El Espíritu Santo – recuerda de nuevo el apóstol – al actuar en nosotros hace que Jesucristo no se reduzca a un personaje del pasado, no, sino que lo sintamos cerca , nuestro contemporáneo, y experimentemos la alegría de ser hijos amados por Dios. Por último, en el Evangelio, el Señor resucitado nos promete que permanecerá con nosotros para siempre. Y gracias a su presencia y a la fuerza de su Espíritu podemos realizar con serenidad la misión que Él nos confía. ¿Cuál es la misión? Anunciar y dar testimonio a todos de su Evangelio y así dilatar la comunión con Él y la alegría que se deriva de ello. Dios, caminando con nosotros, nos llena de alegría y la alegría es, de alguna manera, el primer lenguaje  del cristiano.

Por lo tanto, la Santísima Trinidad nos hace contemplar el misterio de Dios que constantemente crea, redime y santifica, siempre con amor y por amor, y a toda criatura que lo recibe le da para que lo refleje un rayo de su belleza, bondad y verdad. Él siempre ha elegido caminar con la humanidad y formar un pueblo que sea una bendición para todas las naciones y para todas las personas, nadie excluido. El cristiano no es una persona aislada, pertenece a un pueblo: este pueblo que forma Dios. Uno no puede ser cristiano sin tal pertenencia y comunión. Somos el pueblo, el pueblo de Dios. ¡Que la Virgen María nos ayude a cumplir con alegría la misión de testimoniar al mundo, sediento de amor,  que el sentido de la vida es sólo el amor infinito, el amor concreto del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Después del Ángelus

Queridos hermanos y hermanas:

Ayer en Piacenza (Italia), fue proclamada beata Leonella Sgorbati, misionera de la  Consolata, asesinada por odio a la fe en Mogadiscio (Somalia) en 2006. Su vida entregada  por el Evangelio y  al servicio de los pobres, así como su martirio representan una  promesa de esperanza para África y para todo el mundo. Recemos juntos por África, para que haya paz allí.

[Ave María …]

Nuestra Señora de África, ruega por nosotros.

Os saludo a todos, queridos romanos y peregrinos: familias, grupos parroquiales, asociaciones. En particular, saludo a los fieles de Porto Sant’Elpidio, Nápoles, de Bruzzano Milán, de Padua, al coro de Sappada y los chicos de Vezza d’Alba. ¡Ayer cantasteis muy bien en San Pedro, os felicito! Saludo a los peregrinos polacos y bendigo a los participantes en la gran peregrinación al Santuario mariano de Piekari Slaskie.

Con motivo del “Día del Alivio”, saludo a todos los reunidos en el Policlínico “Gemelli” para promover la solidaridad con las personas que sufren de enfermedades graves. Exhorto a todos a reconocer las necesidades espirituales de las personas enfermas y a estar cerca de ellas con ternura.

Y os deseo a todos un buen domingo. Por favor, no os olvidéis de rezar por mí. ¡Buen almuerzo y hasta pronto!

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