Audiencia general 02.05.2018: El Bautismo, fuente de vida

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Catequesis del Santo Padre

Queridos hermanos y hermanas, buenos días.

Continuando con la reflexión sobre el Bautismo, hoy me gustaría detenerme en los ritos centrales, que tienen lugar en la pila bautismal.

Consideremos ante todo el agua, sobre la cual se invoca el poder del Espíritu para que tenga la fuerza de regenerarse y renovarse (cf. Jn 3, 5 y Tt 3, 5). El agua es  matriz de vida y de bienestar, mientras su falta provoca la extinción de toda fecundidad, como ocurre en el desierto; el agua, sin embargo, también puede ser  causa de muerte, cuando sumerge en sus olas o  cuando en grandes cantidades arrolla todo; finalmente, el agua tiene la capacidad de lavar, limpiar y purificar.

A partir de este simbolismo natural universalmente reconocido, la Biblia describe las intervenciones y las promesas de Dios a través del signo del agua. Sin embargo, el poder de perdonar los pecados no reside en el agua misma, como explicaba San Ambrosio a los recién bautizados: “Has visto agua, pero no todas las aguas curan: cura el agua que tiene la gracia de Cristo. […] La acción es del agua, la eficacia es del Espíritu Santo” (De sacramentis 1,15).

Por lo tanto, la Iglesia invoca la acción del Espíritu sobre el agua “para que los sepultados con Cristo en su muerte, por el Bautismo, resuciten con él a la vida” (Rito del Bautismo de los Niños, n. 60). La oración de bendición dice que Dios ha preparado el agua “para ser signo del bautismo” y recuerda las principales prefiguraciones bíblicas: sobre las aguas de los orígenes aleteaba el Espíritu para hacerlas germen de la vida (cf. Gn 1, 1-2); el agua del diluvio marcó el final del pecado y el comienzo de una nueva vida (cf. Gen 7,6 – 8,22); a través de las aguas del Mar Rojo, los hijos de Abraham fueron liberados de la esclavitud de Egipto (cf. Ex 14, 15-31). En relación con Jesús, recordamos el bautismo en el Jordán (cf. Mt 3, 13-17), la sangre y el agua derramada desde su costado (véase Jn 19, 31-37), y el mandato a los discípulos de bautizar a todos los pueblos en nombre de la Trinidad (cf. Mt 28, 19). Fuertes de esta memoria, se le pide a Dios que infunda en el agua de la pila la gracia de Cristo muerto y resucitado (cf. Rito del Bautismo de los Niños, n. 60). Así, este agua se transforma en agua que lleva consigo la fuerza del Espíritu Santo. Y con esta agua con la fuerza del Espíritu bautizamos a la gente, bautizamos a los adultos, a los niños, a todos.

Una vez santificada el agua de la pila es necesario disponer el corazón para acceder al Bautismo. Esto sucede con la renuncia a Satanás y la profesión de fe, dos actos estrechamente relacionados entre sí. En la medida en que digo “no” a las sugestiones del diablo, -el que divide-, puedo decir “sí” a Dios que me llama a conformarme a Él en pensamientos y obras. El diablo divide; Dios une siempre a la comunidad, a la gente en un pueblo solo. No es posible adherirse a Cristo poniendo condiciones. Es necesario separarse de algunos vínculos para poder abrazar otros. O estás bien con Dios o estás bien con el diablo. Por eso la renuncia y al acto de fe se hacen al mismo tiempo. Es necesario cortar los puentes, dejándolos atrás, para emprender el nuevo Camino que es Cristo.

La respuesta a las preguntas – “¿Renuncias a Satanás, a todas sus obras y a todas sus seducciones?”, está formulada en la primera persona del singular: “Renuncio“. Y de la misma manera se profesa la fe de la Iglesia, diciendo: “Creo”.  Yo renuncio y yo creo: esto está en la base del bautismo. Es una decisión responsable, que  es necesario traducir en gestos concretos de confianza en Dios. El acto de fe presupone un compromiso que el Bautismo mismo ayudará a mantener con perseverancia en las diferentes situaciones y pruebas de la vida. Recordemos la antigua sabiduría de Israel: “Hijo, si te presentas para servir al Señor, prepárate para la tentación” (Sir 2, 1), es decir, prepárate a la lucha. Y la presencia del Espíritu Santo nos da fuerzas para luchar bien.

Queridos hermanos y hermanas, cuando metemos la mano en agua bendita –entrando en una iglesia tocamos el agua bendita- y hacemos la señal de la Cruz, pensemos con alegría y gratitud en el bautismo que hemos recibido, -esta agua bendita nos recuerda el bautismo- y renovemos nuestro “Amén”, -“Estoy contento”-, para vivir inmersos en el amor de la Santísima Trinidad.

Síntesis y saludo en español

Queridos hermanos y hermanas:

Reflexionamos hoy sobre los ritos del sacramento del bautismo que se realizan junto a la fuente bautismal, que son: la bendición del agua y la renuncia al pecado y la profesión de fe.

El agua es un elemento que se caracteriza por su capacidad de vivificar y purificar. Este simbolismo natural aparece en varios pasajes de la Palabra de Dios, que son recordados al bendecir el agua que se usará para el bautismo, a la vez que se invoca sobre ella la fuerza del Espíritu Santo, para que todos los que reciban el bautismo sean sepultados con Cristo en su muerte y con él renazcan a una vida inmortal.

Una vez que ha sido bendecida el agua, es necesario disponer el corazón para acceder al bautismo, por eso se realiza la renuncia a satanás y la profesión de fe. Estos son dos hechos que están estrechamente unidos, pues no se puede seguir a Cristo con condiciones, sino que hay que despojarse de todo lo malo para empezar la vida nueva en Cristo.

La respuesta a las renuncias y a la profesión de fe, se realiza en primera persona del singular. Esto indica que es una elección personal y responsable, que debe ser traducida en gestos concretos de confianza en Dios, y que no se reduce solo al momento del bautismo, sino que deberá acompañar todo el crecimiento y maduración de la vida cristiana.

Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica.

Los invito a que hagan memoria agradecida de su bautismo, y a que renueven con alegría y convencimiento el compromiso que sellaron aquel día, de modo que vivan siempre inmersos en el amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Muchas gracias.

* * *

Un pensamiento especial para los jóvenes, los ancianos, los enfermos y los recién casados. Hoy celebramos San Atanasio, obispo y doctor de la Iglesia. Su santidad, asociada con una saludable doctrina, sostenga la fe y fortalezca el testimonio cristiano de cada uno.

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